Tres historias de cáncer y un medicamento que es dos veces más caro en Guatemala que en Europa
Tres historias de cáncer y un medicamento que es dos veces más caro en Guatemala que en Europa
Pembrolizumab, de nombre comercial Keytruda, es uno de los medicamentos contra el cáncer con mayor facturación en el mundo. Mientras la farmacéutica que lo fabrica, Merck & Co, obtiene ganancias millonarias, en países como Guatemala los pacientes pelean contra el sistema para adquirirlo o están en listas de espera, mientras oncólogos de hospitales nacionales «juegan a Dios» para decidir a quién suministrarle las pocas dosis a las que acceden y que podría salvarles la vida.
[Esta investigación es parte del proyecto The Cancer Calculus dirigido por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) que involucró a Plaza Pública y a periodistas de 30 países. Lee aquí los hallazgos de 100 periodistas, y encuentra aquí una síntesis con preguntas frecuentes]
«Mis amores, razón de mi existencia, no lloren,
les aseguro que me he ido feliz y en paz».
Así termina el poema que escribió en el año 2024 Francisca Violeta Sam Colop, pedagoga, educadora y poeta indígena K’iche’ que falleció un año después, en 2025, luego de una batalla contra el cáncer de piel. El diagnóstico era seis meses de vida pero llegó a 13 años más gracias, en buena parte, a la Keytruda, un medicamento con alta efectividad pero excesivamente caro debido a jugadas legales de su fabricante para mantener el monopolio de su producción.
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Ese poema fue un presagio de su muerte ―o más bien una despedida ante la certeza―, contaron sus hijas Violeta y Marina en febrero de 2026 durante una entrevista con Plaza Pública y el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) por sus siglas en inglés. Su historia es parte de la investigación global La Medicina del Millón (o The Cancer Calculus), realizada por más de 100 periodistas de 30 países, que se reunieron para profundizar en Keytruda, el medicamento que más factura en el mundo y las prácticas comerciales detrás de su venta y distribución.
La historia de Violeta y la Keytruda inicia con dos años de diferencia.
En 2012, Violeta fue diagnosticada con melanoma, Keytruda fue aprobada por la FDA en Estados Unidos (la oficina de Administración de Alimentos y Medicamentos) en 2014. Estuvo disponible en Guatemala hasta 2018 cuando el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) lo adquirió luego de que la Corte de Constitucionalidad (CC) lo forzara debido a que un paciente ganó un amparo.
En 2021 Violeta usó la estrategia de los amparos y recibió Keytruda por primera vez. Funcionó, su médico tratante vio una reducción de tumores. Esto pese a que el IGSS apeló el fallo alegando que ya tenía otro tratamiento para ella.
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El cáncer es un problema de salud pública en crecimiento, responsable por casi uno de seis muertes a nivel mundial. Según la investigación hecha por ICIJ las proyecciones indican un aumento de las tasas de cáncer especialmente en los países de bajos ingresos, donde Keytruda sigue siendo en gran medida inaccesible. Se prevé que el número de fallecimientos aumente un 75%, hasta alcanzar los 18.6 millones en 2050, y el coste de algunas terapias nuevas ya supera el millón de dólares por paciente.
Con ese contexto, vivir con o más allá de un diagnóstico de cáncer trae profundos costos, físicos, emocionales y financieros. Algunas pacientes están tan desesperados por Keytruda que acuden al mercado negro, y al igual que en Guatemala, en otros países se enfrentan obstáculos burocráticos y terminan demandando a las instituciones estatales para acceder a la droga, muchos de ellos no sobreviven para saber el fallo de las cortes.
Las dosis que llegan son pocas por el costo, lo que obliga a los médicos a «jugar a ser Dios» para decidir cómo administrarlas entre sus pacientes.
Según el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) actualmente atiende a 251,000 pacientes con cáncer de diferentes tipos, los tratamientos son distintos en cada caso, y quienes requieren Keytruda acceden al medicamento a través de amparos. Por su parte, el Hospital Roosevelt, uno de los más grandes del país, atiende a 15,760 pacientes, de los cuales 40 necesitan esa droga y están en lista de espera para recibirla, ya que hay un contrato activo y en proceso para que el Ministerio de Salud lo adquiera.
