Ir

La aventura de leer en colectivo

Tampoco me gusta el fútbol o la televisión, por lo tanto, no tengo una actitud evangelizadora respecto de la lectura.
Estoy convencida de que se ganan lectores con una actitud abierta y propositiva, modelando y motivando desde la alegría y el placer que nos provoca leer historias.
Tipo de Nota: 
Ensayo
Palabras clave

La aventura de leer en colectivo

Autores
Historia completa Temas clave

Es abril y me puse a pensar en lectores y libreros, en amantes de los libros. Así llegué a la figura, siempre risueña, de Mirna Morales de Gutiérrez. Una mujer recordada por decenas de personas que coincidieron, a lo largo de 43 años, con su etapa docente, la que se desarrolló en varios colegios de la capital; y por otras decenas más, con quienes ha compartido libros e historias a lo largo de los ocho clubes de lectura que ha dirigido durante su vida. Entonces, la busqué y quise que me hablara de la relación vital que mantiene con el acto de leer y compartir lo leído. Así lo cuenta Mirna.

Todo empezó con Barbuchín

Mi encuentro con los libros, diría yo, fue amor a primera vista, porque desde que aprendí a descifrar las letras, los rótulos, los títulos de todo, la posología de las medicinas que había en mi casa, los almanaques, las revistas, en fin, nada se libraba de mi pasión por descifrar lo que me decían las letras por todos lados. Luego, en el colegio leía los libros de texto desde principio de año, sobre todo, los de Comunicación, Ciencias Naturales e Historia. Y, para cuando nos tocaba ese tema, yo ya lo había leído. 

Cuando mi mamá descubrió que realmente me gustaba leerlo todo, empezó a comprarme libros de cuentos, y entonces descubrí las antologías de la casa de mi tía y de una de mis vecinas. Así fue como llegué a los clásicos de esas colecciones, y de ahí en adelante es historia. Me convertí en lectora sin buscarlo ni saber lo que esto era o significaba. Realmente, disfrutaba leer historias. Vivía en un mundo de adultos, y tampoco existía la televisión, así que leer fue, para mí, viajar, conocer, descubrir otros mundos.  

El primer libro del que tengo conciencia fue Barbuchín, mi libro de lectura de 2º. Grado. Lo leí un montón de veces, y también se lo leía a mi hermano. 

La vocación de enseñar

Estudié magisterio primario, y me quedé trabajando en el colegio de donde me gradué como maestra de 4º. Grado. Cuatro años después llegué al colegio Julio Verne como profesora de español y sociales de 1º y 2º grados. Poco a poco fui subiendo y, de repente, estaba en secundaria, sin ser profesora de secundaria. Eso me asustaba, porque pensaba que no daba la talla, pues había llegado ahí, porque era lectora, responsable y dedicada, en palabras de mi jefe, no mías. Y fue entonces que decidí estudiar un profesorado en Lengua, Literatura y Ciencias Sociales. Más adelante, fue la Licenciatura en enseñanza de lenguaje y literatura, y llegué a bachillerato. Estudié también una licenciatura en Psicopedagogía y una maestría en Neuroaprendizaje. 

Trabajé en la secundaria del Liceo Javier y del Colegio Belga. Fui coordinadora de la biblioteca y de Comunicación en el Belga, y también  en el colegio Metropolitano. En el Julio Verne, por otro lado, tuve una larga carrera que empezó como maestra de primaria, secundaria, bachillerato, y como directora técnica. 

A lo largo de 48 años de docencia, trabajé en cuatro establecimientos privados, en los que encontré apoyo, conocimiento, experiencia y amigos. Los tres últimos tienen sus particularidades, sin embargo, en los tres vi un genuino interés por la calidad educativa. Creo que, si la educación pública contara con la disciplina y responsabilidad de los directores, coordinadores y maestros de los establecimientos privados, tendríamos un alto nivel educativo. 

