Dedico la noche de viernes a sumergirme —audífonos de por medio para no despertar a dos feroces niñas que reivindican su derecho a ver el Disney Channel y ha costado meter en la cama— en un documental sobre el concierto en Tandil (2016) de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, en esa jornada en que el Indio Solari anunció a sus fieles que tenía párkinson.
No es poca cosa hablar del Indio Solari sin tener que ir hasta los años de gloria de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota cantando sobre La hija del fletero —esa que el día que volvió a Madrid me mandó al descenso— para luego explicar que Soda Stereo no lo era todo en Argentina y que, de hecho, hay muchos a los que no les gusta Soda. En ese sentido, los Redonditos, el Indio y sus Fundamentalistas tienen algo de lo que Soda carece: raigambre.
Y la explicación más sencilla puede ser aquella de que Soda se hizo una reputación afuera mientras los Redonditos y el Indio se quedaron con el mercado interno. Lo cierto es que los Redonditos y, por ende, el Indio conectan y se identifican a cabalidad con al menos un par de generaciones de esa Argentina marcada por las Malvinas, lo que explica su popularidad masiva y el membrete que varios melómanos le dan de la banda de rock más importante de ese país. Por si falta una prueba de esa afirmación, allí está ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado.
Si uno atiende a la mística detrás de la multitud en el estadio Único de La Plata coreando y bailando hasta la histeria una canción que va sobre «tipos que no duermen en la noche» y que «venían caminando a la deriva», se puede atestiguar que se encuentra en la presencia de uno de los legados más importantes del rock en español. Jijiji es, según Rolling Stone, la mejor canción de los Redonditos, pero es ante todo un himno para esa multitud de todas las edades que se identifica con las letras compuestas por un tipo que es un ícono de la contracultura, calvo, de eternos anteojos oscuros y que ronda los 70 años.
Se puede decir que el Indio sentó las bases sólidas de una religión, con fanáticos que lo adoran y siguen, incluso después de la tragedia de Olavarría, en marzo de 2017, que está empezando su peregrinaje por los juzgados de Argentina. Cuatrocientas mil personas se habrían juntado para ver a los Fundamentalistas y superar el aforo del lugar. Hay dos muertos, y la Fiscalía busca imputar al Indio. Ya veremos cómo acaba esta historia.
Mientras tanto, me quedo con el concierto en Tandil. Me quedo también con las palabras del Indio, un tipo de verbo fácil que entiende como un privilegio el que la gente se identifique con sus letras cuando él es alguien como todos, con las mismas miserias, y que de paso no duda en decirlo: no le gusta Soda. Le gusta Cerati en su época de solista.









