Sexo, ocupación, estado civil y edad: cómo explicarnos los cambios de salud mental en la crisis
Sexo, ocupación, estado civil y edad: cómo explicarnos los cambios de salud mental en la crisis
En una crisis como esta, nuestras condiciones de vida se deterioran o se desestructuran, y carecemos de alternativas que compensen la alteración. Eso golpea nuestra salud mental.
¿Cómo? Faltan estudios específicos, pero sabemos por otro tipo de emergencias, desastres o situaciones extremas, que el vínculo entre la situación y los posibles problemas psicológicos no es sencillo ni directo.[1]
Es posible suponer que existe un impacto en la salud mental de las personas debido a que la crisis altera las condiciones de vida. Esta primera condición del impacto repentino e inesperado se complementa con otra: que las personas no encuentren alternativas o soluciones a los cambios sufridos. Un ejemplo que reúne ambas condiciones es el de quien pierde su fuente de ingresos y no encuentra alternativa.
El impacto, aunque generalizado, no es uniforme. Intervienen variables personales, familiares, económicas, políticas y sociales. Hay que contar con la duración de la crisis, lo inédito de la situación y el cambio que supone en las condiciones de vida: la pérdida de trabajo o ingresos, la enfermedad de uno de los miembros de la familia, el tipo de trabajo, la sobrecarga de tareas, las condiciones materiales de la vivienda (servicios, hacinamiento…), las relaciones y redes familiares o sociales de apoyo, la exposición a la información y su percepción.[2]
Estas condiciones vitales se traducen en sensación de control o indefensión; compañía, solidaridad y relaciones, o soledad y aislamiento; nuevas rutinas o imposibilidad de programar el tiempo y encontrar actividades con los sentimientos resultantes de inutilidad, hastío o aburrimiento. La crisis es fuente de estrés y ansiedad, pero las formas de afrontamiento son muy diversas.
Lo que nos enseñan otras crisis es que hay algunas variables que pueden ser particularmente significativas a la hora de comprender los efectos y enfocar la prevención y la atención.
Un estudio sobre líneas telefónicas de atención en crisis[3] muestra qué puede influir en quienes buscan el servicio. Aunque trata de un tipo de atención psicológica específica, hecho en España a principios de los 2000, puede servir, con adecuaciones, para comprender el impacto de la situación actual en la salud mental. Del estudio se desprenden cuatro variables significativas, que permiten considerar los efectos de la pandemia de COVID19: género, edad, estado civil y ocupación.
Sexo[4]
Ser hombre o ser mujer cambia la vivencia de la crisis. Una de las razones más importantes es la división social del trabajo, que se distribuye de manera desigual. Las mujeres se ven recargadas por el trabajo, el cuidado del hogar y de los hijos, así como de otras personas. Esta desigualdad se agrava durante la crisis.
Sin embargo, las mujeres presentan algunos factores de protección mayores que los hombres, por ejemplo, la solicitud de ayuda en sus redes de apoyo o de otro tipo, lo que resulta más fácil debido al tradicional papel femenino. Aunque ambiguo por la unilateralidad y la asimetría, el propio ejercicio del cuidado es un factor beneficioso para quien lo ejerce. Los hombres no solicitan ayuda (o les cuesta más) debido a que su rol de hombres lo impide. En otras palabras, hay costos sociales de pedir ayuda al separarse de los estereotipos asignados a su género. No es casual que haya más hombres en cárceles y psiquiátricos debido a su imposibilidad de solicitar ayuda.[5]
Edad
Otra variable muy importante es la edad. No es lo mismo el impacto de desastres cuando se es niño, adolescente, joven, adulto o adulto mayor. Los procesos cognitivos y emocionales, las capacidades de respuesta, la situación en la familia, la experiencia o huellas de emergencias previas, influyen en el impacto de los cambios.[6]
En la crisis actual, una de las modificaciones más importantes en la vida de niñas y niños es no ir a la escuela o al colegio. Sin embargo, han existido alternativas como las clases on line. La situación se complica por la sobrecarga de tareas en algunos casos o la falta de recursos en otros, así como la falta de socialización que influye en el aprendizaje. Sin embargo, la pregunta de cómo perciben, elaboran y viven la crisis las niñas y los niños todavía no tiene una respuesta clara. Algunos meses de confinamiento en un entorno protector, capaz de satisfacer sus necesidades vitales y emocionales no supone un efecto tan fuerte o puede ser positivo, si se estrechan los lazos familiares. Lo contrario también es posible: la vivencia en un entorno hostil puede provocar distintos problemas.
