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Karina Fonseca, coordinadora de la Red Jesuita con Migrantes (RJM) en América Latina./ Londy Ramazzini

Karina Fonseca: «Tenemos una institucionalidad cooptada por un enfoque antimigrante»

«Debemos ver si hay, ojalá, un resquebrajamiento del convencimiento que hay alrededor de las acciones que ha tomado Donald Trump, que siguen siendo erráticas y abusivas».
«Yo pongo la esperanza en el trabajo colaborativo en red, de imaginarnos más allá de esta mirada individualista».
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Reportaje
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Karina Fonseca: «Tenemos una institucionalidad cooptada por un enfoque antimigrante»

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El discurso en contra de la población migrante dificulta el trabajo de colectivos como la Red Jesuita con Migrantes (RJM). En esta entrevista con Plaza Pública, Karina Fonseca, coordinadora de la red a nivel de América Latina, analiza los desafíos en la defensa de los derechos humanos de estas personas. A pesar del panorama desalentador, matiza, las redes de apoyo e iniciativas colectivas son una luz de esperanza para la región.

Defender los derechos de las personas migrantes es, ahora más que nunca, un esfuerzo cuesta arriba para organizaciones y agrupaciones enfocadas en acompañar a dicha población de la región. Uno de esos esfuerzos es realizado por la Red Jesuita con Migrantes, que forma parte de las obras de la Compañía de Jesús a nivel regional. 

Con presencia en 19 países de América Latina y el Caribe, la Red Jesuita con Migrantes  articula instituciones, obras educativas y parroquias de la Compañía de Jesús, que se dedican a «acompañar y defender los derechos humanos de personas migrantes, desplazadas y refugiadas». 

En una conversación con Plaza Pública, Karina Fonseca, recientemente nombrada como coordinadora a nivel de América Latina de la RJM, explica los grandes desafíos para tejer redes de apoyo y hacer frente al discurso antimigrante, que ha influenciado la visión de varios líderes de la región. 
 
A pesar de las preocupaciones, Fonseca ve un atisbo de esperanza en los esfuerzos colectivos que resisten para seguir acompañando a la población que se ve forzada a abandonar sus países de origen. 

—¿Qué implica ser una persona migrante de la región en el contexto actual?

—Es, precisamente, un momento de muchos dolores, de mucha incertidumbre, de muchos miedos. Yo creo que las personas migrantes y refugiadas siguen demostrando su valentía, su entereza y su capacidad para sobreponerse a circunstancias muy adversas. Pero, sin lugar a dudas, vemos un contexto cada vez más complejo, en el que se  mancilla la dignidad de las personas. La incertidumbre es vital en esta reflexión. No es que antes no hubiese incertidumbre, pero ahora es mucho mayor porque se agravan o complican las posibilidades para poder emprender la travesía migratoria. Sin olvidar, claro está, que también todas las personas tienen derecho a quedarse en el lugar donde nacieron y la migración debe ser una decisión libre. Es un momento en el que se requieren muchas voluntades y compromisos de muchos actores en toda la ruta migratoria para que ese tránsito, los temores y abusos que se han acentuado, puedan llevarse con un poco más de ligereza. Esto, sin desestimar que es un tema altamente complejo y doloroso. 

—Usted recibió el cargo de alguien (Javier Cortegoso) que estuvo 7 años en el puesto y quien, seguramente, dejó su marca en esta Coordinación. ¿Qué marcas espera usted dejar? O dicho, de otra manera, ¿cuáles son sus dos prioridades principales en este importante cargo?

—Creo que lo más importante, y lo celebro, es que llevamos adelante la asamblea continental de la Red, si bien es el  inicio, fue una preocupación enorme en este primer mes como coordinadora a nivel de América Latina. Este fue un momento para repensar prioridades, tener un diálogo colectivo de todas esas obras, redes y aliados que hacen parte de este tejido. Nos dio ciertas claridades y líneas para saber por dónde podemos ir en un contexto como el que enfrentamos en este momento. Allí surgieron varios temas y ámbitos que a mí me interesan particularmente. Uno, que ya es un interés particular, es todo lo relacionado con justicia de género, cuidados y las violencias acentuadas que sufren las mujeres y niñas en la travesía migratoria y que, a veces, nos cuesta mucho hablarlo de manera explícita y directa. Entonces, todo lo que tiene que ver con justicia de género, cuidados y protección ante temas de violencia contra las mujeres y niñas es un tema central en mi caso, y también fue un tema que salió precisamente en esos grandes llamados de la Red Jesuita con Migrantes para este contexto. 

