Manos vacías y frente en alto, el solitario regreso de Isaías en la era Trump
Manos vacías y frente en alto, el solitario regreso de Isaías en la era Trump
Isaías León tiene 46 años y nunca asistió a la escuela; desde niño trabajó en los cafetales de Suchitepéquez. Tras casi dos décadas de residencia en Estados Unidos, la deportación lo separó de su familia. Experto en construcción y carpintería, sus ingresos actuales apenas cubren su subsistencia e impiden reconstruir el hogar donde sus hijas y pareja esperan el reencuentro. Su historia —o fragmentos de ella— refleja la de miles de retornados ante el endurecimiento de las políticas migratorias en 2025.
Todos los días, a las 4:00 de la mañana, Isaías León (46 años) se conecta por videollamada con su familia. El canto de los gallos al alba revela lo que Isaías ocultó a sus hijas por nueve meses: su detención por ICE y deportación tras una lucha legal fallida.
«Good morning. ¿Qué haces, amor?», saluda a Iris, su pareja, y a sus cuatro hijas.
Tras vivir 17 años en Houston, Texas, Isaías regresó en septiembre de 2025 al cantón Camaché Grande, en Santo Tomás La Unión, Suchitepéquez. A través de su celular, observa a sus hijas —quienes juntas no suman más de 22 años— mientras se alistan para ir a estudiar; una rutina que antes compartía en casa y que ahora sostiene a distancia.
En la penumbra, el rostro de Isaías apenas se distingue en la pantalla. Llama desde una cocina sin electricidad, con piso de tierra y láminas ennegrecidas por el humo de la leña. A pesar del entorno, intenta conectar con sus hijas: las observa y les promete premios, pero ellas, entristecidas, apenas responden con monosílabos.
«Les hablo cada madrugada para animarlas. Ya no puedo mentirles; saben dónde estoy porque escuchan a los gallos cantar». Las niñas le cuentan, a través de la pantalla, sus planes para el día.
Isaías empieza el día una hora antes. Mientras en Guatemala son las 4:00 de la mañana, en Houston son las 5:00. Desde su retorno, vive junto a su hermana Macedonia, quien le ofreció espacio en la única habitación de su casa.
«Es duro para ellas, lamenta Isaías mientras las niñas esperan su turno para ser peinadas. «Hoy tienen una actividad en la escuela y verán a otros padres, pero yo no estaré». Con la mirada fija en el celular, sentencia con amargura: «Yo no estoy bien. Mi vida está allá, mi vida allá la hice.
La familia y la vida que dejó
Agentes de ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) vestidos de particular interceptaron a Isaías el sábado 28 de diciembre de 2024. Ocurrió frente a su casa en Houston, cuando volvía del trabajo; lo detuvieron por carecer de licencia. «Me sentaron ante mi hogar. Por fortuna, mis hijas no presenciaron el arresto. Me vieron hasta cuando estaba sobre la patrulla».
Una falta leve derivó en un proceso migratorio y nueve meses de encierro que concluyeron en su deportación. Desde aquel día, el contacto con sus hijas se limita a la pantalla. Isaías se perdió el gateo de Génesis: ella era una bebé en brazos al momento del arresto. Hoy, con un año de vida, ensaya sus primeras palabras y pasos.
Su pareja, la hondureña Iris Mendoza (37), busca asilo en EE. UU. desde hace una década. Sus hijos mayores, de 17 y 15 años, encontraron en Isaías a un padre que los acogió como propios.
«¿Cómo estamos? Tristes, pues. Nuestro señor está por allá lejos y es difícil estar así», responde durante la videollamada.
Antes del arresto, Isaías era el único proveedor e Iris cuidaba el hogar. «Nunca dejamos a las niñas con niñera. Yo cubría la renta, el auto y los servicios. No quería que mis hijas sufrieran, por eso ella no trabajaba». Sin embargo, desde hace un año, Iris asume todos los gastos y las tareas domésticas. Sale temprano y vuelve a casa solo para seguir con el cuidado de sus hijas. «No tengo tiempo ni para la tristeza. A veces la depresión me alcanza, pero no puedo quedarme en cama todo el día», confiesa durante la llamada. La ausencia de Isaías se refleja en las notas escolares. Sus tres hijas mayores asistieron a clases de verano para recuperar el rendimiento perdido tras la deportación.