En el caso del estudio señalado, el mayor porcentaje de hombres que piden ayuda se encuentra en el rango de 28 a 37 años, posiblemente por las dificultades de adaptación a la vida de pareja y el rol de padre de niños pequeños. La mayoría de mujeres pertenecía al rango de 38 a 42 años, como resultado de la posible decepción de la vida de pareja y las dificultades para armonizar vida laboral y familiar. Por ser datos que provienen de otro país y otras condiciones, deben ser tomados tan solo como posibles indicadores. Sin embargo, ofrecen pistas para comprender que la edad está ligada a situaciones y acontecimientos vitales que influyen en la elaboración subjetiva de la crisis.
Una variable que debe añadirse al género y la edad es la violencia en sus distintas manifestaciones: física, psicológica, sexual. En efecto, la violencia contra la mujer y contra la niñez y adolescencia se encuentra presente de forma directa, clara y extensa en la sociedad guatemalteca. Como se ha señalado, existen mayores niveles de violencia contra las mujeres. Una explicación es que, dadas las condiciones de confinamiento y restricciones de movilización, las mujeres pasan más tiempo con sus agresores, usualmente hombres: padres, esposos, parejas y otros familiares. El resultado es que se producen más hechos de violencia contra las mujeres y las respectivas secuelas del maltrato.
Una situación análoga sucede con la niñez y la adolescencia, la tercera edad o las personas con discapacidad.[7] Son poblaciones vulneradas que conviven más tiempo con las personas que les agreden. Dos aspectos son distintos en estos casos. El primero es que las agresiones pueden provenir de hombres y de mujeres, incluyendo madres, abuelas o tías. El segundo es que este tipo de violencia no recibe tanta atención debido, en parte, a que las víctimas no pueden expresarse de manera efectiva y a la naturalización del maltrato infantil, hacia adultos mayores y personas con discapacidad.
Estado civil
Llama la atención que, en el estudio, solteros, viudos o divorciados están sobrerrepresentados en la población usuaria. De igual forma, los principales motivos de consulta que tienen las llamadas son la sensación de soledad y aislamiento y la depresión. Sin redes de apoyo significativas, sin poder comunicarse con otras personas, las personas solas pueden sufrir efectos más marcados en la salud mental.
Por ejemplo, en un pequeño estudio exploratorio, se tiene referencia de una mujer que ha desarrollado pensamientos suicidas por las condiciones de soledad y falta de comunicación que se han intensificado en esta crisis.[8]
Ocupación[9]
Con esta variable se quiere señalar en primer lugar si la persona tiene trabajo o no, o lo pierde en la crisis. El desempleo es un factor de riesgo en todo sentido, incluyendo las condiciones psicológicas de las personas. Esto se relaciona con la capacidad o no de dar una respuesta adecuada a las necesidades vitales, la sensación de utilidad, el status, etc.
Pero tener trabajo tampoco es garantía de salud mental. Hay condiciones y fenómenos laborales que no ayudan. En una columna sobre el tema, se señalaba que los médicos y el personal sanitario que atienden la emergencia del COVID19 pueden desarrollar lo que se conoce como el síndrome del burn out, debido a las difíciles condiciones institucionales que encuentran en su trabajo, lo cual es extensible a otras profesiones como policías, bomberos, personal que atiende emergencias. A esta lista se podría agregar a trabajadores de restaurantes, supermercados, bancos, entrega a domicilio, por el temor a ser contagiados y a maestras que se encuentran sobrecargadas de trabajo.
Además, existen otras condiciones vinculadas con el trabajo que pueden tener relación con el impacto de la crisis en la salud mental. En el estudio referido no es explícito, pero otro factor que puede ser muy importante es el nivel socioeconómico. Es visible que la crisis ha supuesto un impacto muy fuerte en sectores informales y populares. No es lo mismo una situación que permite el confinamiento en un hogar con espacios amplios y otras comodidades, a vivir hacinados en viviendas de un cuarto y sin servicios que elevan el nivel de estrés.[10]
El impacto del manejo político de la crisis
Esta revisión debe incluir también el impacto del manejo político de la crisis. Los gobiernos han manejado de formas distintas las condiciones de confinamiento y restricción de movilidad, la atención sanitaria de enfermos, las respuestas económicas, etc.