Un segundo elemento es cómo, en tiempos tan adversos y de tantas limitaciones a las obras de la Compañía de Jesús, a los aliados y aliadas en territorios, podemos sumar todas esas fuerzas para hacer más, aunque sea con menos. Menos en el sentido del declive de la posibilidad de gestionar recursos, de estas organizaciones o colectivos que ya funcionaban en diferentes territorios y que ahora ya no están. Esto ha impactado también en nuestras mismas obras, con caída, en términos de las posibilidades de mantener personal que está trabajando en territorios. 

Entonces, ¿cómo podemos también abrazarnos a nosotras y a nosotros mismos de manera compasiva ante un contexto que es cada vez más apabullante y más difícil, con capacidades de respuesta más limitadas? Yo creo que es vital la creatividad, cuidarnos entre nosotros y nosotras, y sumar alianzas en este camino. 

También es clave buscar cómo incorporar más en los procesos de la Red, la voz de las personas migrantes y refugiadas. No desde un modo que instrumentaliza, digamos, a las personas, y no se hace a veces con mala intención. Es un esfuerzo por tratar de evidenciar testimonios, luchas, vicisitudes de las personas, y eso lo necesitamos porque hace parte de los procesos de sensibilización. Pero también en la Red necesitamos que nuestras propuestas, nuestras orientaciones, que el camino que decidamos tomar también esté, de alguna manera, dialogado con quienes viven las experiencias. Y eso no es tan sencillo.

Entonces, claramente, uno de los procesos que queremos emprender es cómo lograr esa participación en los procesos de red, desde un modo que les permitamos que tengan las condiciones mínimas para ser parte de iniciativas colectivas, o bien, recuperar los esfuerzos comunitarios que ya existen de personas migrantes y refugiadas organizadas. 

Y, finalmente, decir que no podemos vernos como una isla, o sea, que el tema migratorio está implicado con todas las demás crisis y es un tema central también para la Compañía de Jesús pensar la ecología integral como un tema en donde no es una crisis de migración y económica, sino es una crisis compleja, multifactorial, y tenemos que pensar estos procesos y esas demandas en clave interconectada. 

Hay muchas cosas que pensar y hacer, pero este ejercicio de haber tenido el espacio colectivo hace unos meses, recién ingresada yo en el cargo, permite reconocer las diferentes voces territoriales, las demandas y cuáles pueden ser grandes llamados que estructuren la gestión para los próximos años.

—¿Qué acciones cree necesarias para visibilizar uno de los principales ejes que menciona y que ha sido secundario: la violencia contra las niñas y mujeres en la travesía migratoria?

—Nos hace falta hablar con todas las letras sobre el tema de violencia sexual. Incluso de la situación de niñas y niños, la situación de incesto, también vinculadas a esta forma de verse obligados a movilizarse en situaciones muy precarias. La falta de recursos también en el conocimiento, y de capacidades institucionales para responder y saber cómo abordar una situación o un caso tan doloroso. Lo que queremos y lo que hemos pensado en la Red, que es uno de los temas que vamos a tratar de darle como mayor forma de contenido en los próximos meses, es primero conocer las experiencias que, a lo largo de todo el continente, se están haciendo para reconocer casos, para saber cómo funciona la normativa en el país, qué tipo de acciones e iniciativas pueden tomar nuestras obras y redes, y qué no. y qué se ha hecho en diferentes circunstancias. 

Entonces, un tema es poner en común lo que ya se ha hecho, ver cómo se está haciendo y cuáles son los grandes vacíos o grietas en el tratamiento del tema de violencia contra las mujeres y las niñas, principalmente. 

El otro tema es cómo incorporar en la agenda de incidencia el tema de la protección efectiva de las mujeres en los diferentes tramos de la ruta migratoria y también cómo trabajar con nuestros colaboradores y colaboradoras en fortalecer sus capacidades para el abordaje en un tema tan complejo y que, a veces, queremos ocultar o negar. No porque no le demos importancia, sino porque también a las mujeres se nos ha enseñado a ocultar y a sentir vergüenza de temas altamente complejos como la violencia sexual. 

