Iduvina Hernández

Y no lograron silenciarlo

Un año más, las jornadas por la memoria de Luis de Lión, han concluido. Fueron tres semanas y un día, desde el 15 de mayo, en que se realizaron diversas acciones para hacer presente su legado. Al cumplirse 41 años de su secuestro y desaparición forzada, evocamos la memoria del escritor cuyo canto exaltó la majestuosa imagen del Hunahpú. Comprobamos entonces que su voz sigue viva, encendida en la memoria.

Oriundo de la aldea San Juan del Obispo, en Antigua Guatemala, José Luis de León Díaz, como fue nombrado por sus padres, se hizo maestro, escritor y poeta. Como artista de las letras, modificó su nombre y firmaba como Luis de Lion o usaba seudónimos como Pedro Sicay o Juan del Día.

Maestro en todo el sentido de la palabra, Luis se incorporó a las luchas del magisterio en 1973, por mejores condiciones salariales. Resultado de esa lucha sufrió la primera detención ilegal, tortura y persecución.  La presión pública logró que él y otros dirigentes detenidos fueran liberados.  Su hija Mayarí, quien apenas tenía siete años, recuerda que Luis volvió a casa «como un caimito», término coloquial para indicar que alguien ha sido molido a golpes.

Ejecutores de un régimen que pretendió aniquilar la digna lucha por un mejor destino para todas las personas y silenciar, hasta enmudecer por completo, a las voces que proclamaban la necesidad de ese esfuerzo.

A los once años de esa detención, Luis salió de su casa y no volvió más. El 15 de mayo de 1984 fue secuestrado por hombres armados. Estos lo apresaron e  introdujeron por la fuerza a un vehículo en la 11 calle y 2a avenida de la zona 1. Desde ese día, a pesar de haberle buscado en hospitales, morgues y centros de detención, su familia no supo más de él. Fue en  1999, cuando se hizo público un documento llamado Diario Militar, que su esposa, hija e hijo tuvieron noticias de Luis.

El documento, un cuaderno de inteligencia militar, recoge las fichas de 183 personas, contra quienes el ejército de Guatemala realizó acciones de represión. Cada ficha incluye el nombre, la presunta filiación revolucionaria de la víctima, la acción ejecutada en su contra, con fecha y lugar incluido. Algunos casos incluyen otros datos a mano, como una fecha y un código que, en el caso de 300, o se lo llevó Pancho, se interpreta como la fecha de la ejecución. En la ficha de Luis aparece la fecha del 5 de junio de 1984 antecediendo el código 300.

De allí se colige que Luis estuvo 21 días en manos de sus verdugos quienes le habrían torturado hasta acabar con su vida. Posiblemente su condición de diabético y las secuelas de la enfermedad apresuraron el desenlace de la agresión criminal de los asesinos. Ejecutores de un régimen que pretendió aniquilar la digna lucha por un mejor destino para todas las personas y silenciar, hasta enmudecer por completo, a las voces que proclamaban la necesidad de ese esfuerzo.

La de Luis de Lion es una de esas voces que, como miles de ellas o de manos creadoras, su eco persiste en el tiempo. Aún resuena en cada vocecilla cantarina de niñas y niños que, por cientos, han dado vida a las habitaciones de su casa, hoy convertida en espacio de memoria. La Casa Museo Luis de Lion, no solo guarda la memoria de la vida de un hombre digno, de un maestro ejemplar, de un padre tierno. También atesora las sonrisas y la creatividad de niñas y niños que en el coro o en la marimba Brisas del Hunahpú, hacen vivir al poeta que no ha enmudecido. Gracias a la tesonera e inquebrantable voluntad de su hija Mayarí, hoy la memoria de Luis está más presente que nunca.

Su obra literaria ha sido generosa y hermosamente reproducida por Ediciones del Pensativo, que nos acercan a la producción de un hombre capaz de escribirle a su hija con la ternura en el lápiz, una carta poema: Mi nena,/ mi pequeña camarada,/ quisiera enviarte nuestros amaneceres y crepúsculos/ envueltos en una tusa./



 


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