Al entrar a la plaza se percibe una mezcla de olores: el humo del copal quemado en ofrendas, el aroma penetrante del achiote molido y de los chiles secos, el sudor de los cargadores que traen con mecapales sus bultos sobre petates extendidos. Una anciana ofrece sal negra de Tujulja’ (Sacapulas), y jícaras. A su lado, un hombre muestra navajillas de obsidiana negra traídas desde las montañas de Chirijuyu’.
En el centro de la plaza, un grupo de mujeres k'iche'ib ha dispuesto mantas de algodón teñidas con rojos de cochinilla, verdes de hojas machacadas y amarillos de tierra ocre. También hay lotes de vasijas de barro traídas de Chwi’miqi’na’: algunas de tonos verdes y café, grandes comales pulidos, ollas de tres pies, cántaros para agua con dibujos de aves y serpientes, y apastes para cocer tamales o frijoles. «Este barro es del rojo de la montaña…por eso aguanta el fuego directo», dice la alfarera.
Los colores de las plumas de Quetzal y de otras aves sobresalen, bienes muy preciados y prestigiosos. También hay objetos pequeños pero llamativos para los visitantes: espejos de pirita, jades, conchas y otros elementos ideales para collares y narigueras.
[frasepzp1]
En otro lado están los puestos de pescado seco, traído desde el lago de Atitlán. Pobladores del área tz’utujil ofrecen peces muy pequeños (en k’ich’e se dicen mutz'utz', en el lago se dice sa’y) que se utilizan para preparar patii’n (Sagastume, 2024). Cerca de ellos están los recados con chompipe, acompañados de tamales de maíz envueltos en hoja de milpa, algunos asados sobre piedras calientes.
Todos estos sabores se mezclan con el polvo del mercado, el rumor de las transacciones y las anécdotas de los viajeros. Algunos recorrieron días e incluso semanas para llegar hasta aquí. Pasaron frío, cansancio; otros aprovecharon para intercambiar mercancías en los pueblos del camino y así aligerar la carga.
Cuando llega el atardecer y el sol declina hacia el volcán, los comerciantes empiezan a recoger sus puestos y a preparar sus lugares de descanso. El mercado continuará al día siguiente y por tres días más, hasta que la mayoría de los objetos se hayan intercambiado.
El cuarto día se desarman los campamentos. Algunos elaboraron sus toldos con grandes mantas, ramas y hojas de palma traídas de la Bocacosta. Al terminar, los bultos se cargan a la espalda y las cuentas se ajustan: se revisa lo obtenido y se calcula para cuánto tiempo alcanzará. Así pueden planear nuevamente el cruce de montañas y ríos desde tierras lejanas hasta el mercado de Xelajuj.
Cinco siglos después
Es 20 de febrero de 2026. En toda la república es una fecha importante porque se celebra oficialmente el Día de la Marimba, después de que desplazara el Día de Tecún Umán en 1999. Pero en esta ciudad, en Xela, desde temprano decenas de niños se reúnen frente a la escultura de Rodolfo Galeotti Torres para cantarle las mañanitas al olvidado héroe nacional de origen local, símbolo del pasado k’iche'.
Este año, el 20 de febrero también fue Primer Viernes de Cuaresma, lo que significa día de feria (popularmente) o mercado cantonal (según las autoridades). Reúne un promedio de 300 vendedores provenientes del occidente y suroccidente de Guatemala, así como del sur de México. En la actualidad está organizada por la municipalidad, que asigna los espacios para los puestos distribuidos frente a la parroquia El Calvario, extendiéndose por más de nueve cuadras (900 m aproximadamente).
Considerada una de las más antiguas de la ciudad, esta actividad acumula más de 200 años de tradición y estuvo asociada a cofradías, hermandades y asociaciones católicas (Mérida, 2025). Algunos sugieren que su origen se remonta a una decisión municipal de finales del siglo XIX, cuando las autoridades buscaron apoyar a los artesanos locales facilitándoles un espacio para ofrecer sus productos a los asistentes de la romería del Señor de las Tres Caídas, imagen consagrada en El Calvario y eje espiritual del Primer Viernes de Cuaresma (Cancinos, 2026).
De lo que sí tengo certeza es que, al acercarse a la feria, se mezclan los olores de achiote, chiles secos, humo de leña, polvo, sudor y, por supuesto, música, gritos y cientos de voces. Me gusta pensar que las ventas y los productos que se ofrecen son como los de épocas antiguas: chiles, pescado seco, ollas de barro, paletas de madera, canastos, güipiles, cortes, sombreros, plantas, frijoles recién cosechados (su brillo los delata), recado de chompipe, patii’n, tamalitos, juguetes de barro y madera.
Pero, con la modernidad, también aparecen las roscas, vajillas de peltre, estuches para celulares, productos mexicanos, muebles de madera, pupusas, y hasta pizza de “3 x 10”. Me atrevo a decir, por experiencia propia, que muchos aprovechamos esta feria para renovar objetos del hogar: chamarras, vasos, apastes, ollas, comales, paletas y, ¿por qué no? hasta la mesa de la cocina.
La longevidad de esta feria la convierte en un fenómeno de estudio privilegiado para comprender la persistencia de algunas prácticas comerciales muy antiguas y regionales, adaptadas a contextos contemporáneos. Pero también permite entender las tradiciones e historias tanto familiares como comunitarias que se entretejen en este espacio comercial, que no solo dinamiza la economía local durante la jornada.
________________________________________________________________________
Referencias
Hirth, K. (2013). Los mercados prehispánicos. La economía y el comercio. Arqueología Mexicana, núm. 122, pp. 30-35. México.
Sagastume, E. (2024) Patii'n, gastronomía tradicional del grupo lingüístico tz’utujil. Centro de Estudios de las Culturas en Guatemala de la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Mérida, C. (2025) Entre artesanas, dulceras y comerciantes te veas: Primer viernes en Xelajuj Noj. La Cuerda, Núm. 240. Año XXVII. Guatemala.
Más de este autor