En la pantalla, el silencio predomina. Emily (7) está molesta y evita el celular. Xiomara (10) responde con brevedad y Nohemí (4) calla. «Están tristes. Me preguntan cuándo volverá su papá o por qué no pude ayudarlo. Es difícil para ellas», explica Iris.
Durante sus meses de detención, Isaías mintió a sus hijas con la esperanza de una resolución favorable. Cuando preguntaban por él, Iris fingía que su padre trabajaba en otro estado en algún proyecto de construcción. Isaías dedicó su vida a la albañilería y la carpintería. En Houston, su destreza para diseñar gabinetes y muebles le valió la recomendación de numerosos clientes. «Luego les dije que estoy en Guatemala porque ya notaron mi ausencia», explica Isaías, tras un sorbo al café recién hecho que le sirve Macedonia.
Gracias al oficio de Isaías, la comida abundaba y las facturas estaban al día. «A veces salíamos a comer. Nunca nos faltó nada». Ahora, Iris cubre los gastos básicos con dificultad. Su hija mayor abandonó los estudios para trabajar en un restaurante de comida rápida y ayudar con la renta; sin ese aporte, el presupuesto colapsaría. Hace meses Iris vendió su auto para aliviar la carga económica.
Ante la crisis, ella consideró viajar a Guatemala con sus hijos para reunirse con Isaías. Aunque al principio la idea fue alentadora, él la descartó. «¿A dónde los traigo? Aquí no tengo nada». Isaías bebe otro sorbo del café que lo sostendrá durante la mañana. «Apenas reconozco el terreno para buscar clientes, camino a paso de tortuga».
Mientras Iris lucha por costear la renta, él intenta animarla desde la distancia: «Debemos fortalecernos por nuestros hijos. Aquí estoy de arrimado y no puedo hacer nada. Regresar a mi país no es fácil. Está bien, pero mi vida la hice allá».
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La vida en Santo Tomás La Unión
Santo Tomás La Unión se ubica en la costa sur, a 160 kilómetros de la capital. El día de su deportación, Isaías esperó toda la tarde a su familia en un albergue para migrantes del centro de la ciudad. Salió del Centro de Recepción a Retornados directo al albergue en donde pudo comer y tomar una ducha. «No quería que gastaran, mi plan era viajar en bus, pero ellos alquilaron un transporte privado», relató. Desde su llegada le inquieta ser una carga para sus hermanos, pues volvió con las manos vacías.
En el trayecto hacia la aldea que dejó hace 17 años, Isaías intentó reconocer los caminos. «Todo cambió mucho», repetía. Camaché Grande ya no es la comunidad rural de senderos estrechos y terrosos por donde todos caminaban. Hoy las motocicletas dominan el tránsito.
Aunque el flujo de remesas es evidente en algunas construcciones, predominan los hogares modestos: viviendas con techo de lámina y patios de tierra rodeadas por el verde intenso de los cafetales, bananales y árboles frutales.
Cifras de 2025 del Instituto Guatemalteco de Migración (IGM) sitúan a Suchitepéquez como el séptimo departamento con más retornos. Hasta mediados de noviembre, Estados Unidos deportó a 1,420 residentes de esa zona y México a 256. Entre ellos figuran 35 vecinos de Santo Tomás La Unión, un municipio de 11,700 habitantes.
Aquí la población cultiva café o trabaja en albañilería. Otros abren talleres o tiendas; «cada quien tiene su changarrito», añade Isaías. Consideró comprar un mototaxi para emprender, pero la inversión ronda los Q50 mil, suma que no posee.
Hace un mes, su sobrino de 21 años también sufrió la deportación. Vivió en Estados Unidos desde los 6 años y ahora, pese a su oficio de mecánico, enfrenta el desempleo. «Lo discriminan por sus tatuajes; aquí la gente lo ve mal», explica Isaías sobre su pariente, quien vive a pocos metros de él.
Aunque la aldea cambió, la precariedad persiste. En el municipio, siete de cada diez personas son pobres. La mayoría cocina con leña y, pese a que casi todos cuentan con tubería de agua, la energía eléctrica falla constantemente.
Hace 17 años, Isaías trabajaba como albañil. Tenía esposa y tres hijos, a quienes dejó tras una oferta inesperada. «Un amigo me propuso el viaje a Estados Unidos», recuerda. «Dijo que un deudor de Totonicapán le pagaría con ese cupo. Si no llegas, no me debes nada; si llegas, me pagas».