Ahora, como está la situación del contexto migratorio, escuché unos casos que me parecieron dolorosísimos. Las mujeres en la ruta migratoria, por ejemplo, anticipaban, que diferentes circunstancias de abuso se iban a dar en el trayecto, pero que, de alguna manera (y lo digo con un entrecomillado enorme), como que era «el costo alto» que había que pagar para tratar de sobrevivir y encontrar un nuevo camino en Estados Unidos. 

Pero ahora, con las deportaciones, con los rechazos en fronteras, con las devoluciones, es como que cae un balde de agua fría sobre ellas, de tener mucho más presente toda la experiencia traumática del trayecto migratorio y decir: «Dónde coloco todo eso si tampoco logré mi cometido, que era llegar a Estados Unidos, mandar dinero a mi familia y ahora llevo toda esta carga emocional».

Es necesario darle un lugar cada vez más visible y sentido al tema de violencia sexual, reconocer las capacidades institucionales que hay a lo largo de los territorios, todas esas grietas o necesidades de acompañamiento, apoyo a los equipos que también están muy heridos en este tipo de acompañamiento más directo a las personas. Sobre todo mujeres y niñas, y de qué manera manejar el trauma, ante circunstancias como la violencia sexual y el rechazo o la imposibilidad de ver cumplida esa gran expectativa o sueño.

Sin lugar a dudas, siempre va a ser un desafío el funcionamiento institucional en cada uno de los países, al no reconocer a las personas migrantes y a mujeres y niñas como sujetos de derecho, porque, quizá, no se consideran nacionales, algo que hemos visto constantemente en todos los países.

—Durante varios años usted ha conocido la dinámica migratoria, especialmente de Centroamérica. Con esa experiencia, ¿qué cree que pasará en el futuro inmediato o mediato, considerando lo que ha ocurrido con Donald Trump, y lo que falta de su gobierno?

—Quisiera poder decir algo menos pesimista de lo que creo. Pero, primero, un gran foco que estamos viendo es cómo dar un peso importante a los procesos de integración local en todos los tramos de la ruta migratoria. Es decir, hay muchas personas que están varadas o estancadas, o están en un tercer destino que no era el anticipado, por estas deportaciones que también, desde el inicio de la segunda administración de Trump, se empezaron a dar. 

Entonces, un primer elemento es que, aunque en América Latina seamos países con serias dificultades, hay que pensar en un tejido que permita acompañar a esas personas que han quedado varadas o que se les ha cerrado la posibilidad de continuar hacia el norte en las dinámicas locales de nuestros países, con receptividad, con reconocimiento de la interculturalidad, con apoyo y reconocimiento de las instituciones para procesos migratorios simplificados, etcétera. 

Un primer desafío es garantizar apoyos locales en toda América Latina para estas personas, que se han visto forzadas a salir de sus países. Unas 50 millones de personas en América Latina han dejado sus países, es el 16 % de la migración internacional a nivel mundial. Que puedan encontrar otros soportes y otra protección en diferentes lugares de nuestro continente, ante la situación tan adversa en Estados Unidos. 

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También hay muchos esfuerzos pequeños que tratan de ponerle rostro a la migración forzada. Lo que ha pasado en Estados Unidos, del asesinato de personas, activistas, incluso nacionales, lo que ha pasado en Minnesota, todo eso también puede activar otro tipo de conciencia entre la ciudadanía estadounidense. Sin embargo, también es claro, y no se puede negar, que está prevaleciendo en este momento el modelo autoritario, irracional y egocéntrico, esparciendo sus tentáculos en todo el mundo, ya ni siquiera en el continente americano. 

Habría que ver qué tanto pueden incidir favorablemente las iniciativas de otros sectores que adversan este modelo autoritario y totalmente arbitrario, para generar otro tipo de conciencia colectiva. 

Debemos ver si hay, ojalá, un resquebrajamiento del convencimiento que hay alrededor de las acciones que ha tomado Donald Trump, que siguen siendo erráticas y abusivas. Pero lo que podemos esperar, penosamente, es más represión, persecución, más miedo en Estados Unidos, donde también se ha activado la solidaridad local. La forma como el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas)  se ha convertido en un ente absolutamente perseguidor o represivo abruma mucho. 

