Aclaro que esto no trata de criticar o hacer sentir mal a quienes celebran las fiestas findeañeras con ese espíritu tradicional que se asoma en la música y en las películas desempolvadas año tras año. Tan solo es una reflexión personal sobre cosas que no pasan, pero deberían si nos ponemos a pensar en ello.
Leí recientemente que no podemos esperar que las cosas cambien si primero no cambiamos nuestra forma de pensar en ellas.
A estas alturas de la vida he visto lo suficiente para comprender que no a todos nos va igual en Navidad y Año Nuevo, y que ser conscientes de ello contradice el bello listadito de cosas que nos deseamos unos a otros durante esas fechas.
Al tiempo que pregonamos hermosos deseos, nos olvidamos, primero, de lo que sucede en el mundo. No recuerdo, durante mi tiempo de vida, una situación global más peligrosa y devastadora para millones de personas: guerras y conflictos que cobran vida por todas partes, algunas de las cuales ni siquiera conocemos porque esas noticias no venden. Tampoco habíamos tenido la cantidad de personas que hoy pasan hambre asesina.
En el ámbito del país, ninguno de los problemas que teníamos en diciembre ha desaparecido. Y como cada año trae su propio afán, hay muchas cosas por sumar a nuestra lista en este 2026.
En el plano comunitario o de círculos familiares y personales hay cosas buenas y cosas malas. Hay personas felices y personas atravesando situaciones deprimentes. Y no me refiero solo a lo económico.
Durante las fiestas, pensé en las personas que atraviesan duelos por pérdida de seres queridos y de relaciones. Pensé en personas que enfrentan enfermedades propias y ajenas con impacto directo en sus vidas. Pensé en quienes se encuentran en prisión injustamente, y en quienes sufren persecución por parte de instituciones públicas criminales que deberían protegerlas en vez de atacarlas por motivos que nada tienen que ver con la justicia.
También pensé en las personas que viven condenas que no son de prisión, pero que castigan igual: los exiliados que dejaron todo al escapar por su vida y su libertad. Esos exiliados sufren demasiado porque dejaron atrás a sus familias, sus amigos, sus pertenencias, sus trabajos, sus arraigos culturales y territoriales. Esos exilios son una forma de tortura.
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Espero conseguir que esta primera columna del año consiga un poco de reflexión en quienes la lean. Repito: no los critico si gozaron las celebraciones y si repitieron los mismos buenos deseos de cada año. Solo pido que abramos un poco más nuestro ángulo de lectura de la realidad y que pensemos que deberíamos tener palabras de aliento que lleguen a quienes más las están necesitando, en vez de repetir clichés que ni nosotros mismos nos creemos. En una sola palabra, recomiendo empatizar.
Hablemos un poco del significado. De las definiciones a la mano, me identifico con la del Diccionario de uso del español, de María Moliner: «Capacidad de una persona de participar afectivamente en la realidad de otra». Al definir el verbo empatizar, dice que se trata de «Sentir empatía hacia otra persona o hacia sus sentimientos». Así, mientras que empatía es solo una capacidad, empatizar es verbo, es acción.
Nótese que está distante de simpatizar. Uno puede alcanzar la comprensión de por qué alguien es como es, y eso no significa que deba simpatizar con eso. Sin embargo, al intentar ver las cosas desde el interior del otro (ese es el significado etimológico de empatía) obtendremos una perspectiva que antes nos era ajena y algo habrá de cambiar en nuestra percepción. Dejo la palabra a los filósofos y psicólogos, por si quieren ampliar el tema.
Y como estamos iniciando año, que sirva la columna de hoy como tarjeta de Año Nuevo con un solo deseo al interior: Empaticemos.
Abrazos a quienes no pudieron sentir las pasadas fiestas como lo manda la tradición y las canciones bonitas. Deseo íntimamente que las cosas cambien en su ámbito actual.
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