«Mis hijos están pequeños», objetó Isaías. «Vete un par de años y vuelves», le sugirió su amigo.
Aquellos dos años se extendieron indefinidamente. Perdió el vínculo con su esposa y el contacto con sus hijos decayó. «Así es la distancia», reflexiona resignado. «Me duele el odio de mis hijos; no me hablan ni me visitan. Creen que los abandoné, pero siempre velé por ellos». Con sus primeros ahorros en Texas, Isaías compró la casa y los dos terrenos donde sus hijos residen hoy, a pocos metros de él.
En Santo Tomás La Unión, las puertas de Macedonia permanecen abiertas. Las aves de corral deambulan por el patio. Desde esa sala, Isaías comprende cuánto cambió su antiguo hogar y una idea nueva ocupa sus pensamientos.
Un proceso de nueve meses, sin éxito
Isaías recibió 2025 en el centro de detención de Montgomery, Texas. Durante nueve meses transitó por tres prisiones distintas, bajo la incertidumbre de su deportación. «Ahí nos tienen aplastados», resume sobre el trato a los migrantes.
Gritos, insultos, hambre, hacinamiento y frío extremo marcaron su encierro. Los detenidos se amontonaban para compartir el calor corporal, incluso las mujeres embarazadas. Estas condiciones coinciden con un informe de junio pasado de Human Rights Watch y otras organizaciones, donde denuncian un sistema deficiente que deshumaniza a los migrantes y permite abusos graves.
Para costear las llamadas a Iris y sus hijas, Isaías trabajó cinco horas diarias en la cocina por apenas tres dólares diarios. Con ese monto también compraba comida instantánea para mitigar el hambre.
Vio pasar a cientos de guatemaltecos, venezolanos y hondureños mientras esperaba un fallo judicial a su favor. Hoy sabe que el aguante fue inútil. «Si el juez me hubiera dicho que no calificaba, habría firmado mi deportación de inmediato. Quizá me habría dado tiempo de ver a mi mamá con vida», lamenta, sentado en la silla donde ella solía descansar.
A mitad de 2025, la administración de Donald Trump eliminó las audiencias de fianza para detenidos migratorios, lo cual prolongó los encierros por meses o años. Isaías pasó cerca de un año en tribunales para evitar su expulsión, sin éxito.
En enero, confió en que el juez le otorgaría la fianza: pagaba impuestos, tenía familia en el país y ciudadanos que respondían por él. Pese a cumplir los requisitos, el sistema lo rechazó. Según cifras oficiales de ICE y la Patrulla Fronteriza, las deportaciones internas superan hoy a las detenciones en la frontera, debido a procedimientos acelerados que omiten casos elegibles para fianza.
«Para ellos solo somos mojados. No nos quieren», sentencia Isaías.
La detención prolongada le arrebató la última oportunidad de ver a su madre, quien falleció en abril tras meses de enfermedad. Isaías se despidió de ella por teléfono desde la prisión: «Hablé con mi mamá un jueves para pedirle perdón. Ella me escuchó y murió el domingo». Sus compañeros de celda intentaron consolarlo al verlo llorar: «¿Qué tienes, chapín? No te agüites, ya vamos a salir».
Sin saber leer ni escribir logró comprar una casa
Isaías se comunica solo por audios o videollamadas. A sus 46 años no sabe leer ni escribir. «Muchos se admiran porque, sin estudios, sé sumar y multiplicar. La inteligencia me la dio la vida», revela. Todo su conocimiento es empírico: la albañilería, la carpintería, la conducción y un inglés básico para términos técnicos.
Desde niño buscó ingresos. A diferencia de sus hermanos, nunca asistió a la escuela. A los 10 años, junto a Macedonia, recolectaba café en una finca. «Ganábamos Q60 a la quincena para nuestra madre. Mi padre bebía siempre y nos tocaba trabajar», relata.
En la adolescencia aprendió albañilería. En otra vida, le habría gustado estudiar ingeniería para construir edificios de forma profesional. La carpintería fina la dominó en Texas tras observar a otros migrantes.
Sin saber leer, aprendió a fabricar gabinetes de cocina, puertas y corredores. Pasó de buscar empleo frente a un Home Depot a consolidar su propia cartera de clientes mediante un trabajo de hormiga. «Mandé a imprimir tarjetas de presentación y los contratos llegaron. Empecé a trabajar por mi cuenta y a ganar mi propio dinero», recuerda.