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El escenario de temor, incertidumbre y arbitrariedades podría seguir su curso, siendo más evidente cada vez. Pero, como un contrapeso, ojalá surja esa nueva conciencia colectiva que reconozca en las personas migrantes, no las cifras, sino una humanidad totalmente herida. Eso es algo que puede generar un cambio y un contrapeso que incline la balanza hacia un lugar mejor. 

Y, finalmente, diría que es importante no perder de vista lo que pasa en los países de origen. Debemos entender qué está sucediendo en los países de origen, que siguen expulsando personas de manera tan abrumadora. 

—¿Cuáles son los principales desafíos que enfrenta la Red en su trabajo en el contexto que acaba de describir, especialmente, en cuanto a la protección de derechos humanos? 

—Los desafíos son enormes, pero un gran desafío es dónde poner la incidencia. Tenemos que construir una incidencia social que parta de los territorios; eso es algo de lo que estamos hablando mucho en la Red Jesuita con Migrantes. Cómo esas capacidades locales que vemos, grupos organizados de mujeres solidarias en Costa Rica con la migración que pasa en la selva del Darién, a Panamá y a Costa Rica, que se han movilizado de manera maravillosa para brindar respuesta humanitaria, por ejemplo. También deberían ser mujeres que tengan una voz presente en los diferentes espacios de toma de decisión política. 

Debemos pensar cómo devolverle a las comunidades, a los territorios, a los grupos organizados locales, ese protagonismo, en cuanto a incidencia política, para levantar luchas desde una mirada de  acompañamiento directo. Es un gran desafío repensar la incidencia política, la incidencia social y reconocer que hay una serie de actores haciendo miles de cosas maravillosas en los territorios que necesitan también reconocerse como sujetos y sujetas políticas, al lado de las personas migrantes y refugiadas.

El segundo punto es cómo la comunicación tiene que ser un gran aliado en este tema para recolocar otra narrativa sobre la migración. La migración tiene que ver con independencia. No solo como el tema más vertical de asistencia, de apoyo, de que son las personas que necesitan, pero que, a la vez, vienen a presionar los sistemas de nuestros países, esa es una narrativa compartida en muchísimas partes del continente. Hay que darle vuelta a eso. 

Hay que recolocar otras narrativas sobre lo que significa ser migrante, sobre de qué manera contribuyen y aportan a la dinámica local, incluso desde una mirada teológica. Qué significa la persona migrante, la acogida, la hospitalidad, la reconciliación; es decir, replantear nuevas narrativas para pensar la migración, porque si no tenemos otra mirada de la opinión pública, y de quienes generan opinión pública, es difícil colocar otras maneras de brindar soporte o repudiar las acciones que se están haciendo. 

Tenemos que recolocar narrativas diferenciadas y más humanizadas sobre lo que significa la obligación de emigrar en América Latina. 

—Con la llegada de Donald Trump al poder muchas organizaciones, que apoyan a la población migrante, sufrieron una reducción de fondos. ¿Qué dificultades enfrentan para realizar ese trabajo a partir del último año?

—Claro, ha impactado toda esta reconfiguración que surgió con el inicio de la administración Trump en enero de 2025 y el declive de la cooperación internacional o la reubicación de recursos. Todos los movimientos que se dieron en ese momento han tenido un impacto muy grande, no solo en las obras y en los aliados que forman parte de la Red Jesuita, sino en los fondos que también venían de las agencias de Naciones Unidas. 

Pero eso nos obligó a pensar en tres puntos muy importantes. Uno, que cada vez más, la Red Jesuita con Migrantes tiene que verse a la luz de la conformación de alianzas más sustantivas y sólidas con muchos sectores, de manera interseccional, con muchos grupos que están haciendo cosas valiosas en todo el continente. Vemos las alianzas como una oportunidad para tratar de sufrir menos los embates de este golpe económico. 

Lo segundo es la creatividad, no por precarizar las condiciones que ya tenemos, pero pensar de qué manera creativa podemos trabajar para hacerlo bien. Y también algo que es muy doloroso, y es que, en medio de tantas vulnerabilidades, hay que priorizar. 