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Una poeta y una megaempresa
Violeta nació en 1960 en la aldea Xecam, en Quetzaltenango, rodeada de naturaleza, como describió en uno de sus poemas, «en casitas blancas pintadas de cal, con paredes de adobe y techo de reja», también de «milpas y árboles frutales», donde los niños antes de llegar a las escuelas «ya habían atravesado una faena, ya habían trabajado con sus padres ayudando a la producción de maíz, frijol y miel».
Desde muy joven tuvo que abandonar su comunidad debido a los peligros que acechaban por el Conflicto Armado Interno que atravesó Guatemala entre 1960 y 1996. En su adolescencia y para alejarla de la guerra, su familia la envió a un internado católico en Antigua Guatemala. Fue allí donde conoció a un cura que la invitó a ella y a otras adolescentes del internado a viajar por primera vez fuera del país y mudarse a Francia durante dos años, cuando apenas tenía 15 años. En ese entonces también soñaba con seguir estudiando y convertirse en médica.
«Ella estaba decidida a ser monja, pero en eso entró una llamada de mi abuela a distancia y le dijo que la extrañaba, que regresara un rato», contó su hija. Volvió y no fue «un rato» pues conoció a Everardo, un joven indígena q'eqchi que se convirtió en su esposo y padre de sus hijos.
El cáncer es un fantasma recurrente en su familia, Violeta vio cómo parientes eran consumidos uno a uno. «Se ve en la línea genética de mi mamá», contó una de sus hijas en la entrevista. Una de sus hermanas falleció a los 23 años por un cáncer en el colon, a los dos años murió su mamá por cáncer de estómago, un año después su abuela, y luego una prima. Todo pasó en la misma época, cuando Violeta madre cambiaba sus sueños de ser monja y doctora por convertirse en madre, educadora y poeta.
El miedo los acechó desde entonces. «No queríamos tener más hijos justamente por ese antecedente familiar de ella», relató su esposo Everardo. Ya tenían dos, cuando, diez años después se «coló» Violeta hija. Sería ella quien continuaría su sueño de convertirse en médica, un proceso que llevó a descubrir lo que pasaba dentro de propio cuerpo.
Como una pequeña pista sobre la piel, un día Violeta se vio en una parte del talón derecho una pequeña mancha que parecía tierra pegada a la planta del pie. Pensó que era un nuevo lunar.
Meses después, la madre acompañaba a la hija a comprar los libros para el primer año de universidad en la facultad de medicina. Ojeando, la hija encontró un libro de dermatología que justo tenía en las primeras hojas una imagen de un melanoma.
«Mamá, esto se parece a lo que tú tienes en el pie», le dijo alarmada. Al día siguiente, fueron al dermatólogo. El resultado llegó en 15 días. La madre quiso ocultar esas hojas, la hija adolescente las encontró, el papel decía «es una neoplasia (un tumor)».
«Yo sabía un poquito, pinceladas, sabía que eso significa un crecimiento anormal de células, un cáncer». Ese día llamó a toda su familia y reunidos dijeron «vamos a luchar».
Cuando Violeta recibió el diagnóstico solo le dieron seis meses de vida. Sobrevivió 13 años, tiempo en el que viajó por el mundo, escribió libros, escaló en su carrera profesional y en la práctica de su espiritualidad maya, mientras atravesó por más de 30 procedimientos médicos para luchar contra la enfermedad. Violeta pasó por quimioterapias hasta cirugías para remover tumores, al tiempo en que buscaba opciones de tratamientos nuevos y se plantó ante la CC para exigir que el IGSS garantizara su derecho a acceder a servicios de salud pública.
Luego de quimioterapias agresivas, en 2018 llegó la opción de recibir inmunoterapia con un medicamento novedoso, Pembrolizumab (Keytruda), que empezaba a hacerse famoso entre los pacientes por su efectividad y pocos efectos secundarios. El problema principal era poder acceder a las dosis, ya que el tratamiento completo que dura dos años puede costar millones y el sistema de salud de Guatemala no lo ofrece porque ni el IGSS ni el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social (MSPAS) lo tiene incluido en el Listado Básico de Medicamentos.
La única manera de obtenerlo sería iniciando una batalla legal contra el IGSS o quedar en una lista de espera en un hospital nacional.