Hubo bonanza, pero también escasez. En 2020, la pandemia golpeó al mundo, pero el impacto fue más severo para la población migrante, según confirmó un estudio del Instituto de Política Migratoria (MPI).
«En abril de 2020, el desempleo entre inmigrantes alcanzó el 16.4 %, frente al 14 % de los trabajadores locales. Esta crisis, sumada al nulo acceso a programas de asistencia social, provocó graves dificultades económicas e inseguridad alimentaria en familias con miembros indocumentados», describe el informe.
Isaías lo resume con sencillez: «Tuvimos buenos autos y casa; lo perdimos todo». Antes de la pandemia, él dio el enganche para una vivienda tras cobrar el crédito tributario por sus hijos. Sin embargo, el confinamiento suspendió sus contratos y el pago de las cuotas se volvió imposible. «La perdimos», repite.
«Son golpes de la vida —continúa—. Ese dineral me habría servido para comprar una casa aquí, en Guatemala, y hoy tendría un hogar para mis hijas. Ahora abro los ojos sobre muchas cosas; y aún tengo que contarle sobre la decisión que tomé».
Un país que ya no es su hogar
Macedonia León y su familia alquilaron un vehículo hacia la capital el 1 de septiembre por una razón poderosa: la noticia de la deportación de Isaías les trajo alivio. En Camaché Grande es común que quienes buscan el sueño americano regresen en ataúdes. «Gracias a Dios volviste vivo. Muchos vuelven en cajas, pero tú estás con nosotros», le consuelan sus hermanos.
Las cifras respaldan su temor: en 2025, Cancillería repatrió a 181 guatemaltecos fallecidos en EE. UU. y México. En el último lustro, la cifra asciende a 1,906 muertes. Además, el Equipo Argentino de Antropología Forense reporta al menos 258 desapariciones de connacionales entre 2010 y julio de 2025 aún sin resolver.
«Al menos nos vimos de nuevo», se conforma Isaías. Sin embargo, al pisar Guatemala no sintió el retorno al hogar, sino un destierro a miles de kilómetros de su verdadera vida. En Santo Tomás La Unión ya no existe la familia que dejó, ni habita la casa que construyó con sus remesas. Se aloja con su hermana Macedonia y su sobrina Candelaria en una vivienda pequeña, donde sábanas improvisadas dividen los ambientes.
Ahí ha pasado los últimos tres meses. «Estoy de arrimado», se repite.
En el norte el dinero no crece en los árboles; es un sacrificio. Implica jornadas desde la madrugada hasta la noche, a veces con una sola comida al día. «Uno busca cómo sobrevivir», afirma para desmentir el concepto del sueño americano. «Allá no hay descanso. No es fácil», sentencia.
En su primera semana en Guatemala, la desesperación por trabajar lo invadió. Su hermano, contratista, lo empleó como albañil con un sueldo cercano a los Q1,000 semanales. En Estados Unidos, sus ingresos rondaban los 2,500 dólares por semana. Con su salario actual apenas aporta para la comida y compró algo de ropa y zapatos, pues carecía de todo.
«Mi gasto mensual allá era de 5,000 dólares. Lo que gano aquí basta para sostenerme, pero es imposible ahorrar», concluye. Desde Suchitepéquez no puede enviar remesas a Houston. Intentó ofrecer el diseño de gabinetes de cocina al estilo estadounidense, pero los clientes locales se asustan con las cotizaciones. Nadie está dispuesto a pagar ni la mitad de lo que él cobraba allá.
El reto de la reinserción
Del 1 de enero al 31 de diciembre de 2025, México y Estados Unidos retornaron a 55 mil 181 guatemaltecos. Aunque la cifra no supera registros anteriores, la promesa de Donald Trump de ejecutar deportaciones masivas sembró el temor entre la población irregular.
Danilo Rivera, director del IGM, estima que este año el 70 % de las devoluciones corresponden a personas detenidas dentro de Estados Unidos, como Isaías. Antes, la mayoría de los arrestos ocurría en la frontera.