Pausa y reinicio

Siempre afirmé que me retiraría al cumplir sesenta años, y cuando llegó el día, cambié de opinión. Me costó mucho tomar la decisión de jubilarme, me asustaba la idea de quedarme en casa y aburrirme. Nunca tuve el sueño de Susanita, no estuvo en mis planes ser ama de casa, así que lo medité mucho. 

Ya para entonces tenía un club de lectura, y pensaba que, al menos, había algo qué hacer. Poco a poco fui perfilando mis planes y para cuando tomé la decisión sabía que iba a seguir trabajando en la universidad, en la promoción de la lectura y en las redes sociales compartiendo la idea de que la jubilación era una etapa feliz, porque había conocimiento, experiencia y mucha energía para seguir aportando a la sociedad. Así que me jubilé en el 2020, después de 43 años de vida laboral y 62 años de edad. Hoy, a los 67 años sigo con un par de clases en la universidad, seis clubes de lectura, y dando talleres y charlas sobre los libros y la lectura. 

Una comunidad alrededor de los libros

Siempre me gustó prestarles las novelas que leía a mis compañeras de trabajo, que eran lectoras, para luego compartir impresiones. Me encantaba hablar de las historias que leía, contárselas a mis parientes y amigos lectores, reunirme con ellos para hablar de esos relatos. No me conformaba con haberlos disfrutado yo. Y, entonces, Marilyn Pennington me propuso que abriera un club en Sophos. La primera vez no me animé, porque pensaba que no tenía idea de cómo organizarlo. La segunda fue para cubrir a alguien, no me gustó la experiencia, así que la tercera fue la vencida, porque me convencí de que podía hacerlo, si yo ponía las reglas y elegía los libros. Leer en grupo se convirtió en una experiencia enriquecedora, porque es escuchar lo que los otros tienen que decir del mismo trayecto lector. Es descubrir otras formas de ver y percibir el mundo. 

[frasepzp1]

Presento al libro y al autor un mes antes. Comparto con el grupo mis impresiones y por qué elegí el libro. A lo largo del mes, les envío entrevistas, videos o comentarios sobre el libro y el autor. Un mes después nos reunimos para hablar del libro. Introduzco al autor o autora, hablo de la importancia del libro en el ámbito literario, de algunos elementos narrativos o sobre la estructura narrativa. Todos participan, comparten sus experiencias y preguntan si algo no está claro en la historia. Yo solo dirijo el diálogo. Al final, sintetizo las conclusiones y cierro la sesión. No es una clase de literatura, es hablar del relato desde la experiencia lectora. Sobre el argumento, los personajes, el tema, la vigencia en el tiempo, el dilema ético (si lo hubiera), etc. En cada club se lee un libro mensual. 

A lo largo de los años he dirigido ocho clubes de lectura. Actualmente, modero cinco: uno en la URL, tres en Sophos y uno en La Teca. Además de que participo en uno como lectora. No tengo idea de cuántas personas suman el total de lectores que he acompañado a lo largo del tiempo. Solo en la actualidad son, más o menos, noventa y tres personas las que están en mis clubes. En el club de Banrural eran cincuenta, lo moderé durante tres años, pero el proyecto se terminó.  

El autorretrato de una lectora

Soy una lectora voraz, pero con gustos muy diversos. Leo poesía, ensayo, novela o cuento, según mi estado de ánimo, el momento de mi vida o las circunstancias laborales. Cuando descubro un autor o autora que me gusta, suelo querer leer toda su obra. Sin embargo, he descubierto en el camino que no es una buena decisión, porque he sufrido desengaños.

Desde siempre he tenido predilección por la literatura escrita por mujeres. No es una cuestión de género ni de calidad literaria, simplemente encuentro en esas voces una cercanía natural. Hace unos treinta años advertí que, aun sin ser plenamente consciente, elegía con frecuencia ese camino.

Como profesora de literatura, y ahora como moderadora de clubes de lectura, una meta personal ha sido que los libros que propongo me conmuevan, me inviten a la reflexión, me provoquen o me interpelen. Sé que es una elección subjetiva, pero, ¿cómo puedo hablar de una historia que no me provoca? Asumo este compromiso con seriedad, aunque reconozco que, en algunas ocasiones, las historias propuestas no han sido gratas para todos. 

