Míchel Andrade

Hitos e íconos

Un post en X me da la voz de alerta. El 10 de septiembre de 1991, hace ya 34 años, Nirvana lanzaba Smells like a teen spirit. Sin duda, uno de los éxitos más grandes de la década de los noventa y de Nevermind, una de esas grabaciones que pueden considerarse un álbum que es a la vez hito e ícono. Según Rolling Stone, esta canción ocupa el número cinco en su lista de las más importantes de la historia.

El post en mención rescata uno de los elementos de leyenda detrás de la canción: Kathleen Hanna –vocalista de Bikini Kill–, borracha, escribiendo con un sharpie en la pared de la casa que Cobain compartía entonces con David Grohl, «Kurt smells like a teen spirit», en referencia a un desodorante, o a un comercial de desodorante.

Sus palabras sonaban a rabia pura y convertían el caos en un ejercicio poético de dimensiones muy difíciles de calcular en ese momento.

Trato de recordar dónde estaba cuando escuché por primera vez la canción. Mis recuerdos ubican los pasillos de la facultad de Derecho de la Universidad Católica, en Quito, con el grunge irrumpiendo desde la radio, de manera impertinente, mientras me preparaba para un examen de derecho tributario. Cobain repetía furiosamente: Here we are now, entertain us / I feel stupid and contagious / Here we are now, entertain us. Sus palabras sonaban a rabia pura y convertían el caos en un ejercicio poético de dimensiones muy difíciles de calcular en ese momento. Era mi primera aproximación a Nevermind que, desde entonces, siempre me ha parecido fabuloso.

Si el impacto de escuchar la música y la lírica furibunda de Smells like a teen spirit no fuera suficiente, el video de la canción hizo el resto. Imágenes obscuras. Una multitud furiosa y poseída que seguía el ritmo de una banda de desarrapados en jeans viejos y gastados, muy lejana a las vestimentas estrafalarias de las bandas de glam rock. Las porristas vestidas de negro. Cobain cambiando una cuerda de su guitarra, y la presencia del hombre que barría el coliseo de la escuela secundaria, detalle para nada superfluo, pues ese fue el primer empleo de Cobain al acabar el colegio.

El péndulo había cambiado brutalmente desde la superficialidad de la música de los ochenta, con el maquillaje, los peinados llenos de gomina y los sonidos de sintetizador, hacia un sonido perturbador, centrado en los riffs de guitarra y en elementos más profundos e introspectivos de las líricas. Cobain, preguntado por la canción, diría que estaba inspirada en el estilo de los Melvins y, sobre todo, de los Pixies. Con esas palabras, el fan confeso de Surfer Rosa, el álbum de 1988, dio la bandera de partida para provocar la curiosidad de la generación X sobre una banda entonces menospreciada.

Todos estos elementos han contribuido a la atemporalidad de Nevermind y de Smells like a teen spirit, que se eterniza en Cobain gritando mil veces «a denial», mientras su voz se difumina al final de la canción.

Mientras cierro esta columna, escucho a Blood Ceremony, con su disco homónimo de 2008. Esta banda canadiense, que coquetea con el doom metal y la psicodelia, trae con su música un recuerdo certero de Jethro Tull.


 


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