Como respuesta a la política estadounidense, el IGM lanzó el «Plan Retorno al Hogar». Este programa busca facilitar la reinserción laboral de adultos deportados. No obstante, Rivera aclara que la reintegración es compleja: «Depende de la voluntad y capacidad de cada persona. Existen presiones individuales y familiares que facilitan o impiden el proceso». Durante este año, las autoridades identificaron diversos factores que obstaculizan el seguimiento y la atención de los retornados.
La comunicación es un obstáculo básico. Según el director del IGM, el seguimiento es difícil debido al estado de shock de los retornados. Al llegar al centro de recepción, imperan la confusión, el miedo y la vergüenza. La mayoría evita interrogatorios o compartir su experiencia. Solo desean contactar a sus familias y marcharse.
«Buscamos eliminar ese estigma. En Guatemala persiste la vergüenza, una narrativa importada de Estados Unidos que tilda a los migrantes de delincuentes o terroristas», señala Rivera.
Isaías ignora ese juicio. «No siento vergüenza». El día de su retorno, viajó esposado de pies y manos junto a 80 personas. Por protocolo, recibieron instrucciones de seguridad: «Nos dijeron que, ante un fallo del avión, usáramos el salvavidas. ¿Cómo íbamos a salvarnos encadenados?», cuestiona con ironía. Los grilletes, que sujetan las manos hacia los pies, dejaron marcas aún visibles en sus tobillos. «Nos dieron comida, pero fue imposible probarla; las cadenas impiden el movimiento», recuerda.
Poco antes de aterrizar, anunciaron que les retirarían los grilletes. «Les dije: déjennos las esposas para que vean cómo nos tratan, como animales”. Por eso, al bajar del avión, muchos se cubren el rostro o bajan la mirada. Isaías, en cambio, salió con la frente en alto: «Me habría gustado encontrar un periodista en ese momento para denunciar lo que nos hacen».
Al aterrizar, Isaías solo deseaba hablar con sus hermanos y volver a Camaché Grande. Rechazó ser entrevistado y carecía de un número telefónico para un contacto posterior. «Uno se siente atormentado, triste, preocupado», recuerda. Por ello, no accedió a los beneficios del Plan Retorno al Hogar.
La vergüenza obstaculiza este programa, cuyo paso fundamental es una entrevista de 111 preguntas sobre habilidades, experiencia laboral y vivencias en el extranjero. El objetivo es perfilar al retornado para identificar vacantes laborales o la necesidad de apoyo psicológico.
Según el IGM, 14 mil 891 personas han pasado por esta entrevista desde el inicio del plan. La mayoría lo hizo de forma presencial en el Centro de Atención a Retornados (CAR), inaugurado en junio; el resto, vía telefónica. En este espacio, ubicado en el edificio de FEGUA (Ferrocarriles de Guatemala), los recién llegados gestionan su DPI, obtienen un chip telefónico, redactan su hoja de vida o tramitan antecedentes penales.
Además, empresas privadas realizan entrevistas en el lugar para ofrecer empleos. El apoyo concluye con el traslado de los retornados a las terminales de buses según su destino.
Uno de los principales obstáculos es el agotamiento. Al bajar del avión, muchos retornados se sienten abrumados y rechazan el traslado al CAR en la zona 1. Sin ese primer contacto, brindar seguimiento o apoyo en la búsqueda de empleo resulta casi imposible. El centro opera todos los días que reciben vuelos. En promedio, ocurren de seis a diez por semana.
«El seguimiento respeta la voluntad adulta. Depende del caso: algunos aceptan el acompañamiento, otros dejan de comunicarse», detalla el director.
Cifras de la Unidad de Atención al Migrante Retornado, del Ministerio de Trabajo, indican que 222 personas —30 mujeres y 192 hombres— obtuvieron empleo en 2025. De ellas, seis trabajan ahora en instituciones públicas como el Ministerio de Comunicaciones o el IGM. «Empezamos con el ejemplo en casa», afirma Rivera. Según estimaciones del IGM, al cierre de 2025 un total de 632 personas logran ubicarse laboralmente. Cuatro de ellos renunciaron al poco tiempo.
Este grupo representa menos del 1 % de los 44,175 adultos retornados este año. Rivera explica que el proceso depende de las empresas: «Nosotros derivamos la información, pero la contratación y sus requisitos quedan en manos del sector privado. Lo veo como un avance, aunque la cantidad sea pequeña».