Nos preguntamos qué podemos priorizar. Es decir, ¿hablábamos sobre las violencias contra las mujeres? ¿Hablamos, por ejemplo, sobre la situación de niños y niñas desescolarizados en toda la ruta migratoria? ¿O de qué hacer con la situación también de las personas adultas mayores? Es decir, en medio de tantas vulnerabilidades, también tenemos que ser capaces de tomar decisiones complejas para definir algunas prioridades en este momento. 

Y finalmente, debemos pensar cómo podemos acompañar el trabajo que ya se hace en los territorios para recomponer sus tejidos, para cuidar a los equipos que también están agotados, porque todo esto puede ser muy abrumador. 

—En ese sentido, ¿qué factores afectan especialmente a los niños, niñas y adolescentes migrantes?

—Quizá, en este momento, las dos preocupaciones principales que han surgido como Red, en nuestro rol de ser un equipo que acompaña en los territorios, están en el tema de abusos y violencia que puedan surgir en diferentes momentos de la ruta migratoria. Otro tema que nos preocupa es la exclusión escolar. Hay muchísimos otros escenarios de revisión y de posibilidad de intervención, pero esos dos particulares son vitales. Y también cuál podría ser la propuesta ante niños y niñas que están en una situación de mucha movilidad, de periodos muy cortos en ciertos lugares o de un arraigo muy complejo en los países donde, quizá, de los centros educativos no haya mucha apertura para hacer valer el derecho a la educación de los niños.

Lo que hemos reflexionado es cómo pensar un concepto que tenga más que ver como una escuela que se mueve, una escuela en movimiento, donde las redes de la Compañía de Jesús, que tienen más especialización y experiencia en el tema educativo, pueden converger.  También hemos pensado en cómo reconocer todas esas diversidades en cuanto a las situaciones de niñas y niños que migran. Es muy complejo, pero el tema de la falta de escolarización es quizás de los más sensibles que estamos viendo justo ahora. 

—¿Cuál es el papel de los gobiernos latinoamericanos en la protección de los derechos de los migrantes?

—Algo que, lógicamente, va muy en contra de quienes trabajamos en el tema migratorio es precisamente cómo estos nuevos modelos de figuras políticas que gobiernan nuestros países han usado el tema migratorio de forma negativa. Trump encabeza esa lista. 

Hay que reconocer que vivimos sistemas democráticos debilitados, con figuras emergentes, políticas autoritarias y de ultraderecha que han sabido capitalizar una mirada muy negativa de la migraciones y eso, lógicamente, tiene impacto en la demanda de respuestas por parte de la institucionalidad de los países para atender, desde un enfoque de derechos humanos, a las personas migrantes. Eso es algo tremendamente negativo.

Entonces, ¿cómo podemos demandar a los países un tratamiento a las personas migrantes, a los niños, niñas, a los que sean más vulnerables entre los vulnerables, si tenemos una institucionalidad cooptada por un enfoque antiinmigrante? Debemos pensar cómo recolocar esa legislación nacional e internacional que han suscrito nuestros países en materia de derechos humanos, más allá del origen o la nacionalidad de las personas.
Eso es algo que hacemos desde la incidencia, pero cómo hacerlo cuando el discurso antiinmigrante ha sido la gran bandera de estas figuras políticas que tienen tanto protagonismo y adeptos. 
Estamos cuesta arriba en este momento y, por eso, el tema de información, de sensibilización y de recolocación de narrativas sobre la migración, tiene que ser un camino ineludible ahora. 

—La migración hacia Estados Unidos se ha reducido; sin embargo, el retorno es una preocupación latente en países como Guatemala. ¿Cuál es o debería ser la respuesta del Estado de Guatemala para proteger y atender a las personas retornadas?

—Hay un tema que debemos tratar de superar y que afecta mucho a las personas migrantes en este contexto guatemalteco, o en otros, y es la idea del fracaso. El estigma, el juicio y el fracaso. Esto es algo evidente de manera muy individual. De pronto, yo había planeado ir y poder construir mi casita o tenía que huir de esta situación de riesgo de violencia que estaba en mi barrio, por ejemplo. Entonces, retornar, conlleva un gran prejuicio, un gran estigma del fracaso. Es importante recolocar narrativas de que el retorno no es una falta, ni una debilidad, ni algo que ha hecho mal la persona, sino que hay condiciones estructurales en el país expulsor. Debemos devolver la responsabilidad o colocar el señalamiento en esta estructura opresora, más que en una persona migrante.

