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«Sí, mire, debe hacer más ejercicio...»

Necesitamos replantear cómo concebimos nuestras ciudades: menos coches y más opciones para movernos activamente. Pero esto no ocurrirá mágicamente.
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«Sí, mire, debe hacer más ejercicio...»

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¿Cuántas veces hemos escuchado que deberíamos hacer más ejercicio? ¡Constantemente! Es como una letanía que resuena en nuestras mentes, recordándonos la importancia de mantenernos activos. Pero, ¿qué ocurre cuando la realidad urbana —o rural— se interpone en nuestro camino? Este es el dilema al que nos enfrentamos: entre las demandas diarias y las limitaciones estructurales de nuestras ciudades.

Los médicos «recetamos» esa dosis de actividad física, principalmente a pacientes hipertensos, diabéticos o con obesidad. Sin embargo, existe un gran pero: no siempre las ciudades y/o comunidades están preparadas para ello.

Durante mis estudios sobre actividad física en poblaciones aprendí, de uno de los pioneros en el campo, que las personas tendemos a movernos en tres momentos clave: en el trabajo, cuando este exige esfuerzo físico; en el transporte, al necesitar movernos del punto A al punto B; y por ocio o placer, en ese tiempo en el que nos escapamos al gimnasio o salimos a disfrutar de una caminata.

¿El problema? La mayoría anhela tener más de esos momentos de ocio activo, pero la realidad complica las cosas. La vida diaria nos arrincona con responsabilidades —preparar la comida, cuidar a los hijos—, tareas que no esperan. Suponiendo que dediquemos, como sugiere la recomendación general, ocho horas a dormir y ocho al trabajo, nos sobran ocho horas, y ahí es donde empieza la verdadera carrera de obstáculos. Si tu trabajo es sedentario y dependes del coche para moverte, el tiempo que queda para el ejercicio se diluye entre el tráfico y los quehaceres.

El tiempo que pasamos en tránsito nos priva de esos valiosos momentos que podríamos dedicar a mejorar nuestra salud. Este dilema se complica con nuestro estatus socioeconómico; parece que cuanto más alto es, mayor control tenemos sobre nuestra agenda. Pero no nos culpemos, no siempre es una cuestión de decisión individual, sino del lugar donde residimos.

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Correr en tu vecindario puede ser un riesgo o una delicia dependiendo de varios factores, desde el crimen hasta la infraestructura que facilita o dificulta el ejercicio al aire libre. Hay estudios que muestran que las personas son más propensas a salir a correr si ven a sus vecinos hacerlo y si se sienten seguras, desde el punto de vista de la delincuencia hasta el diseño de las calles. Lo mismo ocurre con la bicicleta, si existiera la infraestructura necesaria y las distancias lo permitieran, moverse en bicicleta ayudaría a cumplir los requerimientos de actividad física moderada y vigorosa que tanto necesitamos para disminuir los problemas de enfermedades crónicas.

¿La lección? Necesitamos replantear cómo concebimos nuestras ciudades: menos coches y más opciones para movernos activamente. Pero esto no ocurrirá mágicamente. Requiere un compromiso por parte de nuestras municipalidades para priorizar las condiciones que faciliten ese estilo de vida activo. Y, por supuesto, seguridad. Porque si no nos sentimos seguros afuera, difícilmente nos animaremos a fortalecer nuestros cuerpos.

La receta está clara, pero son nuestros entornos los que necesitan un cambio de «dieta». Nunca vamos a lograr un estilo de vida saludable si los ingredientes esenciales —como calles seguras y accesibles, junto con diferentes tipos de movilidad— no están en nuestra «despensa». ¡Es hora de que nuestras ciudades se pongan las pilas! Porque, al final del día, queremos que esa recomendación médica de ejercitarnos sea una opción real, no solo una aspiración inalcanzable.

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