Para Lizbeth Gramajo, investigadora en migración, el verdadero reto no es la recepción, sino la reintegración comunitaria y la oferta de oportunidades. «El desafío es que el plan funcione; integrar a los retornados al mercado laboral y romper estigmas es difícil. Muchos intentan emigrar de nuevo», advierte.
Gramajo señala la falta de una readecuación presupuestaria para el proyecto. Según la vicepresidenta Karin Herrera, no existe una asignación específica y cada instancia debe usar sus propios fondos. «Preocupa porque se apuesta por un programa sin el respaldo financiero necesario», añade la especialista. Sin embargo, el director del IGM asegura que, tanto su institución como las otras 21 implicadas, cuentan con recursos propios para operar.
Otro punto crítico es la centralización. Gramajo y el padre Percy Cervera, director de la Casa del Migrante, cuestionan cómo llevar estas oportunidades a los municipios de origen. Aunque Cervera reconoce el avance que supone este espacio inédito, sugiere descentralizarlo.
Rivera insiste en que el servicio permanecerá en la capital. El plan contempla un primer acercamiento en la ciudad y, posteriormente, llevar los servicios a los departamentos mediante exposiciones temporales (EXPOCAP).
La reinserción trasciende lo económico. El caso de Isaías revela la urgencia de un acompañamiento psicosocial para quienes regresan y se hallan alejados de la familia que construyeron. Este es un eslabón débil del plan oficial: el contacto con el retornado es breve y carece de seguimiento psicológico continuo.
«En los territorios, la principal necesidad es el apoyo emocional ante la ruptura familiar. Es un desafío reinsertarse en la comunidad, cuando no hay una institución que atienda lo afectivo», cuestiona la investigadora.
Rivera reconoce estos retos: «la migración siempre existirá». Considera que la reintegración depende de múltiples factores, ajenos a la voluntad individual. El problema, aclara, no se resolverá en cuatro años. «Quisiera mejores datos, pero me siento satisfecho. Si una persona logra quedarse, el camino es el correcto. Todo es perfectible y revisamos el modelo constantemente. No hablaría de fracaso. Hay que valorar el trabajo del personal», concluye el director.
La decisión de Isaías
«Uno se va a Estados Unidos a envejecer: me fui con pelo y volví calvo», bromea Isaías mientras descubre su cabeza. Frente al mausoleo de sus padres, en el cementerio local, reflexiona sobre sus lecciones: «Ver las cosas así, llegar a este humilde cantón y no encontrar a mi madre, me parte el alma. Me duele el corazón y me hiere más que mi familia esté allá sola. Me extrañan mucho», confiesa con esfuerzo para no llorar.
Aunque abriga la esperanza de un milagro que cambie su destino, Isaías anuncia su decisión: en enero volverá a Estados Unidos para reunirse con su familia. No lo dice con ilusión, sino con miedo.
Hace 17 años, el trayecto a Houston fue brutal. En México, permaneció detenido bajo amenazas porque el guía demoró un pago. Recuerda el cruce del Río Bravo, desnudo y aterrado. De las cinco salvadoreñas que integraban su grupo, solo dos llegaron. «Es muy duro», repite.
«No puedes ayudar a nadie. Cada quien cuida su pellejo. Si alguien muere, te dicen: ‘no es el primero, primo’». Lo dice como si buscara calmar un viejo remordimiento. Recuerda cada una de las 26 horas que caminó por el desierto. Esas memorias lo aterran ahora que planea repetir la travesía. Sus hermanos, incapaces de persuadirlo, le insisten en los casos de quienes vuelven «dentro de una caja».
Él conoce el peligro. «Es un riesgo, no es una decisión fácil», responde. Se siente entre la espada y la pared. Teme que, al volver a EE. UU., las sanciones sean severas: Trump prometió 10 años de cárcel para los deportados que regresen al país. Según la ley vigente, las penas pueden alcanzar 20 años de prisión o multas altas.
Para Isaías, el éxito implica una vida bajo asedio. «Le digo a mi esposa: viviremos con miedo en cada retén o al salir a la calle. Ya probé el encierro y no lo olvido.En eso pienso».
Pese al pavor, lo incentiva el sueño de reunirse con su familia. En Guatemala no puede garantizarles una vida digna. Su motivación es un ruego: «Que mis hijas me disculpen. No las abandoné. Simplemente me tocó vivir esto. Yo aquí y ellas allá».






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