Me gustan las historias bien contadas. Disfruto todos los géneros, una vez estén bien narradas y me las crea, porque ese es el secreto de la ficción, creo yo, convencerme de que lo que me están relatando es cierto. No importa si es novela histórica o distópica. Disfruto tanto una historia decimonónica: lineal/cronológica, descriptiva y lenta, como una contemporánea con rupturas o digresiones. Me encantan esas historias que se quedan conmigo durante varios días, que me invitan a reflexionar, me cuestionan o me interpelan. No me gustan las historias predecibles o de poca sustancia. 

Desde siempre he leído más de un libro al mismo tiempo. Cuando me canso, me cambio de libro. Así que sí puedo hacerlo, aunque ahora lo hago con más disciplina y horario. Soy de las que subrayo los libros, pongo post it, dibujo símbolos y hago anotaciones. 

Biblioteca y credo personal

Los libros que me han marcado a lo largo de la vida son muchos, pero si me tengo que quedar solo con tres, serían: Cien años de soledad, la Odisea y El señor Presidente.

Los libros que llevé en los clubes de lectura de abril fueron El Invencible verano de Liliana (Cristina Rivera Garza); La vegetariana (Han Kang); La vida mentirosa de los adultos (Elena Ferrante) y Mujeres en la alborada (Yolanda Colom). Ahora, en el que participo como lectora, estamos leyendo Mujeres que corren con los lobos (Clarissa Pinkola)

Una de las novelas que más me conmovió recientemente fue La vegetariana, de Han Kang. No fue el premio ni su repentina popularidad lo que me llevó a ella, sino nuestras similitudes culturales. Después de su lectura, reflexioné acerca de su estructura, sus símbolos, en fin… Sin embargo, por lo que se quedó conmigo fue porque para nosotras, las mujeres, cualquier elección que nos conduzca por rutas diferentes a las establecidas suele ser motivo de crítica, incluso entre nosotras mismas. 

[frasepzp2]

Este relato es, para mí, una oda a la resistencia silenciosa: al derecho a elegir, a expresarse y, sobre todo, a ejercer el control de la propia vida. También evidencia cómo esas decisiones son cuestionadas cuando se rompen las reglas, la tradición o los ritos sociales. Al principio, la protagonista sigue la ruta impuesta por su entorno familiar y social. Sin embargo, ante la imposibilidad de expresarse y decidir quién quiere ser, su espíritu empieza a apagarse lentamente hasta optar por el silencio y la autodestrucción como forma de resistencia. A la luz de este relato, me detuve a reflexionar sobre mi propia existencia, sobre las decisiones que tomé por el «deber ser», por «lo que se espera», y también acerca de aquellas que elegí porque así lo quise. Y, la verdad, estas últimas son las que más satisfacción me provocan. 

Pero, la lista sigue, y ahora vienen: El asesino ciego (Margaret Atwood); El corazón es un cazador solitario (Carson McCullers); Americanah (Chimananda Vgozi Adichie) y La conversa (Olga Villalta).

A veces me preguntan qué le diría a una persona que piensa que no le gusta la lectura, entonces recuerdo que a mí no me gusta correr o nadar, a pesar de que sé y está probado científicamente que da salud y calidad de vida. Tampoco me gusta el fútbol o la televisión, por lo tanto, no tengo una actitud evangelizadora respecto de la lectura. 

Como maestra o coordinadora de Comunicación y de Literatura la tuve, porque era parte de mi trabajo motivar la lectura. Sin embargo, cada uno llega o no a ella por el modelaje de sus padres, sus amigos o un profesor. Antes, las personas tampoco leían y ninguno las perseguía. En mi clase éramos dos o tres las lectoras, así que no soy de dar consejos al respecto. Creo que se gana más con el ejemplo que con las palabras. Esa es la razón por la que trabajo en la promoción de la lectura. 

Estoy convencida de que se ganan lectores con una actitud abierta y propositiva, modelando y motivando desde la alegría y el placer que nos provoca leer historias.

Autor
Autor