Este es un primer elemento que yo he escuchado en diferentes contextos y no sólo en el guatemalteco. El segundo elemento es profundizar en la falta de oportunidades en los países y  comunidades de origen. Hablamos de la migración excluyendo una parte de la historia, que esas personas no debieron salir de manera forzada de sus territorios. Hay que hacer un señalamiento sobre las causas estructurales que obligaron a una persona a salir de allí. 

—Hablamos de cambios importantes recientes en las dinámicas de migración. ¿Cuál es el mayor riesgo al que se enfrentan los migrantes? 

—Yo diría que hay una gran evidencia de estancamiento en territorios que no eran el destino final y  eso tiene un impacto emocional, social y hasta económico para las personas que han quedado en diferentes tramos de la ruta migratoria. Es como una «vida suspendida», donde las personas no saben muy bien qué decisión y qué posibilidades tienen de completar el proyecto que tenían en medio de la movilidad forzada. Esa vida suspendida y estancada también impide cualquier posibilidad de mejora de las condiciones de vida. Este es un escenario muy presente. 

Ese es uno de los cambios en las dinámicas pero también los migrantes están cada vez más vulnerables. 

Por otro lado, están las políticas de rechazo, expulsión y de persecución en Estados Unidos, que están generando no solo más deportaciones, sino el miedo a las personas, la imposibilidad de acceder a Estados Unidos, la limitación en la reunificación familiar, la suspensión de programas de apoyo a personas refugiadas, en procesos de regularización o de permanencia regular. Esto, sin lugar a dudas, está impactando muchísimo entre las personas que no sólo están siendo deportadas o retornadas, o están abandonando la ilusión de ir a Estados Unidos, y eso significa también un impacto en la región latinoamericana. 

También se ha dado esta idea de que las personas venezolanas no necesitan protección internacional. Hay un manejo indebido de la protección internacional, hay un debilitamiento de los apoyos a los temas de protección internacional. Eso es muy delicado. 

Pareciera que la migración se está deteniendo, pero lo que no estamos viendo es que la migración va a seguir, sólo que los canales van a ser más complejos, más caros. Las redes de trata de tráfico, de crimen organizado se reconfiguran para que la situación siga dándose, pero las condiciones son más difíciles y más precarias. Entonces, si bien hay una disminución en cifras de esta migración de América Latina, no hay que tomarlo a la ligera. Lo que está sucediendo es que las redes se están reconfigurando y esto vuelve aún más vulnerables a las personas que siguen ese trayecto migratorio. 

Los migrantes siguen en peligro, están expuestos a grandes riesgos, secuestros, abusos, desapariciones, en rutas más complejas y más costosas. Es decir, todo cambia en perjuicio de la persona migrante. 

—¿Ve alguna luz de esperanza? 

—Claro. Hay algo transformador en lo colectivo. A mí, el tejido en red me llena de mucha esperanza porque, a través de esto, conocemos iniciativas diversas, creativas. Nos hace pensar que hay una conciencia despierta por tratar de modificar las cosas. 

Creo que ver la posibilidad de entendernos colectivamente, es esperanzador. En medio de volvernos creativos, valientes en momentos de tanta complejidad, de disminución de los fondos, de deterioro de las posibilidades de respuesta estatal, de cierre de organizaciones que tenían trayectoria, ha habido también evidencia de mucha creatividad y de mucho compromiso de muchos actores.

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Yo pongo la esperanza en el trabajo colaborativo en red, de imaginarnos más allá de esta mirada individualista. Este  momento histórico en el que estamos, nos lleva mucho a esas iniciativas individualistas, pero también emergen iniciativas colectivas. Debemos reconocer que ese montón de gestos, que parecen pequeños, son en realidad una montaña enorme de iniciativas de protección. Yo creo que ahí también podemos ponerlo. Todo esto no es fácil, pero lo que sí me alienta mucho es ver la empatía, la ternura y el amor que se ve en los territorios, en el acompañamiento directo a las personas más vulnerables.
 

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