Trump altera flujo de movilidad humana: Una pausa en Esquipulas por migración inversa
Trump altera flujo de movilidad humana: Una pausa en Esquipulas por migración inversa
Con Donald Trump en el poder, la puerta para entrar a Estados Unidos se cerró para miles de migrantes. La familia de Alesska Giuntoli, de Venezuela, optó por detenerse en Guatemala. Otros migraron a la inversa, al sur, de vuelta a sus países de origen. Los flujos masivos se redujeron drásticamente y el paisaje de hoy no es el mismo de hace dos años en lugares como Esquipulas.
Cuando llegó el 15 de enero de 2025, día en que se celebra al Cristo Negro de Esquipulas, Alesska Giuntoli, de Venezuela, ya había decidido quedarse en Guatemala junto a su familia, en vez de seguir su trayecto a Estados Unidos. «Lo siento mucho, pero yo no voy a seguir; aquí me voy a quedar», le advirtió a Emilio Castellanos, su esposo. Faltaban cinco días para que Donald Trump asumiera el cargo como presidente.
Para entonces, Alesska, Emilio y Dominic, su hijo de 4 años, llevaban más de dos meses fuera de Venezuela, intentando llegar al norte. Tras la victoria de Trump, los robos, las vejaciones, el hambre y el secuestro que sufrieron en la selva del Darién, continuar el camino parecía un disparate. «Si no hubiera pasado por todo lo que pasé tal vez sí me hubiera ido a Estados Unidos, pero al saber qué es un secuestro y un robo, no me quería exponer otra vez. Que mi hijo vuelva a pasar por eso… nunca más», afirma, tajante.
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Por eso, Alesska y su familia se instalaron en Esquipulas, municipio fronterizo de Chiquimula, ubicado a 20 minutos de la frontera con Honduras.
El sueño americano en suspenso
Desde 2018, el flujo de personas en movilidad humana comenzó a incrementarse. A partir de 2021, era común ver a pequeños grupos en tránsito por Guatemala, pero fue hasta 2022 cuando el número aumentó significativamente.
De acuerdo con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), en 2022, 2023 y hasta finales de 2024, Esquipulas se mostró como una de las fronteras más importantes del país en el ingreso y paso de volúmenes significativos de grupos, de 50 personas o más, que caminaban de manera organizada.
Entre ellos había familias completas, de hasta tres generaciones. Pero a finales de 2024, el tamaño de los grupos se redujo y la caída fue aún mayor en 2025. Según ACNUR, durante ese 2024, atendieron a 72 mil 272 personas en Esquipulas. Hasta septiembre de 2025 las personas atendidas sumaban 7 mil 689, una reducción dramática que se generalizó en distintos puntos de tránsito en Guatemala.
Los datos registrados por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) revelan que, en 2024, se observaron 148 mil 125 personas en tránsito por Guatemala, y en 2025 se registraron 23 mil 973.
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Hace dos años, el paisaje en Esquipulas era distinto. Núcleos familiares de extranjeros buscaban espacios para pernoctar en albergues, hostales o lugares públicos. La Casa del Migrante, por ejemplo, que tiene capacidad para 150 personas, recibía hasta 300, entre hombres, mujeres y niños. Ahora, el lugar alberga a personas solamente de forma ocasional y se dedica más a brindar atención médica, psicológica y legal a aquellos migrantes que la necesiten. En las calles, ya no es común ver a extranjeros deambulando, pidiendo dinero o en condición de calle. La mayoría partieron, o han encontrado un lugar propio para vivir.
Aquellas personas que iban rumbo a Estados Unidos se quedaron varadas tras las primeras disposiciones de Trump, esperando alguna posibilidad para continuar con el trayecto. Una parte se frenó en México esperando una cita de CBP1 (para solicitar asilo) o el parole humanitario (un permiso temporal que permitía a ciudadanos de Cuba, Haití, Nicaragua y Venezuela ingresar al país por razones urgentes). También, debido a la violencia creciente en México, muchos de ellos volvieron a Guatemala o están regresando a sus países de origen porque no hay posibilidad de seguir.
