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¿Qué revelan los nombres y panfletos de los plaguicidas en Guatemala?

Cuando el instrumento destinado a prevenir riesgos no orienta de manera clara y comprensible, deja de cumplir su función y pasa a ser un elemento normativo a cumplir y «aceitar» la estructura de distribución de los plaguicidas en la región, nada más.
Cuando el discurso comercial privilegia la contundencia y la eliminación absoluta, se refuerza un enfoque reduccionista que puede amplificar riesgos.
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¿Qué revelan los nombres y panfletos de los plaguicidas en Guatemala?

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No me importa si algún día me recuerda la gente, que me recuerden los árboles.

¿Qué comunica un plaguicida cuando se llama Sicario, Asesino o Terminator? ¿Es solo una estrategia comercial para destacar en el mercado o estamos frente a un mensaje que normaliza la violencia, induce a una falsa sensación de seguridad y termina influyendo en la forma en la que se usan sustancias inminentemente peligrosas? La pregunta no es retórica en sentido vacío; es el punto de partida para una reflexión social urgente. 

Los plaguicidas no solo actúan en los cultivos, también actúan a través del lenguaje que los acompaña. Analizarlo no es un ejercicio superficial, sino una cuestión ética, profesional y de salud pública.

El lenguaje como factor de riesgo

Entre 2019 y 2025, el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación (MAGA) registró 8,353 nombres comerciales de plaguicidas. A partir de esta base, se depuró el universo a  1,771 productos elegibles y se analizó una muestra representativa de 354, complementada con el estudio de panfletos instructivos  de plaguicidas con distintas acciones biológicas y categorías toxicológicas.

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Con independencia de la proporción muestral, el hallazgo central es contundente: el lenguaje técnico es minoritario frente a estrategias nominativas que apelan a la emoción. Apenas una quinta parte de los nombres analizados puede considerarse estrictamente técnica. Un porcentaje significativo presenta connotaciones violentas; otros evocan fuerza bruta, superioridad o destrucción. Paralelamente, existe un grupo de nombres que sugiere naturalidad, ecología o seguridad, lo que puede generar asociaciones de benignidad que no necesariamente se corresponden con la toxicidad real de los productos fitosanitarios.

Cuando se examina el significado connotado —es decir, las asociaciones culturales y psicológicas que despiertan— la violencia emerge como una de las categorías predominantes, seguida por sensaciones de falsa confianza y percepciones engañosas de naturalidad. El mensaje implícito no es neutro: construye un imaginario donde el control de plagas se equipara a un acto de aniquilación o, en su defecto, a una intervención inocua y sin consecuencias. En ambos extremos, la complejidad técnica del manejo seguro queda desplazada.

La falla comunicativa en los panfletos

Desde las ciencias de la comunicación, el análisis de los panfletos instructivos revela deficiencias estructurales evidentes. La transmisión eficaz de información exige claridad, coherencia, adecuación al receptor y utilidad práctica. Sin embargo, la mayoría de estos materiales  presenta por norma y diseño,  acumulación excesiva de texto, terminología técnica sin mediación pedagógica, redacción poco comprensible y un diseño que incorpora elementos gráficos escasamente interpretables; en este contexto, tales  componentes informativos resultan  ininteligibles.

Aunque el reglamento técnico centroamericano distingue entre uso doméstico y profesional, el lenguaje empleado no siempre refleja esa diferenciación ni considera las condiciones reales del usuario promedio. Mucho menos en el contexto rural guatemalteco, y regional, donde los niveles de alfabetización técnica pueden ser limitados. Es decir,  se asume un receptor ideal que no necesariamente existe.

En la práctica,  el panfleto suele convertirse en el primer elemento descartado por el usuario –desde  mi experiencia–, incluso en el lugar de compra.  Esta conducta no puede interpretarse únicamente como desinterés o ignorancia; también puede entenderse como el síntoma de una comunicación que no logra demostrar su utilidad. Cuando el instrumento destinado a prevenir riesgos no orienta de manera clara y comprensible, deja de cumplir su función y pasa a ser un elemento normativo a cumplir y «aceitar» la estructura de distribución de los plaguicidas en la región, nada más. De lo contrario,  los usuarios los conservarían como material de consulta si tuvieran algún valor para ellos.

Psicología del nombre: entre el poder y la falsa seguridad

Nombrar es un acto performativo. Un nombre no solo identifica; también construye significado. En el contexto agrícola, donde el productor enfrenta presiones económicas, familiares y alimentarias inmediatas ante la presencia de una plaga, la promesa simbólica de eliminación rápida puede resultar altamente atractiva. Los nombres que evocan violencia o fuerza trasladan el problema fitosanitario al terreno simbólico de la guerra: la plaga se convierte en enemigo y el producto en arma.

Este desplazamiento semántico no es trivial. Refuerza una visión beligerante de la relación con la naturaleza y puede consolidar prácticas orientadas a la eliminación inmediata antes que a la gestión técnica integrada. Paralelamente, los nombres que sugieren naturalidad o seguridad pueden generar una sensación de inocuidad que relaja la percepción del riesgo. Sin embargo, la peligrosidad de un plaguicida no depende de su origen sintético o biológico, sino de su toxicidad inherente, de la forma en que se manipula y evidentemente en cómo se aplica sobre alimento.

