En otro febrero más cercano, el del año 2024, se unió a esta conmemoración de la dignidad, y contra el olvido, el Centro Intercultural de Quetzaltenango, con la apertura del Museo de la Memoria en las instalaciones en donde, durante los años de la represión, funcionó la Brigada Militar Manuel Lisandro Barillas, Zona Militar 17-15. Un edificio que, desde el año 2004, cuando fue entregado a la Sociedad Civil, pronto se fue convirtiendo en un espacio que, cada cierto tiempo, sacaba sus bocinas con reguetón a la calle para vender, en ferias ocasionales, muebles, artículos colombianos o zapatos. Cuando no era la sede de partidos de futbol o conciertos de independencia.
Así, bajo una cotidianidad comercial, iba quedando la sombra del cuartel militar; y, detrás de ella, una parte de la Historia de la que se prefiere no hablar. Y es que la memoria pesa y duele. Está habitada. Es incómoda, es fría y se aferra al espinazo en su lucha constante contra todos los silencios. La memoria toma de las manos e invita a descender, a caminar hacia lo profundo, hacia lo que está detrás de capas sobre capas de tiempo y de olvido.
¿Cuánto se conoce de una ciudad si no se sabe su Historia?, ¿cuánto se pertenece a una ciudad, a un país, si no se le conocen sus sombras? El Centro Intercultural fue la Zona Militar. La Zona Militar fue la Estación del Ferrocarril de los Altos, construida con mano de obra indígena forzada, sobre un cerro sagrado, del que se despojó al pueblo Quiché. Capas debajo de capas reveladas a través de la luz de la memoria en una ruta hacia la conciencia personal y colectiva.
En un país como Guatemala, tanto han tratado de borrar los rastros, que la memoria parece no existir por sí misma. La memoria es un valor que se adquiere, se contagia, se enseña, se alimenta. No necesita de mucho para activar los recuerdos, para abrir el camino a su descubrimiento. Una voz, una señal, una fotografía, una placa, un contexto se convierten en un punto de partida para empezar a ver hacia atrás, para que la mirada sobre los espacios que ya conocemos vaya cobrando profundidad.
La memoria no es instantánea, han tratado tantas veces de borrarla, que necesita de voces, testimonios, símbolos que germinen en conciencias fértiles, despiertas, bajo el peso de esos silencios insistentes. Silencios en defensa propia, silencios temerosos, silencios que se hicieron costumbre, silencios propiciados e intencionados y que se quedaron cubriéndolo todo, como una costra que se extendió y se endureció sobre lo imprescindible.
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El Museo de la Memoria de Quetzaltenango lleva dos años encargándose de dinamitar esos muros que no dejan ver más allá. Izando una bandera con un rostro. Sacando la historia y las fotografías a la calle, nombrando el espacio, resignificándolo, invitando al descenso, al recorrido, a que sientan el escalofrío, a que nazcan las preguntas. ¿De quién es ese rostro que ondea?, ¿por qué está allí?, ¿qué les sucedió?, ¿qué tiene que ver el Estado?, ¿por qué no se habla de eso?, ¿dónde están? Preguntas como semillas que se multipliquen, que se esparzan con el viento del testimonio, hasta que su respuesta sea una necesidad colectiva, un grito que ya no se pueda ahogar.
Uno que permita, que quienes transitan a diario esta ciudad, algún día se detengan un momento para pensar que ese edificio no solo es el punto de referencia para llegar al Centro Comercial o al Club donde se celebran quinceañeras. Que el trayecto cotidiano por su frontón tome una nueva identidad dentro de su imaginario. Y que empiecen a recordar más allá, como que caminar frente a él en los ochenta era recibir el siseo y el albur de las sombras camufladas o que el polvorín fue un bombazo que reventó ventanas, hizo caer polvo de los tejados y provocó que suspendieran las clases una mañana de 1986. Que sus calabozos estuvieron llenos de gente de la que no se volvió a saber nada. Que de sus instalaciones escapó Emma Molina Thieseen y Emeterio Toj. Que detrás de cada fotografía de los ausentes hay un nombre, una historia, una lucha. Arrebatadas todas, silenciadas mil veces, en peligro de ser vueltas a enterrar, y que merecen ser nombradas.
La publicación de la memoria de estos dos años de actividades del Museo une la justicia y la poesía. Habla de la visión del horror desde el símbolo y el gesto, desde la belleza. Habla de la muerte desde la resistencia, y del tiempo desde la memoria. Es un libro que, fiel a su espíritu comunitario, está hecho de muchas voces. No tiene un narrador individual. Es una historia de país que se cuenta entre muchos. En donde hay muchas visiones, muchas esperanzas, muchas pérdidas, muchas ausencias. Su nombre es un concepto de vida y de trabajo, es apelar a la invocación y la reparación. Es otra manera de decir, de pedir, de luchar, de insistir, de combatir el dolor, el olvido y el horror.
Ojalá que el camino transitado siga abierto, que el incendio de la memoria siga avanzando e iluminando. Que siempre haya voces que sigan nombrando desde la conciencia. Que se siga reconstruyendo esa Historia, la nuestra. Nombrada desde la esperanza de que un día su luz también ilumine la justicia.
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