Evelyn Recinos Contreras

Volver a la ternura

Llevamos muchos años atravesando épocas difíciles como humanidad.

En países como Guatemala, las condiciones de salud, educación, vivienda y nivel de vida de la mayoría de las personas son abrumadoramente difíciles, y a estas luchas ahora hay que sumarles las ancestrales. Llevamos impresiones genéticas que nos empujan a persistir y a sobrevivir a toda costa. Por eso nos reproducimos. Por eso buscamos compañía, alivio y consuelo en la enfermedad. Y ahora nos enfrentamos a ese miedo atávico de perecer frente a algo que no podemos controlar: una enfermedad que nos puede matar, como se ha repetido una y otra vez a lo largo del tiempo.

En mi familia, el curso de la historia fue cambiado cuatro generaciones atrás por una enfermedad no identificada. Sé, gracias a un tío que realizó toda una investigación genealógica de la familia en el registro civil, que mis tatarabuelos perdieron a sus hijas e hijos en cuestión de una semana debido a una enfermedad identificada como «peste». Lo mismo sucedió con la mayoría de las familias del pueblo que alcanzó a observar. A mis tatarabuelos maternos los sobrevivió una hija rebelde que se había casado con un indio y a quien habían desterrado y olvidado. Ella volvió para hacerles compañía y dejarles a su primogénito (mi abuelo) para que lo criaran. Y de ahí nace otra gran historia familiar que por el momento no viene al caso.

En momentos en los que todas las preguntas quedan sin respuesta, propongo que nos preguntemos qué es lo que nos hace falta hacer.

Ahora, pues, somos personas enfrentadas a lo incontrolable. Nos vemos golpeados por la pérdida inevitable. Algunas pérdidas son humanas, otras laborales, otras de sustento, otras de libertad de movimiento, otras de tranquilidad y paz para hacer lo propio sin miedo. Frente a todas estas, mi propuesta es no perder la ternura. En momentos en los que todas las preguntas quedan sin respuesta, propongo que nos preguntemos qué es lo que nos hace falta hacer, en vez de hacernos las clásicas preguntas que no voy a enumerar aquí porque seguro quien me lee tiene la cabeza llena de ellas. Preguntémonos qué falta por hacer, primero a nombre propio y para nosotras, pues creo que conservaremos nuestro poder si mantenemos abierta nuestra posibilidad de elegir y de comenzar por elegir cómo queremos sentirnos frente a lo inevitable, que es fundamental ahora. Elegir preguntarnos «¿y ahora qué?» en vez de «¿por qué nos toca esto a mí y a mi gente?» puede, primero, generar acción de forma individual y, luego, llevarnos a reconocer nuestro dolor y sufrimiento frente a lo que vivimos y a prometernos hacer lo que esté a nuestro alcance para que valga la pena seguir luchando.

Y luego, poco a poco, por quienes tenemos alrededor y nos necesitan, identificar qué nos queda por hacer desde la ternura puede hacer la diferencia en el día a día propio y en el de personas a quienes tenemos cerca o lejos, que conocemos o no. Este es, pues, un llamado a la ternura y a la creatividad. Ya sabemos o intuimos que estos son los momentos en que las necesitamos más.


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