En el caso del gobierno guatemalteco sus respuestas están condicionadas por las debilidades históricas del Estado (pequeño, corrupto), la posición de economía dependiente y por el propio desempeño frente a la crisis. Si frente a las primeras dos variables tiene poco margen de acción, su responsabilidad es clara frente al manejo inmediato.
Pareciera que las restricciones tempranas fueron un acierto, pero el manejo percibido como errático (derivado de la comunicación presidencial y de las propias acciones del gobierno), los privilegios otorgados a ciertos sectores (económicos y políticos), la ineficacia en la distribución de recursos médicos y de emergencia, los retrasos en la ayuda económica a sectores vulnerables, la opacidad y la corrupción, son aspectos que perpetúan y agravan la confianza ciudadana hacia las autoridades.
Esto incide en los comportamientos de la población, incluyendo el desacato a las normas. La institucionalización de la mentira deriva en que se debiliten el tejido social y de la convivencia. Fenómenos regresivos como los linchamientos aparecen ante la ausencia de las instituciones y la desconfianza ciudadana.
Una discusión sobre el tema de la salud mental
Diversas publicaciones señalan las posibilidades del impacto de la crisis por COVID19 en la salud mental. No están claro los alcances. Hay quienes dicen que habrá una epidemia de problemas de salud mental o se crean términos como “síndrome de la cabaña” para hacer referencia al “miedo” de salir de casa y retomar la rutina después de la crisis.
Este último término puede hacer referencia a que las personas se sienten mejor si se pueden quedar en casa sin tener que sufrir la prisa del ritmo de las ciudades, el tráfico, los contactos indeseados con compañeros de trabajo y los jefes, síntomas todos, en realidad, de los efectos del trabajo en condiciones de explotación. Esto es similar a la angustia o desazón que sienten las personas los domingos por la noche o en asuetos y días feriados, antes de volver a trabajar. La raíz de estas reacciones no se encuentra en la particular aprehensión o angustia neurótica de las personas, sino en las condiciones laborales lamentables.
Lo importante es que los problemas o desajustes psicológicos provienen del impacto de la crisis en las condiciones de vida. Y que el significado y los efectos pueden variar mucho.
Es posible suponer que habrá mucha gente alrededor del mundo que sienta nuevas presiones, angustias y problemas por el deterioro de las condiciones de vida, pero también existe la posibilidad de que los cambios no sean dañinos o que se produzcan, incluso, cambios positivos (o una mezcla).
Según un estudio[11], aunque varias personas reportaban efectos negativos debido a la crisis, hay otros que presentan mejoras en sus condiciones de vida o que se llevaban mejor con su familia, debido a que pasan más tiempo juntos. Esta situación viene a confirmar que el impacto de la crisis en la salud mental no es uniforme. La elaboración subjetiva de la crisis es variable y enormemente plástica, resultado de distintos factores, incluyendo la capacidad de respuesta de las personas.
Y finalmente, hay que considerar que los propios conceptos de trastornos mentales o de salud mental resultan problemáticos. No hay duda que existe el sufrimiento personal que se encarna en los seres humanos concretos, pero el tipo de términos utilizados y muchas perspectivas psicológicas implican un énfasis unilateral en el tema, lo que deja de lado aspectos sociales e históricos, que pueden ser los más importantes. Además, implican una perspectiva ética y de bienestar dudosa. Duch cita de Helena Béjar:
“La vocación imperialista de la sociedad psicológica equipara la salud mental a un estado ideal que combina el éxito, el amor y la ausencia de ansiedad. Todo individuo que carezca de alguno de estos componentes no estará sano y, por tanto, precisará de curación”.[12]
Como se puede apreciar en la creación de patologías como el señalado “síndrome de la cabaña”, los problemas que enfrentan las personas no se deben, en muchos casos o exclusivamente, a actitudes, pensamientos y emociones que surgen de condiciones personales, sino como respuestas a situaciones difíciles y, por tanto, hay que enfocarse en la transformación de las condiciones sociales, económicas y políticas, no en la “sanación” de las personas.
O por lo menos no como primera respuesta.
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