Para las personas LGBTIQ+ esta experiencia no es nueva. «En el colegio (…) las personas siempre me llamaban marica o hueco (…) y en mi casa no me aceptan como soy entonces no tenía con quién hablar»[2], indica uno de los testimonios de Realidades Compartidas, un estudio de Visibles en 2020. «Soledad forzada» es como podemos nombrar esa exclusión y aislamiento que hemos vivido desde muy temprana edad.
Muchos Gen Z nos debatimos entre el deseo de ser autosuficientes, la precarización del trabajo y la necesidad humana de afecto y cuidado. Así que la soledad es una de las causas principales cuando pienso en el paso del tiempo.
Aunque el envejecimiento no es nuestro primer acercamiento a la soledad, sí revela otras preocupaciones: el no podernos valer por cuenta propia y enfrentar dificultades económicas con el paso del tiempo. En estos contextos, el amor se siente menos como un deseo y más como una preocupación por la supervivencia. Se empieza a ver como un detalle más logístico. ¿Quién estaría ahí si me enfermo? ¿Qué haré si no puedo trabajar por un tiempo?
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Siempre me repito que «el amor de mi vida soy yo» y que yo puedo solo con todo. Pero ¿cómo se sobrevive cuando la autosuficiencia llega a su límite? Muchas personas LGBTIQ+ intentamos construir una familia elegida: amistades que escogemos ante el rechazo en muchos de nuestros hogares. Estas son redes de cuidado que nos acompañan y sostienen en momentos difíciles, pero que no nos aseguran evitar la pandemia de la soledad y sus efectos.
Otras personas buscamos una pareja –o varias–. Nos aferramos a ella, aún si existe violencia –por una o ambas partes–. Algunas veces es por dependencia económica y otras veces, porque son la única persona que nos acepta tal y como somos. En el caso de los hombres, nuestra pareja representa mucho más: es la única vía emocional permitida. Es la única persona, además de nuestra madre, con la que hablamos realmente de lo que sentimos.
Ahora bien, las personas LGBTIQ+ no somos las únicas que resentimos esa soledad. Según la Organización Panamericana de la Salud, «entre 2014 y 2019, la soledad se asoció a más de 871 000 muertes anuales, lo que equivale a 100 muertes por hora».[3] En su informe De la soledad a la conexión social, se revela que los adolescentes y los adultos jóvenes de países con alta desigualdad económica, somos quienes tenemos más probabilidades de sentirnos así.
Hoy tengo 24 años. No me preocupa ser quién soy, pero aún me asusta estar solo. Pienso en lo maravilloso de la soledad elegida para conocernos a nosotros mismos y en la autonomía que tanto defendemos. Pero este 14 de febrero aún me preocupa: me recuerda que nadie debería tener que envejecer sin red y en soledad forzada. Espero algún día sentir que mi red está completa, sentir que «ya no le temo a la vejez porque nosotres estaremos bien», como dice Rebeca Lane[4].
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[1] https://felgtbi.org/wp-content/uploads/2020/03/MayoresLGTBI_informe2019.pdf
[2] https://visibles.gt/wp-content/uploads/2020/12/Realidades_Compartidas.pdf
[3] https://www.who.int/es/news-room/commentaries/detail/loneliness-and-isol...
[4] https://www.youtube.com/watch?v=ecd9JgvlmLE&list=RDecd9JgvlmLE&start_rad...
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