A mi abuela no le gustaban los gatos, principalmente porque aseguraba que si uno tiene un gato y se cambia de casa, el gato no se va con uno, sino que se queda en la casa. No sé de dónde habrá sacado semejante teoría, pero yo, por supuesto, le creí. Solo que a mí sí me gustan los gatos, y pensé que algo de razón tendrían para no querer irse, porque a nadie le gustan los cambios, o al menos a mí no. He hecho todo lo posible durante toda mi vida para que nada cambie; el problema es que, en mi intento de hacer que nada cambie, lo que he logrado es precisamente lo contrario.
[frasepzp1]
Me he mudado más veces de las que quisiera. «En tantos sitios no he tenido casa». He dejado muchas cosas, lugares y personas. Y siempre he querido regresar. A veces camino hacia un lugar con la idea clara de que todo va a estar como antes, aunque sé —de algún modo— que eso no es posible. Pero la infancia siempre cree que las cosas esperan, y yo, en ese sentido, sigo siendo infantil.
Tal vez regresar puede ser simplemente un gesto de confirmación. Volver no siempre es para quedarse; también puede ser para mirar con atención aquello que ya no encaja. A veces uno necesita ver el espacio vacío, la silla corrida, la puerta cerrada, las cajas empolvadas, para entender que no todo lo que se abandona está esperando ser retomado.
También podemos encontrar cosas nuevas en lugares conocidos; basta mirar hacia un lado para coincidir con otros ojos y con otra manera de ver lo que creíamos perdido.
El asunto es que estaba en el aeropuerto pensando que no se puede volver a ningún lugar, porque el lugar ya no es el mismo y nosotros tampoco. Pude haberme puesto a llorar, porque pensar en eso no era nada menos que desalentador, pero el niño que estaba a mi lado derecho dejó caer su bebida de fresa y salpicó de rosado un par de maletas que tenía cerca. A mi izquierda había dos mujeres: una lloraba desconsoladamente mientras la otra le daba palmaditas en la espalda y le susurraba cosas al oído. Sea como fuese, ambas situaciones parecían peores que la mía, que era simplemente que, al volver, nada me estaba esperando.
Pensé que, tal vez, si hubiera tenido un gato, habría estado ahí, porque los gatos no se van con uno: se quedan en la casa. Pero entendí que ya no había casa a la que volver. Y que, una vez asumido eso, había encontrado algo mejor: una razón para no querer irme. Una sola. Y eso era más de lo que había tenido la última vez que estuve ahí.
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