El caso de Violeta es similar al de miles de pacientes en todo el mundo —especialmente en países en vías de desarrollo— que se han visto obligados a librar arduas batallas burocráticas con aseguradoras públicas y privadas para acceder a Keytruda, cuyo costo puede oscilar entre los 29,000 dólares en Indonesia, los 130,000 dólares en Colombia y los 208,000 dólares en Estados Unidos por un año de tratamiento, según la investigación realizada por ICIJ y los medios aliados a este proyecto.
En Guatemala la única distribuidora es J.I. Cohen, Sociedad Anónima y sus empresas asociadas, un conglomerado farmacéutico que ha sido señalado en diferentes casos de corrupción, entre ellos por supuesto financiamiento electoral ilícito al Partido Patriota a cambio de recibir contratos una vez llegaran al gobierno, o el proceso conocido como Negociantes de Salud, por amañar contratos en el IGSS.
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Esta empresa vende las dosis de Keytruda por 43,500 quetzales los 100 mg (5,800 dólares), y según oncólogos del MSPAS el tratamiento es de 35 dosis (cada una de 200mg), lo que equivale a 3 millones 45 mil por paciente (398,487 dólares). Todas estas compras se hacen de forma directa a J.I Cohen, que ha ganado solo en el Ministerio de Salud, 15 millones 335 mil quetzales entre 2020 y 2025, a través de 130 contratos.
Plaza Pública envió una lista de preguntas a la empresa J.I. Cohen y al momento de recibirlas se incluirán en este reportaje.
En una carta de respuesta a las preguntas de ICIJ, la empresa Merck se refirió al caso de Guatemala y las batallas judiciales que los pacientes emprenden para acceder a Keytruda:
«No apoyamos, promovemos ni participamos en actividades que fomenten demandas legales. Si bien las demandas legales constituyen una vía administrativa legítima para que algunos pacientes accedan a medicamentos, consideramos que no son un enfoque sostenible, ya que pueden representar un uso ineficiente de los presupuestos gubernamentales y no garantizan un acceso oportuno, predecible y amplio para los pacientes», dijo Johanna Herrmann, vicepresidenta y jefa de comunicaciones de Merck.
La desigualdad mundial salta a la luz al comparar que por ejemplo, en Alemania un año de tratamiento cuesta unos 80,000 dólares, mientras que en Guatemala el precio llega casi a los 100,000 dólares por paciente, algo impagable en una sociedad donde el salario mínimo es de 556 dólares (4,252 quetzales).
En el sistema de salud público, el medicamento está disponible en el IGSS para quienes pueden costear el trámite de un amparo, y en tres hospitales nacionales: Roosevelt, San Juan de Dios y el Regional de Quetzaltenango.
El proyecto La Medicina del Millón o The Cancer Calculus revela que, en los países en desarrollo, este medicamento rara vez figura en las listas nacionales de medicamentos esenciales que los gobiernos utilizan para determinar qué deben cubrir las aseguradoras públicas y privadas. En consecuencia, en algunos países de ingresos bajos y medios, las aseguradoras evitan cubrir el medicamento a menos que un tribunal o un organismo regulador las obligue a hacerlo. Con frecuencia hay pacientes con cáncer que han fallecido mientras esperaban que los sistemas de salud cumplieran con las decisiones judiciales. Otros han pagado miles de dólares de su propio bolsillo antes de que sus aseguradoras acataran las órdenes judiciales o de los organismos reguladores.
En el caso de Guatemala, un análisis de datos hecho por ICIJ revela que la Corte de Constitucionalidad (CC) recibió 96 amparos relacionados a Keytruda entre diciembre de 2022 y febrero de 2026, todos fueron a favor del paciente excepto por uno, a quien rechazaron.
En respuesta a una consulta hecha para esta investigación, el IGSS respondió que ha destinado 1,703 millones de quetzales para la adquisición de medicamentos de alto costo para brindar terapias especializadas (incluida la Keytruda) y que solo en 2025 atendió a más de 251,000 pacientes con cáncer.
Ni el IGSS ni el Ministerio de Salud accedieron a la petición de entrevista de Plaza Pública, ni respondieron vía acceso a la información pública ni en solicitudes de entrevista si existieron negociaciones con JI Cohen o Merck para definir el precio de Keytruda en Guatemala.
La doctora Claudia Camel, de la dirección de Atención Integral de Cáncer del MSPAS, dijo a Plaza Pública que Keytruda no está en el Listado Básico de Medicamentos porque «antes se tiene que regular y evaluar cuáles son las cualidades, ya que hay alternativas que tienen un menor costo y pueden tener mejores resultados».
