Todos los modos de producción (despótico tributario, esclavista, feudal, capitalista) comparten una estructura común: una pequeña élite vive del trabajo de las mayorías empobrecidas. El Estado es el poder organizado de la clase dominante para mantener la «normalidad», y reprimir la protesta. En la modernidad capitalista, la explotación se «refinó», cambiando el látigo por la esclavitud asalariada y discursos distractores, hoy potenciados por tecnología e inteligencia artificial. Ahí aparece la idea de «democracia representativa» y toda la parafernalia que le acompaña: libertad, derechos humanos, etc. Digamos: lo «políticamente correcto» (¿reino de la hipocresía?).
Las potencias que forjaron la ideología moderna (Inglaterra, Francia, EE. UU.) solo pudieron hablar de todos esos valores gracias a una explotación inmisericorde en la mayoría del mundo. El industrialismo europeo se cimentó en la explotación de la esclavizada población de África, llevada en barcos negreros, y el saqueo brutal de América. En pleno siglo XXI, estas potencias siguen manteniendo colonias, predicando valores que contradicen sus prácticas como, por ejemplo, un «reino hereditario democrático» en Dinamarca, que «posee» una colonia como Groenlandia. ¿«Reino hereditario» y hablan de democracia?
El «civilizado» mundo capitalista se forjó y se mantiene con fuerza bruta. Su «democracia» omite el racismo supremacista y la sangre derramada contra quien la cuestione. Las potencias dominantes, por ejemplo, se repartieron África en la Conferencia de Berlín (1884/85), y luego el mundo en dos monstruosas guerras mundiales, donde las masas empobrecidas fueron carne de cañón, todo ello hablando de «democracia» y ese hipócrita discurso que falsea la realidad.
Tras la Segunda Guerra Mundial, cuyo verdadero vencedor fue la Unión Soviética, EE.UU. tomó la vanguardia global. Se estableció un orden internacional basado en el dólar, una ONU inoperante, instituciones financieras como el FMI y el Banco Mundial –¡muy operantes!–, y la OTAN, todas al servicio de Washington. Hoy, ese orden está cambiando drásticamente.
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Estamos ante una crisis estructural iniciada en 2008, con el auge imparable de China y el declive hegemónico de EE.UU., que ahora recurre sin máscaras a lo que siempre hizo, desechando el discurso hipócrita sobre democracia. Como dijo Stephen Miller, asesor de seguridad de la Casa Blanca: «La fuerza es el nuevo derecho internacional». Esta verdad, maquillada por lo «políticamente correcto», fue vista por pensadores desde Trasímaco en la Grecia clásica («La ley es lo que conviene al más fuerte») hasta Marx («La violencia es la partera de la historia»), desde Hegel con su dialéctica del amo y del esclavo hasta Freud («Intereses conflictivos entre los seres humanos se deciden, en principio, mediante el recurso a la violencia». Para evitarla, o controlarla en lo posible, surgen las leyes, las normas sociales. «[Sin embargo] Las leyes están hechas para y por los dominadores, y conceden escasas prerrogativas a los dominados».
El presidente Donald Trump, representante de esta nueva fase de «depredadores», actúa con un estilo impositivo y supremacista («América primero»). Su administración declara abiertamente su dominio («Este es nuestro hemisferio», refiriéndose a Latinoamérica) y en Venezuela prioriza el petróleo sobre la democracia. Trump no es un «loco» aislado, un desequilibrado mental. Igual que Hitler en su momento, es funcional a la oligarquía que realmente gobierna: tecnomagnates de Silicon Valley, banqueros de Wall Street, el complejo militar-industrial y las petroleras.
La democracia liberal, pregonada como panacea universal, ahora es puesta en entredicho. En otros términos: cayeron las máscaras. Es un modelo histórico y falaz, donde el voto periódico no representa a las masas. Según un estudio de la universidad de Gotemburgo, Suecia, de 2024, solo el 28 % de la población mundial vive bajo esos cánones de democracia, que Occidente impuso al mundo. ¿Acaso el 72 % restante sufre por no seguirlos? China, por ejemplo, ha reducido drásticamente la pobreza sin recurrir a ese modelo. Como señala Luis Méndez Asensio: «democracia no es sinónimo de desarrollo».
La depredación es histórica en sociedades divididas en clases. El capitalismo ha sido monumentalmente sanguinario, ni más ni menos que las sociedades esclavistas o feudales. Lo que ocurre ahora es una profundización de ese modelo, donde los depredadores (la élite estadounidense, para el caso) operan sin anestesia, y sin vergüenza de reconocerlo: «La fuerza es el nuevo derecho internacional, y vamos a ejercerla». La pregonada democracia liberal no sirve a las mayorías, aunque se vote periódicamente. Se necesita otra democracia: la de base, popular, solo posible con el socialismo.
Un ejemplo: Cabo Verde, considerado el país más «democrático» de África según parámetros occidentales (elecciones regulares y separación de poderes, incluso con tolerancia a la diversidad sexual), sufre pobreza crónica y éxodo masivo de su empobrecida población. Si África está depredada, no es por Trump; la depredación viene de atrás (las potencias europeas la saquearon). Lo singular hoy es que ya no se oculta esa fuerza bruta. Más aún: se ensalza.
La situación actual evidencia un modelo insostenible donde la fuerza bruta decide todo, ahora con misiles nucleares y guerra cibernética. Frente a esto, solo el socialismo propone una alternativa. La historia no ha terminado; por tanto, la lucha continúa.
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