Mildred Hernández

Las dificultades de Mary W.

La bebé llora entre sus brazos y Mary W. no sabe cómo consolarla. Ambas están acostadas en la cama y la iluminación en la habitación es precaria. Hace apenas unos cuantos días que ha dado a luz y la angustia por ser incapaz de alimentar a su hija se recrudece por la fiebre que la hace sentirse cada vez más débil. En los intranquilos momentos en que recobra cierto grado de lucidez, se pregunta qué será de esta hija si ella no sobrevive, qué pasará con su otra pequeña hija.

En medio de las alucinaciones que le provoca la fiebre cada vez más alta y el dolor que se centra en el estómago y que se expande por todo su cuerpo, lo que atormenta a Mary W. es la desesperación por lo que ya no es posible que sea. Su marido, que no la deja casi un minuto a solas, trata de consolarla, de leerle, de comentarle las cosas que sabe le gustan, pero todo es en vano. Sabe que esa agonía no es más que una cuestión de días, horas quizás, pues, aunque el parto se dio sin complicaciones, a la hora de expulsar la placenta esta se hizo añicos y se regó ahí adentro causando la infección y los dolores que sufre.

A estas alturas, en medio de dolores descomunales, peores aún que los que se sienten al dar a luz, Mary W. siente que la fiebre es lo peor. Tiene la boca seca, amarga, los labios partidos y una sensación de debilidad, de ahogo, de apenas respirar que le oprime el pecho. Los medicamentos que le suministran apenas le dejan algunos espacios de lucidez para darse cuenta de que, si sale de esta, otra debería ser su vida. Aprovechar al máximo el sol y la lluvia, las estrellas y el viento, las caricias de sus hijas y del hombre con quien finalmente ha encontrado el amor.

Aunque conoce a varias mujeres que, como ella, escriben, que como ella expresan sus ideas y sentires, muchas otras en realidad no saben ni siquiera el alfabeto.

El sonido de un susurro masculino, quizás la voz del médico o la de su esposo, que llegó a sus oídos como una suave ráfaga provoca que Mary recuerde. Sus libros, lo primero. Aunque conoce a varias mujeres que, como ella, escriben, que como ella expresan sus ideas y sentires, muchas otras en realidad no saben ni siquiera el alfabeto. En comparación con las que no pueden, con las que no tienen acceso ni medios económicos para hacerlo, su educación, se da cuenta: ha sido privilegiada. Es una lectora voraz y, además, una autora consumada. Ha escrito novelas, libros de viajes, ensayos, innumerables cartas y varios libros que analizan desde su postura como una mujer de su tiempo, las obras más famosas de los autores más reconocidos de su época.

¿De qué sirvió tanto esfuerzo?, se pregunta desde las entrañas del dolor Mary W. La voraz fiebre que no cede y el malestar inenarrable de su vientre se expande como ola en el océano sinfín de su cuerpo. Sus 38 años los ha vivido intensamente, se dice. Se ha enamorado, la han rechazado, ha encontrado de nuevo el amor. Tiene dos hijas. La segunda, entre sus brazos, llora y no sabe cómo consolarla.

Mary W. tiene la esperanza, eso sí, de que las mujeres en el futuro tendrán acceso a una educación que les permita estar en condiciones de igualdad con los hombres. Cree con firmeza que con esa educación reconocerán las distintas maneras en que son discriminadas y relegadas y lucharán para que esa falta de derechos termine. Esa convicción la alienta incluso en esos días y noches de delirio en los que el cuerpo se impone sobre la fuerza de su espíritu.

Como mujer de su tiempo, como testigo de la primera Revolución Industrial, de la Revolución francesa, de la proliferación de modelos educativos para los hombres, la inglesa Mary Wollstonecraft es una de las pioneras que escribe sobre los derechos de igualdad de las mujeres. Esto sucede exactamente en 1792, treinta años después de que Juan Jacobo Rousseau publicara su libro «Emilio, o de la educación», obra en la que destaca, entre otros aspectos, la educación integral de los hombres frente a la de la mujer, que solo debe ser «para dar placer [al hombre]».


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