La casa en donde Violeta murió fue la misma en la que se realizó la entrevista y aunque ella ya no estaba, su presencia se sentía en los retratos fotográficos, en pinturas en alusión a sus poemas, en la oficina y mesa para escribir, donde entre sus libros curiosamente había una enciclopedia médica de la marca Merck & Co, la empresa que años después fabricaría uno de los medicamentos con mayores ventas en el mundo para el tratamiento de la enfermedad que la aquejó en la última etapa de su vida.
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Las tácticas para mantener el precio hasta arriba
La investigación de ICIJ para este proyecto revela cómo Merck, una de las mayores farmacéuticas del mundo, empleó diversas tácticas para inflar el volumen de las prescripciones del medicamento y mantener el precio elevado mediante cabildeos para evitar que versiones más económicas del medicamento llegaran a cientos de miles de pacientes con cáncer.
Esto mientras los gobiernos de todo el mundo gastan cantidades cada vez mayores en Keytruda, y los altos precios presionan los presupuestos gubernamentales. Incluso en países ricos.
La investigación de ICIJ explora cómo Merck, conocida como MSD fuera de EE. UU. y Canadá, empleó tácticas agresivas pero legales para aumentar sus ingresos por Keytruda y convertirlo en uno de los medicamentos más vendidos de la historia a costa de algunos pacientes. Entre los hallazgos de ICIJ se encuentra que Merck creó un sistema de patentes para crear un monopolio en torno a esta droga, con al menos 1,212 solicitudes de patente en 53 países, regiones y territorios. Este flujo de patentes derivadas podría ayudar a Merck a sofocar la competencia y mantener precios elevados y miles de millones de dólares en ingresos durante 14 años después de que expiren sus patentes originales en 2028.
Para esto, ICIJ revela que el gigante farmacéutico se aprovecha de atajos regulatorios de la industria y de una costosa campaña de cabildeo global, y opera con una flagrante falta de transparencia en sus precios. Para eso ha distribuido decenas de millones de dólares en EE. UU. en concepto de honorarios de consultoría, gastos de viaje y otros pagos relacionados con Keytruda a médicos y profesionales de la salud. Todas estas estrategias generan ingresos para Merck, con aproximadamente el 60 % de sus ventas en EE. UU.
El análisis del ICIJ muestra que Merck ha generado alrededor de 163,000 millones de dólares en ventas de Keytruda desde 2014, llegando a más de 3 millones de personas.
Este sistema plantea grandes interrogantes sobre cómo las prácticas de Merck afectan al bienestar colectivo.
Cuando surgió, Keytruda revolucionó el tratamiento del cáncer. Dentro de una clase de fármacos de inmunoterapia llamados inhibidores de puntos de control inmunitarios, el medicamento cambió el enfoque pasando de atacar directamente los tumores a potenciar el sistema inmunitario para combatirlos.
En una entrevista con Plaza Pública, el oncólogo guatemalteco Eduardo Gharzouzi explicó cómo funcionan las inmunoterapias sobre el cuerpo.
«El cáncer es tan hijo de su madre que logra babosearse al sistema inmune, como si se pusiera una máscara, entonces pasan los linfocitos, las células de frente que nos ayudan a defendernos, y no lo reconocen como malo. La inmunoterapia lo que hace es quitar esa máscara, y entonces ataca a esas células que ya sabe que son malas o que son malignas y las elimina».
En EE. UU. el Pembrolizumab está aprobado para tratar 19 tipos de cáncer, en Guatemala está indicado para melanoma avanzado, cáncer de pulmón no microcítico metastásico, linfoma de Hodgkin y carcinoma urotelial localmente avanzado.
El medicamento se ha convertido en salvación para millones de personas, transformando formas de cáncer avanzado que antes eran terminales en enfermedades controlables y aumentando las tasas de supervivencia para quienes padecen variantes difíciles de tratar, a veces durante meses, a veces durante años.
«La experiencia del paciente también es buena cuando logra recibirlo, pero desafortunadamente el costo es una limitante espantosa, pero también hay mucha mala interpretación porque ahora se cree que te recetan una droga que es milagrosa pero no es así», señaló el doctor Gharzouzi.
