Quien fuera un devoto católico practicante durante sus primeros cincuenta años de vida, al punto de aplicar sanciones a los cadetes que no asistían a misa y de nombrar al Cardenal Casariego padrino de sus hijos, se convirtió en fanático pastor protestante que se refugió en el púlpito tras sus fracasos políticos. Quien fue responsable de la masacre de campesinos de Santa María Xalapán en San Sirisay, terminó siendo el flamante candidato de los partidos más democráticos que conformaron en 1974 ...
Quien fuera un devoto católico practicante durante sus primeros cincuenta años de vida, al punto de aplicar sanciones a los cadetes que no asistían a misa y de nombrar al Cardenal Casariego padrino de sus hijos, se convirtió en fanático pastor protestante que se refugió en el púlpito tras sus fracasos políticos. Quien fue responsable de la masacre de campesinos de Santa María Xalapán en San Sirisay, terminó siendo el flamante candidato de los partidos más democráticos que conformaron en 1974 el Frente Nacional de Oposición.
Ganó la Presidencia en esa oportunidad, pero no defendió su triunfo y se fue a España enviado por el gobierno de Arana. Oficiales del Ejército le ofrecieron defender con las armas el resultado popular, pero se opuso a que dieran un golpe de Estado, lo cual no impidió que ocho años más tarde asumiera el poder tras un golpe y se autoproclamó Presidente de la República cuando triunfó la asonada de oficiales jóvenes que lo llamaron para que se hiciera cargo de la jefatura de Estado.
El hombre que hoy reclama, con todo derecho, las garantías procesales para defenderse en el juicio que se le sigue por las atrocidades cometidas contra población civil durante su gobierno, fue el mismo que promulgó el Estatuto de Gobierno en 1982 y que creó los Tribunales de Fuero Especial donde la gente no tenía ninguna posibilidad de contar con una defensa apropiada para probar su inocencia.
El mismo hombre que en España encontró consuelo en la bebida para olvidar la decepción y frustración del fraude electoral que puso a prueba su temple y que terminó con su sumisión a las órdenes del mandatario que fraguó el fraude, se convirtió en el gran moralista que todos los domingos regañaba a “usted Papá, usted Mamá”, por lo que se le venía a la mente. El mismo que al hacerse cargo del poder dijo que no habría más muertos a la orilla de los caminos porque los delincuentes serían juzgados en esos Tribunales de Fuero Especial y que dijo que si no podía controlar al Ejército para qué estaba allí, ahora dice que no tiene ninguna responsabilidad en lo que ocurrió en el teatro de operaciones de la guerra con las masacres perpetradas contra población civil.
Ese mismo hombre, votado por la mayoría de guatemaltecos en 1974, quiso ser presidente en el 2003 y propició el Jueves Negro que sembró terror entre todos los que ahora se convierten en sus defensores acérrimos. En aquella ocasión los grupos empresariales y más conservadores despotricaron contra la Corte de Constitucionalidad que avaló la participación de Ríos Montt como candidato pese a la explícita prohibición constitucional. En otra de las paradojas de su vida, esos mismos grupos son los que ahora esperan que la Corte de Constitucionalidad actúe como en el 2003 para ponerle fin al proceso que se le sigue al veterano político.
Despreciado por sus compañeros militares por múltiples razones, aun antes de haberse pasado al bando contrario cuando aceptó ser candidato presidencial contra la estructura jerárquica del Ejército, hoy se convierte en el paradigma más importante no sólo del Ejército y de la Asociación de Veteranos Militares, sino de todo el abundante conservadurismo que existe en el país.
* Publicado en La Hora, 24 de abril
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