Recientemente hubo un trend en Instagram que me descolocó de cierto modo: se trataba de publicar fotos del 2016. Inmediatamente pensé que no tenía fotos del 2016 y que, si las tuviera, probablemente las borraría. Y es que llevo teniendo un pleito con las imágenes desde hace varios años ya: desconfío de ellas, incluso de las que yo misma genero. Supongo que vale la pena cuestionar la idea de que las imágenes simplemente reflejan la realidad; en cambio, podemos verlas como dispositivos que modelan sentido y experiencia, porque incorporan inevitablemente relaciones de poder, ideologías y efectos sobre quienes las consumen. No son representaciones neutras de la realidad, sino que configuran activamente nuestra experiencia y percepción del mundo. Y, en ese sentido, mi relación con las fotografías se ha vuelto más o menos tensa, por no decir problemática, por no decir insoportable. Un poco porque este mundo que está constantemente llegando a su fin me provoca un desánimo de proporciones inimaginables, y otro poco porque mi vida ha cambiado tanto y tan rápido que no he sido capaz de seguirle el ritmo. He dejado de hacer muchas cosas, y seguramente cosas que, en el futuro, podrían haber sido mi recuerdo más feliz.
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A pesar de que me había dicho a mí misma que no valía la pena husmear en el pasado, terminé viendo fotos y videos archivados de muchos años atrás. Y vaya cachetada en la cara la que me ha pegado la nostalgia. Porque ahí estaba yo, pero eso es lo de menos: ahí estaba toda la gente que he querido, todos los lugares que he conocido, todo el arte que he sido capaz de parir, toda la belleza que he sido digna de ver, todo el amor que he sentido, todas las carcajadas, todos los momentos irrelevantes, todas las cosas sin importancia, todo lo infraordinario, todo lo que parece no tener peso y, sin embargo, qué inmenso se vuelve cuando se ha ido. Nunca he sido el tipo de persona que se aferra a nada; por el contrario, la vida me ha obligado a soltar. No tengo añoranza del pasado y, no obstante, lo llevo todo adentro. Qué profundo me sumergí en el paso del tiempo y en el reconocimiento de la intensidad con la que he decidido vivir. Qué fuerte se me abrió el corazón otra vez cuando volví a ver el rostro de mis afectos y a escuchar sus risas. Y qué ternura haber vivido todo juntos.
Ahora estoy quizá más confundida, porque después de lidiar con lo que todas esas imágenes provocaron en mí, pensé que lo que en realidad vale la pena es volver a hacer la vida hermosa. Es difícil volver del momento en el que la vida deja de ser ligera, pero si no lo hacemos ya no va a haber más cosas que valga la pena recordar. Y es mejor hacer que, cuando volteemos a ver hacia atrás (porque lo vamos a hacer, siempre vamos a voltear a ver atrás), haya una belleza que no nos veamos capaces de soportar. Situación para la cual me tomo la libertad de dejarles aquí un consejo que no es mío, pero que me ha servido mucho: «Aguantad. Aguantad la belleza».
Se lo dije a mi amigo, el que sale en la mayoría de mis fotos y videos: «hay que volver a hacer la vida hermosa».
«Ya no se puede», me respondió.
Honestamente creo que está equivocado. Creo que le hace falta llorar, pero no por tristeza, sino por desborde, por haber llegado a ese lugar que te libera del yo y del tiempo; quizá al principio no sea felicidad, pero entonces que sea, al menos, un paréntesis del dolor.
Así que le dije: « La belleza siempre es posible, Adan». Y él se fue a dormir y yo me puse a escribir esto.
Por cierto, mi recuerdo más feliz es también el más hermoso: estaba todo en donde tenía que estar, y yo estaba en medio de todo, observándolo.
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