La investigación sugiere que la industria opera dentro de una lógica que combina control simbólico, confianza inducida y normalización del riesgo. Se transmite al usuario la idea de dominio absoluto sobre la plaga y se minimizan, explícita o implícitamente, las consecuencias potenciales para la salud humana y el ambiente.

Potenciales consecuencias agronómicas y sanitarias

Desde la perspectiva agronómica, las deficiencias comunicativas pueden tener implicaciones directas. Instrucciones poco claras pueden traducirse en dosificaciones incorrectas, aplicaciones inadecuadas y uso de plaguicidas sin protección suficiente. Ello incrementa el riesgo de intoxicaciones agudas y crónicas, contamina el ambiente y favorece el desarrollo de resistencia en las plagas, además de atentar contra la inocuidad de los productos vegetales.

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Una encuesta aplicada a 127 profesionales del sector agropecuario reveló que la mayoría selecciona plaguicidas principalmente por su efectividad, mientras una proporción significativa desconoce qué es un análisis deontológico, es decir, no analizan desde el punto de vista ético sus acciones profesionales de forma intencional y estructurada. Esta desconexión entre técnica y ética, manifiesta, deja en segundo plano consideraciones éticas que deberían formar parte integral del proceso de selección y uso de los plaguicidas aun en el ámbito de los profesionales con más alto grado de formación del país, lo cual resulta preocupante.

Decidir qué plaguicida utilizar es una decisión compleja que aun a nivel técnico representa un reto. Cuando el discurso comercial privilegia la contundencia y la eliminación absoluta, se refuerza un enfoque reduccionista que puede amplificar riesgos.

Una crisis deontológica sistémica

Los hallazgos convergen en una conclusión inquietante: el problema no es únicamente comunicativo, sino ético. La deontología exige que ingenieros agrónomos, comunicadores, empresas registradoras y autoridades regulatorias prioricen el bienestar público y la protección ambiental al mismo nivel que los intereses comerciales. Sin embargo, la autorización de nombres con connotaciones violentas o engañosas y la falta de exigencia de criterios éticos en la nomenclatura reflejan una brecha entre cumplimiento normativo y responsabilidad moral.

Un profesional que no examina críticamente las implicaciones de sus actos, ya sea seleccionando, utilizando, nombrando, o bien dictaminando la idoneidad de los nombres de los plaguicidas en las instituciones competentes, puede convertirse en un ejecutor automático de prácticas que, aunque legales, no necesariamente sean responsables.

En un país con limitaciones estructurales en su sistema de salud para atender intoxicaciones, la debilidad comunicativa no es un detalle menor. El mensaje asociado a los plaguicidas puede amplificar riesgos en un contexto ya vulnerable.

Hacia una transformación del discurso

La transformación necesaria no se limita a cambiar palabras, sino a revisar el paradigma comunicativo que rodea a estos productos. Se requiere una actualización normativa que incorpore criterios de claridad, pertinencia cultural y evaluación ética del mensaje. La industria debe asumir que la responsabilidad social no termina en el cumplimiento formal de un reglamento, o con la generación de utilidad, sino que implica garantizar que la información sea comprensible, útil y honesta.

Las universidades tienen un papel central en esta transformación, integrando de manera transversal la deontología profesional y la comunicación de riesgos en la formación de futuros agrónomos. Los profesionales que actualmente ocupan puestos en empresas, instituciones públicas y entidades regulatorias también están llamados a cuestionar prácticas naturalizadas y a impulsar cambios desde dentro.

La pregunta inicial, entonces, adquiere otra dimensión. No se trata únicamente de qué comunican los nombres de los plaguicidas y sus panfletos instructivos, sino de qué cultura profesional estamos dispuestos a sostener. Transformar el mensaje que acompaña a estos productos, es hoy un imperativo ético.  Implica reemplazar un discurso de violencia o falsa seguridad por otro basado en la  transparencia, el rigor técnico y el respeto por la vida humana y el ambiente. En esa transformación  del lenguaje puede residir  también el inicio de una modificación más profunda en la forma en que entendemos nuestra relación con la producción agrícola y con la naturaleza misma.

Referencias

MAGA. (2025). Base de datos de registros de insumos agrícolas. Guatemala, Guatemala, Guatemala. 

MINECO, CONACYT, MIFIC, SIC, MEIC. (2011). Reglamento técnico centroamericano RTCA. Reglamento técnico centroamericano RTCA. Guatemala. 

Peñate, L. (2025). Encuestas a profesionales del Congreso Nacional Agropecuario organizado por INTECAP. Guatemala. 

Peñate, L. (21 de 10 de 2025). Transcripción del foro- Eficacia, riesgo y percepción: El mensaje que acompaña a los productos para el control de plagas agrícolas en Guatemala. Guatemala, Guatemala, Guatemala. 

Rodríguez, N. (2019). Producción subjetiva sobre la exposición a agroquímicos. Revisión de la bibliografía científica. Ciencia & Saude Coletiva, 781-792.

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