Cuando en casa no hay empleo, soñar deja de ser prioridad. Muchos cumpleaños pasan desapercibidos, pero el corazón de una niña sigue deseando sentirse princesa. German, nuestro fotógrafo y amigo, les regala esa sesión inolvidable en la que el vestido de Andrea vuelve a desfilar, una y otra vez. Ilumina nuevos rostros.
Puedo imaginar el proceso de soltar ese vestido: elegirlo con cuidado, doblarlo con ternura, empacarlo con ilusión. El tiempo, el esfuerzo, el costo. Y, sobre todo, la intención de compartir un momento hermoso con otras chicas. También he visto lo contrario: donaciones de ropa de los años setenta, zapatos de plataforma, libros inservibles. Y cuando explico que no todo puede recibirse, hay quienes se ofenden.
Pero lo diré con claridad: hay de donaciones a donaciones. Muchas personas envían lo que les sobra, lo que estorba, lo que ya no sirve. Y no solo quieren que lo recibamos, quieren que lo vayamos a traer y que, además, lo agradezcamos. En serio, así no es la cosa. En cambio, da gusto cuando alguien envía crayones de cera usados, sí, pero limpios, clasificados por color, con tal cuidado que denota respeto. No es cosa de dar: es cómo y por qué se da.
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Una vez, Lidia, una amiga querida del proyecto, consiguió unas lámparas para las mesitas de noche de las niñas que viven en nuestra residencia estudiantil. Algunas familias deben migrar temporalmente durante la cosecha del café. Así que mientras sus padres trabajan lejos, ellas viven con nosotras para poder seguir estudiando. Muchas siembran lo que comen, pero no tienen ingresos. Cuando se puede, compran candelas; cuando no, se acuestan temprano. Esa noche fui a verlas. Quería saber qué pensaban de las lámparas. Entré con la idea de conversar, pero me encontré con una escena de magia pura: las niñas estaban paradas, sin hablar, simplemente mirando la luz. Encandiladas. Era la primera vez que tenían una lámpara junto a su cama. Para ellas, esa lámpara era dignidad encendida al alcance de su mano.
Y es que cuando se da con amor, ese amor siempre vuelve de formas inesperadas. Doña Patrocinia es una señora de la tercera edad. Vive con su hijo, un joven con Síndrome de Down. Su esposo, quien los proveía, falleció hace un tiempo, y desde entonces ella sobrevive con apoyo familiar y a veces vendiendo verduritas en el mercado. Nosotros hemos podido apoyarla de distintas maneras: una amiga donó láminas, mi hermano las trajo desde la ciudad, y un joven líder comunitario fue a entregarlas a su casa. Ella, con tantas penas encima (y aún así víctima frecuente de hurtos), viene a verme con regularidad. Y nunca llega con las manos vacías, me trae tamales, huevos criollos, puntas de güisquil… Un día incluso llegó acarreando un gran gallo, «para que lo hiciera caldo», dijo. Y me dejó ahí, con ese dilema tierno y doloroso: ¿Se lo recibo o no? Porque trae lo que en su casa muchas veces falta.
Cuando se marchó, me quedé con el elegante gallo blanco y negro entre las manos. Doña Patrocinia no se queja, pero yo reconozco en ella el peso del cansancio. Pensé en mis propios años difíciles: cuando la plata no alcanzaba a fin de mes, cuando volvía de trabajar a medianoche haciendo milagros en la crianza. También recordé lo agradecida que me sentía cuando mi tía nos invitaba a almorzar los domingos. Hay un hilo invisible —de amor, de servicio, de gratitud— que me une con doña Patrocinia, con las niñas de la residencia, con Lidia, con Andrea, con German, con las quinceañeras.
Humanizar nuestra labor nos permite ver ese tejido: manos que no se conocen entre sí, pero que se enlazan. Y entre esas manos se tejen vestidos, tamales, lámparas, zapatos, cuadernos, y hasta viajes a la feria del libro. Una red de ternura y dignidad.
Sean pues estas memorias una carta de gratitud para quienes donan, no lo que les sobra, sino lo que puede volverse esperanza.
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