Un artesano, el elegido
Alberto Xum es un artesano de 64 años que vive en Samayac, Suchitepéquez. Toda su vida la dedicó a elaborar pequeños objetos de cuero que se venden como recuerdos o souvenirs, como sillas de montar a caballo o sombreros de vaqueros. Su trabajo fue informal, por lo que nunca estuvo afiliado al IGSS. En 2022 orinó sangre. Alarmado fue al médico y luego de varios estudios y una operación, fue diagnosticado con cáncer de riñón metastásico.
Alberto acudió al Hospital Regional de Quetzaltenango, donde lo recibió el doctor Julio Ramírez Velásquez, el jefe de la Unidad de Oncología, un departamento dentro del hospital que en nombre suena grande, pero que en realidad solo ocupa una pequeña habitación. Alberto inició un tratamiento que consistía en tomar pastillas que le costaban 15,000 quetzales la dosis, algo que solo pudo pagar una vez.
«Yo me entregué a Dios y le dije al doctor que con todo respeto, hasta aquí llegaba porque no podía pagarlo», relató.
Para gran fortuna de Alberto, el doctor Ramírez estaba a punto de recibir la autorización del Ministerio de Salud para uno de los primeros tratamientos con Keytruda en su hospital. Xum fue el elegido. Sin pagar un centavo, el 19 de enero de 2023 recibió la primera dosis del medicamento y, según contó, con la tercera dosis la metástasis «ya casi no estaba».
Durante los dos años siguientes, cada tres semanas, el artesano viajó en autobús durante dos horas y media desde hasta el hospital público de Quetzaltenango para recibir la infusión. Su doctor le contó que él era el único que recibía este medicamento tan caro en el área de cobertura del hospital (el occidente y la costa sur de Guatemala), y cuando se lo describió a su familia no le creían, «¿por qué tanto dinero para él?» le preguntaban.
Sus ojos se llenan de lágrimas cuando habla de eso. «Dios actuó a través del doctor», dijo. Alberto se ve lleno de energía, no perdió pelo ni peso, y es un hombre activo en la iglesia evangélica de su comunidad. Al momento de esta entrevista todavía tenía dos dosis pendientes y aunque su diagnóstico era de mejoría, no tenía garantías de una cura total y estaba ansioso por saber qué pasaría con su salud al terminar el tratamiento. Aunque no sabe los detalles, conoce que su médico libra una batalla con el sistema para tener acceso a más dosis del medicamento para sus otros pacientes.
En el hospital regional de Quetzaltenango, el doctor Ramírez se mueve con una sonrisa y con el tiempo apretado entre tantos pacientes que debe atender. En esa pequeña habitación del hospital donde funciona el área de oncología hay casi una docena de señoras mayores de edad recibiendo transfusiones o esperando su turno. Allí salta a la vista una manta vinílica blanca que instaló para que los pacientes escriban mensajes motivacionales para ellos mismos o para los demás. También colocó una pequeña campana para que los pacientes que superen el cáncer la toquen como símbolo del largo camino que recorrieron.
Cuando no está atendiendo a los casi 40 pacientes por semana, se dedica a escribir cartas para las autoridades del hospital y el Ministerio de Salud donde pide los medicamentos que necesita ellos. Esa lucha burocrática casi siempre pasa desapercibida entre las limitaciones presupuestarias del sistema de salud y ha hecho que en momentos deba decidir a quién le aplica o no las pocas dosis que recibe.
«Mire, no me quejo», dijo. «Tengo la oportunidad de administrar [Keytruda] al menos a dos o tres pacientes aquí en el hospital, un aumento con respecto a lo que había podido ofrecer anteriormente. Mi sueño sería poder darles a todos mis pacientes las recetas que necesitan sin tener que hacer malabarismos para decidir quién las recibe y quién no», dijo en entrevista.
Cuando se le preguntó qué hace cuando tiene que decidir respondió:
«¿Qué me queda, jugar a ser Dios?», y añadió que, entre las limitaciones de presupuesto, debe administrar los pocos recursos que tiene a los primeros pacientes que vayan llegando. Esto sin dejar su pelea burocrática para que el Ministerio de Salud le envíe más medicinas para sus pacientes.
El Hospital Roosevelt, uno de los dos más grandes del país ubicados en la capital, con un equipo de 40 personas, entre médicos especializados, psicólogos y nutricionistas, atienden a 15,760 pacientes de cáncer. A30 de ellos se les recetó Keytruda y están en lista de espera porque el centro no cuenta el medicamento.