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«Esa es la migración en reversa, antes iban de sur a norte y ahora están yendo de norte a sur», explica Percy Cervera, Secretario Ejecutivo de la Pastoral de Movilidad Humana y sacerdote encargado de la Casa del Migrante en Esquipulas y en Ciudad de Guatemala.
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Antes de 2025, Esquipulas contaba con la presencia de varias organizaciones internacionales que atendían a la población migrante en procesos de solicitud de asilo y ayuda humanitaria. Bajo el mandato de Trump, fue eliminado el 92 % de la ayuda exterior de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Esto afectó la continuidad de proyectos y debilitó a organizaciones como ACNUR que, aunque continúa trabajando en ese municipio, redujo su personal de 12 a 2 personas, donó su equipo y mobiliario y ahora brinda servicios limitados.
El rastro de la diáspora venezolana
Cerca de 7.9 millones de venezolanos han salido de su país en los últimos años por razones políticas y económicas. Alesska dejó su país por temor a represalias por parte del régimen. En las elecciones de 2024, en Venezuela, fue testigo de mesa para los candidatos de la oposición a Nicolás Maduro: Edmundo González y María Corina Machado. «Como testigo de mesa tenía que estar pendiente de que no hubiera ningún fraude, entonces al ver que nosotros ganamos, yo lo hice ver. Fuimos de los que salvamos las actas para María Corina, pero qué pasa, al que piensa distinto en Venezuela lo matan o lo dejan sin nada», señala, e insiste en que sus motivos no fueron económicos. «Nosotros vivíamos muy bien», agrega.
En los alrededores de la Basílica del Cristo Negro ya no hay carpas instaladas con familias pidiendo dinero a los transeúntes, como hace dos años. Personas como Luis Fariñas, venezolano de 56 años, salieron de Venezuela por motivos económicos y han encontrado opciones para vivir en Guatemala. Cada día, cocina distintos platillos de comida venezolana y, con un traje y gorro coloridos, sale a vender sus porciones a los comerciantes de artesanías. Nombró a su negocio «El Arepazo».
En su intento por cruzar hacia Estados Unidos, Luis llegó a Tapachula en la época que Trump ganó las elecciones y «se nos cerró la puerta para entrar». Probó suerte en México, luego en Honduras y, finalmente, se estableció en Esquipulas. Desde Guatemala, celebra la caída de Maduro y denuncia los abusos que, según considera, han cometido las autoridades venezolanas. «Lo que nos queda es hablar, comentar lo que pasa, expresar la situación que vivimos, porque los que están allá no pueden hacerlo», sostiene, en nombre de los familiares que aún tiene en aquel país.
El grupo que venía con Alesska regresó a Venezuela cuando vio poco probable llegar a Estados Unidos. En realidad, confiesa, ella nunca tuvo el «sueño americano». Salió por temor a ser encarcelada. En Venezuela, se estima que hay más de mil presos políticos.
En Guatemala, ha encontrado condiciones para reconstruir su vida, sin exponer a su hijo a más peligros. «Ser migrante no es fácil, pero aquí en Guatemala me han dado la oportunidad de tener los mismos derechos que ustedes».
Que el sacrificio del Darién no sea en vano
En el camino, Dominic y su familia fueron atendidos por varios psicólogos que les advirtieron que Guatemala y México eran «el terror» de los migrantes. Les dijeron que se exponían a robo de niños y a los peligros del narcotráfico, sobre todo en puntos fronterizos. Sin embargo, al llegar a Esquipulas, tomaron la decisión de quedarse. No estaban dispuestos a exponerse a más peligros y tampoco querían volver al sur, de donde les costó tanto salir con vida.
Desde hace un año, esperan respuesta a su solicitud de refugio en Guatemala. El proceso, les han dicho, puede durar hasta dos años. Según el Instituto Guatemalteco de Migración (IGM), a la fecha hay 3 mil 590 solicitudes de refugio pendientes de resolver. La mayoría de los requerimientos autorizados han sido de centroamericanos. De 2020 a 2025, fueron admitidos bajo este estatuto en Guatemala 160 venezolanos.
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Cuando cruzaron por el Darién, Alesska y Emilio le pidieron perdón una y otra vez a Dominic, por llevarlo con ellos. «Yo veía los videos -confiesa Alesska- y veía que era muy feo el camino, pero es aún más fuerte que eso. Yo le pedía a mi esposo que me dejara en la selva porque me quería morir. Lo único que me levantó fue que escuché un grito: ¡Ya llegamos!».
