La izquierda anquilosada, sosteniendo que la culpa de todo la tiene el empresariado, que son abusadores, que todos son evasores de impuestos, que las cámaras empresariales son el diablo, que la inversión privada es enemiga del pueblo, etc.
Atrapado en el medio (o casi) queda el guatemalteco promedio, como usted o como yo, que entendemos poco de historia porque el pénsum no pasó de enseñarnos a amar y respetar los símbolos patrios. Y si alguna vez aprendimos quiénes fueron los presidentes del país, dudo mucho que sepamos con claridad qué le debemos o nos debe cada uno. Nunca nos hablaron de ideología, así que lo que sabemos se limita a las consignas de cada bando en su versión histérica. En nuestras casas no se hablaba de política, de sexo y de religión. Solo aprendimos la parte de obedecer sin cuestionar.
Ese chingo de ciudadanos con poder de voto y escaso poder de análisis somos nosotros. Los guatemaltecos que elegimos gobierno, que somos el motor laboral de las empresas y que también generamos empleo. Los guatemaltecos que pagamos impuestos, invertimos en vivienda, comercio, turismo, servicios. Los que defendemos a capa y espada una Constitución que no conocemos y una institucionalidad en la que no creemos. Nosotros, los que llegamos al semáforo y tenemos miedo de los cuatro jóvenes adolescentes que se acercan al vidrio ofreciendo limpiarlo por una moneda. Los que tenemos más de una historia de violencia que contar. Los que vivimos en esa mezcla de orgullo por la tierra en que nacimos y miedo de vivir encerrados en las injusticias que vemos en cada esquina y se respiran en el aire.
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¿Sabe quiénes también están atrapados en el círculo necio de esa guerra ideológica? Los otros. Los guatemaltecos que viven en la desinformación. Los que tienen que alimentar y proteger a su familia durante un mes con lo que nosotros —la clase media más afortunada— nos gastamos en un par de zapatos y dos vestidos de tienda de centro comercial promedio. Los que, si llegan a un centro de salud, no encuentran médico, no encuentran medicina y ven morir a sus seres queridos en medio de la impotencia. Los que trabajan por meses en sus cultivos y artesanías y tienen que venderlos a precio de nada porque siempre llega un vivo a ningunear su trabajo, porque la cultura del regateo es reflejo de esa cultura maldita de abusar del más débil. A ellos, ese discurso de zurdos y fachos no les pone alimento en la mesa, no les da acceso a la educación, no les provee remedio para la enfermedad, no les ofrece una mejor vida.
Parece un círculo vicioso sin fin.
Por años, los de la clase media hemos sido eso: medio, tibios, acobardados, acomodados. Nos ven la cara, nos roban, nos violentan y, como seguimos manteniendo la cabeza a flote, nos hacemos a la idea de que estamos bien. Pero esta Guatemala está muy lejos de ser la Guatemala que queremos hoy y en el futuro. Promete ponerse peor. Seguir promoviendo un discurso insostenible de división contribuye a que la desigualdad sea cada vez mayor. ¿Por qué? Por que nos distrae de lo importante. Porque, mientras peleamos por ver quién tiene la razón, hay quienes, ocultos en la sombra, aprovechan la confusión para su beneficio y siguen robándole al Estado lo que debería ser para todos. Porque, mientras nosotros gritamos alarmados ante cualquier consigna revolucionaria que nos vamos a convertir en Venezuela, ellos asignan presupuesto de nación para beneficiar a las empresas que les dieron financiamiento y les pasan sobres debajo de la mesa. Porque, mientras nos repetimos que salir a las calles es de huevones que no piensan en el país, ellos están detrás de la puerta facilitándole al narco los negocios que hacen de nuestras carreteras rotas el canal perfecto para el tráfico de armas y de droga y redes de trata de personas.
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¿No le parece que ya es tiempo de ponerse de pie y abandonar la comodidad de esa supuesta neutralidad? Aquí ni todo es blanco ni todo es negro, pero vaya si no todo es cuestionable. Todo. Agarre cada argumento que lea y escuche y páselo por el tamiz del contraste: lo que usted aprendió, lo que repite esa persona cercana a usted y que ha permeado sus ideas, lo que repite esa persona que adversa porque representa lo que usted no entiende, los textos de izquierda, los textos de derecha, pero sobre todo lo que usted ve en las calles, lo que lo indigna, lo que le hace un nudo en la garganta, lo que lo satisface.
Sea crítico con sus ideas preconcebidas, sea duro con su zona de confort y sea también abierto al cambio. Descubrirá que los guatemaltecos de clase media tenemos ansias de justicia, que si despertamos no somos tontos útiles de nadie (o tontos inútiles, ceros a la izquierda, por inacción y desinterés). Que en ambos bandos hay valores y que clamar por un justo medio, apegado a la ética y a la humanidad, no nos es ajeno. Que en todo el mundo hay corrientes ideológicas opuestas, que contrapuestas y con ética logran países con balance, oportunidades y bienestar.
Lo que es un maldito crimen que todos debemos adversar es robarle al más débil para dejarlo morir de hambre, permitir que nuestros miedos e ideas preconcebidas nos paralicen y le abran la puerta a los corruptos que desde siempre se han servido de nosotros para saquear este país y agrandar la brecha de la desigualdad.
Este país es nuestro y, ¡puta madre!, ya es hora de defenderlo.
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