Johanna Samayoa, directora del Hospital Roosevelt, cuenta que la compra de Keytuda se hace de forma directa pero que actualmente está en marcha un proceso en Guatecompras para adquirir 40 dosis por 4 millones de quetzales. Además, aseguró que el próximo 16 de abril ingresarán a trabajar al área de oncología del hospital 110 personas más, entre médicos, nutricionistas y psicólogos.
Durante tres meses Plaza Pública buscó una entrevista con las altas autoridades del MSPAS para entender la forma en la que se fijó el precio de una dosis de 100 mg de Keytuda y conocer los planes para los pacientes que requieren medicamentos de alto costo. Sin embargo, no hubo una respuesta a la solicitud hasta unos días antes del cierre de este reportaje, en el que se habló con la doctora Samayoa que explicó la dinámica dentro de su hospital y la doctora Camel, de la Dirección de Atención al cáncer, que dijo que no tenía información relacionada a los costos del mismo.
Esto contrasta con los objetivos del gobierno del presidente Bernardo Arévalo, que tiene como un eje central la atención de esta enfermedad y que logró que el Congreso aprobara una ley para fortalecer las respuestas del estado frente a esta crisis de salud pública.
A mediados de febrero, el MSPAS anunció el inicio de la construcción del Hospital Especializado contra el Cáncer, que será creado y equipado con financiamiento de Taiwán. No se conocen las estrategias del Ministerio ni del gobierno para lidiar contra los altos precios de los tratamientos que fijan las farmacéuticas ni cuál será la estrategia para garantizar a los pacientes el acceso a medicamentos novedosos, como se clasifica a Keytruda u otro tipo de inmunoterapias.
Un sistema en contra de la población
La historia de Mauricio Chaulón, historiador y profesor universitario, comparte las emociones y sentimientos con las dos anteriores. Fue diagnosticado con cáncer hace una década y para acceder al tratamiento con Keytruda también presentó un amparo. Solo una vez no lo recibió porque el IGSS se quedó sin abastecimiento. Desesperado pidió en su trabajo acceder a una parte de su indemnización y viajó a México a comprar el medicamento.
Debido a su formación académica, en medio de este proceso Chaulón se plantea preguntas sobre cómo quedan los pacientes frente a la desigualdad que generan las prácticas farmacéuticas.
«En un curso de sociología que imparto a nivel universitario el año pasado, les decía (a sus estudiantes), que es paradójico que se habla de los grandes avances en la medicina, y lo sacan como una gran noticia, que se descubrió tal medicamento y tales avances para el cáncer, y uno pensaría, bueno, entonces todos vamos a ser beneficiados, pero no es así. La realidad nos muestra que no», dijo mientras se apresuraba para regresar a impartir clases.
La realidad y lucha de cada persona es parecida y particular al mismo tiempo.
El ICIJ encontró que desde que Keytruda salió al mercado, hay 632 casos en los que pacientes de 51 países recurrieron a GoFundMe y otros sitios de financiación colectiva para recaudar dinero para tratamientos con Keytruda.
En el caso de Violeta, la educadora y poeta K’iche’ que falleció en 2025, su familia vendió carros, juntó sus sueldos y hasta vendió un terreno que ella heredó para juntar el dinero. Lograron conservar su casa luego de su deceso. Allí leyeron durante la entrevista el poema donde su madre les anunció su partida.
«Hijos míos, razón de mi existencia,
gracias por todos los momentos vividos,
gracias por haberle dado sentido a mi vida terrenal»
Alberto, el artesano de Samayac, termina la entrevista donde contó su caso con una sonrisa y con entusiasmo, dice que nunca se sintió tan enfermo porque se entregó a Dios. Hace un recorrido para mostrar el gran terreno de la iglesia a la que asiste, donde ese día hay miles de personas por una actividad anual. Se le pregunta si ya dio su testimonio a los miembros de la congregación. Responde tímido que no, que no ha tenido la oportunidad y teme que no le crean lo que él considera es un milagro.
Una decena de hombres líderes de la iglesia está sentados en el púlpito mientras uno imparte la prédica, es un espacio que él no tiene. Contradictoriamente, ese día es el único que camina frente a los fieles seguido por dos periodistas y una fotógrafa que documentan su milagro y cómo sobrevivió gracias a un medicamento que hace todo lo posible por ser inaccesible.







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