Allí les robaron su dinero y celulares, los secuestraron a cambio de una cantidad de dinero, se les acabó la comida y pasaron días con hambre, fueron testigos de violaciones y casi pierden a su hijo. «Si yo me devuelvo -pensaba- es como si hubiera pasado la selva por gusto; no, esto tiene que valer la pena, tiene que ser por algo». Por eso, la opción de regresar al sur no está en sus planes.
Dominic comenzó a estudiar en el Centro de Atención Integral (CAI) de la Secretaría de Bienestar Social (SBS) el año pasado. Ahora cursará pre-primaria y ha recibido atención psicológica para asimilar lo vivido. «Mi hijo hoy se porta bien, pero tenía una actitud difícil. El psicólogo me decía: <Tú lo despojaste de su vida, de sus cosas, de su casa y de su familia, y lo pasaste por un camino que él no te pidió, vio cosas que no tenía que ver, pasó el hambre que no tenía que pasar, entonces todo eso fue un choque para él. Su conducta es normal por todo lo que ha pasado>. Ahora estamos mucho mejor», relata Alesska, mientras Dominic juega con algunos de los regalos que recibió la Navidad pasada, una festividad que recién pudieron celebrar, a diferencia de 2024, cuando aún dormían en el suelo, en un cuarto que lograron rentar, y no tenían más que un par de sábanas para cubrirse.
Emilio consiguió trabajo desde el primer día que llegaron a Esquipulas. Alesska trabaja en un comercio local y, por las tardes, como niñera.
Migdalia Leiva, directora de la Oficina Municipal de la Mujer, se encarga de coordinar la Mesa técnica de protección a refugiados y migrantes en Esquipulas. De acuerdo con Leiva, la llegada de extranjeros al municipio dejó en evidencia actitudes xenofóbicas y situaciones como explotación laboral, debido al estatus irregular de venezolanos, colombianos y centroamericanos en tránsito.
«He visto bastante xenofobia. Por ejemplo, en cuanto a la delincuencia. Pasaba algo y se culpaba al migrante y de pronto no tenía nada que ver, pero se le culpaba de los problemas que pasaron en los últimos años», lamenta.
Asimismo, ha recibido testimonios de mujeres migrantes que sufrieron explotación laboral. Trabajaban de 12 a 14 horas a cambio de un pago desproporcionado.
«Somos una ciudad, un pueblo fundado por migrantes. Esquipulas ha tenido presencia de migrantes de Honduras y El Salvador. En los años 80, en la guerra de El Salvador, muchas personas se refugiaron en Esquipulas y hoy ya son la tercera o cuarta generación de descendientes salvadoreños. Entonces, rechazar a la población migrante es contradictorio», reflexiona Leiva.
Alesska no sufrió esa xenofobia, ni abusos laborales. Tampoco Emilio. «Encontramos buenas personas que nos ayudaron mucho. Por ellos hemos salido adelante», agrega Emilio, mientras descansa en el sofá, luego de volver de su trabajo.
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La esperanza sin Maduro
El 3 de enero, Alesska recibió una llamada. Era su jefe. «¡Felicidades, cayó Maduro. Las cosas van a mejorar!».
Trump les cerró la posibilidad de llegar a Estados Unidos, pero ahora muchos venezolanos en el exterior, le aplauden por forzar la salida de Maduro. «Se convirtió en un héroe para Venezuela», subraya Luis Fariñas, mientras vende porciones de chuleta ahumada y lomito en salsa por el mercado de artesanías.
Alesska, por su parte, ve la liberación de presos políticos como un primer paso para pensar que será posible volver a Venezuela.
Emilio juega con Dominic, mientras Alesska cocina arepas venezolanas en una estufa de dos hornillas. Su próxima compra, dice, será una estufa en la que puedan hornear pasteles. Conversan sobre la posibilidad de volver a su país en algún momento, pero no con las manos vacías: «Miramos atrás y lo estamos logrando, estamos mejor que antes. Nuestro plan es seguir aquí, lograr un negocio de comida aquí y uno de ropa en Venezuela».






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