Hace un par de años, un amigo a quien quiero mucho se molestó conmigo porque yo dije algo así como que no todos los hombres violan, pero a las mujeres que han sido abusadas sexualmente, sus agresores siempre son hombres. Mi comentario le molestó porque sintió que metía a su padre en el mismo saco que los violadores. Luego de poco más de un año volvimos a hablar. Definitivamente jamás quise ofender a su papá, pero creo que esa reacción ocurre porque solemos ver las cosas en blanco o negro.
Con frecuencia pensamos que la violencia contra las mujeres es algo que puede entenderse de manera simple y sin matices. En el peor de los extremos situamos a los asesinos, a los violadores y a quienes deliberadamente planifican cómo hacernos daño. En el otro colocamos a quienes no ejercen esa violencia. Sin embargo, a lo largo de mi vida he podido notar, escuchar, vivir y acompañar experiencias que me han mostrado que entre esos extremos existen infinidad de matices. Más que una línea clara, lo que aparece es una escala de grises que se parece mucho más a un claroscuro.
Y sí, efectivamente en un extremo están quienes matan, los peores entre los peores. Pero seguiditos, a un costado, encontramos a quienes golpean, manipulan para obtener intimidad o manosean cada vez que pueden. En un nivel menos oscuro están quienes ejercen violencia psicológica, acosan en redes o comparten fotos íntimas sin consentimiento. No es violencia física, pero sí deja daño.
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Luego aparecen conductas que solemos normalizar. Conductas que se enseñan a niños y jóvenes y que muchas veces ni siquiera se reconocen como problemáticas: insistir después de una negativa, ignorar el consentimiento o presionar emocionalmente para obtener algo que la otra persona ya dijo que no quiere. Quizá no siempre nacen de una mala intención, pero el impacto puede ser doloroso.
Inmediatamente después encontramos la violencia indirecta: aquella que culpa a las víctimas como cuando se dice «pero ellas insisten en salir solas», «ella se lo buscó» o «algo habrá hecho». Son comentarios que no apuntan a una mujer específica, pero que terminan afectándonos a todas.
Y por último están los que no hacen nada de eso, pero se ríen cuando el amigo engaña a la novia, mandan fotos de mujeres desnudas en grupos de WhatsApp o celebran cuando un Don Juan lanza un piropo no deseado. Y también están los que no participan directamente, pero miran hacia otro lado cuando los «cuates» exponen la violencia frente a sus narices.
En medio de todas estas escalas hay, además, infinidad de conductas microscópicas que perpetúan desigualdades: interrumpir a una mujer cuando habla, pero escuchar con atención a un hombre; asumir que ella servirá la mesa mientras ellos conversan; revisar el teléfono de la pareja como si fuera algo normal.
Si somos conscientes de esto, veremos que la pregunta ya no radica en si todos los hombres son violentos, sino en quién puede decir honestamente que nunca ha participado en alguna de estas conductas. Pero que los hombres sean buenos o malos no es el punto real. El tema es que muchas de estas son conductas aprendidas, y lo que se aprende también puede cambiar. Hace cincuenta años era común que una mujer tuviera que pedir permiso al esposo para trabajar. Incluso se veía como un gesto protector. Hoy nos parece normal que ambos trabajen.
Si fuimos capaces de cambiar aquello que antes parecía natural, también podemos cambiar las conductas que nos agreden, nos afectan, nos lastiman y, en los casos más extremos, nos matan. El primer paso no es acusar a todos los hombres. El primer paso es reconocer qué comportamientos seguimos llamando normales.
Porque la violencia más grave nunca aparece de la nada: crece sobre pequeñas conductas que durante años aprendimos a aceptar. Y si algo nos enseña la historia es que las conductas que se aprenden también pueden cambiar. De hecho, ya hemos cambiado antes.
Tal vez el próximo cambio empiece por desaprender aquellas conductas que, aunque parezcan pequeñas, alimentan la violencia.
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