Son las 6:30 de la mañana, doña Irma, madre de familia, debe decidir entre comprar un huevo para revolver con arroz para el desayuno o comprar el lápiz para la escuela. «Ay Dios… tal vez mejor salimos ahorita, es una hora de camino y pasamos comprando el lápiz» —piensa—. Con Q17 al día, ni siquiera puede considerar pagar un mototaxi. Caminar no es una opción: es la única solución. Esta escena no es aislada. Se repite en la casa de doña Herlinda, doña Marta y doña Cristy. Y se agrava en la de doña Carmen que, además, cuida a su padre enfermo y a un niño con discapacidad. Por eso los números no me sorprenden.
No se trata de malas decisiones ni de desinterés por la educación. Se trata de un día a día donde cada elección implica renunciar a algo básico. Cuando esa lógica se repite casa tras casa, barrio tras barrio, deja de ser una historia personal y se convierte en una condición estructural.
Según el mapa de pobreza publicado por SEGEPLAN, en Purulhá, de cada 10 familias, seis viven en pobreza extrema, tres en pobreza y solo una fuera de ella. No se trata de excepciones, sino de la vida cotidiana. En ese contexto, el consumo promedio por persona es de Q508 al mes. Si se descuenta un alquiler aproximado de Q100 mensuales, quedan Q13.60 diarios para comida, leña, higiene y energía. En esa aritmética de sobrevivencia, no hay espacio para cuadernos ni pasajes a la escuela.
Por eso repito sin recato: en el área rural estamos bien jodidos. Esa palabra y esa verdad no aparecen en los informes, quizá por corrección semántica, pero son necesarias para interpretarlos. Yo lo afirmo desde la realidad. Desde la evidencia, en los alrededores del bellísimo bosque nuboso y el Biotopo del Quetzal, donde desde hace 13 años atiendo a niños y niñas: siete de cada diez llegan sin desayunar y, algunas veces, los he recibido con hasta treinta y seis horas de ayuno.
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Los fines de semana, la foto sale bien, el recuerdo también: pueblitos mágicos, calles tranquilas, café caliente, bosque de helechos y cascadas, neblina suave y una diversidad de verdes que invita a quedarse. Lo llamamos «encanto», «desconexión», «vida simple». Pero el lunes, cuando el turismo se marcha, el encanto no paga el desayuno ni el pasaje de los hijos de doña Irma. El lunes vuelve la misma matemática de siempre: Q13.60 al día para sobrevivir, niños que caminan una hora para llegar a la escuela, sin desayunar. Casas donde la calma no es paisaje, sino abandono. Esa parte no entra en la postal. No porque no exista, sino porque al igual que en los informes, no se mira.
La educación queda fuera no por desinterés, sino por imposibilidad matemática simple. Ahí está el núcleo del dilema ético: hablar de oportunidades reales de educación digna exige enfrentar, de forma transversal, las múltiples capas de la pobreza. Significa asumir que «casi todos viven así», que niñas y niños crecen tomando la resistencia como rutina y que nosotros terminamos volviendo paisaje la pobreza.
De verdad, los números me duelen profundamente. Sobre todo, porque en un almuerzo con amigas del colegio, en dos horas, podemos gastar lo que una persona de mi pueblo tiene para pasar el mes. Un café o un helado pueden costar el doble de lo que una persona tiene para pasar el día en la Guatemala profunda. Y reconozco que no podemos acabar con la pobreza ni siquiera trabajando colectivamente. La mirada debe ser estructural, sistemática y política, algo a tener muy en cuenta en las próximas elecciones.
No digo esto para condenar el turismo local. Al contrario: puede ser una oportunidad real para activar la economía comunitaria. Lo que sí cuestiono es la romantización de la pobreza rural. Como guatemaltecos, más que celebrar con falso patriotismo el próximo día de Tecún Umán, deberíamos dejar de mirar la crudeza como postal y empezar a hacernos cargo. Tomar conciencia es apenas el inicio.
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