Benjamin hacía alusión a aquel suceso para expresar la conciencia de que a toda acción revolucionaria subyace el intento de volar por los aires una continuidad histórica enferma. El texto de Benjamín —mensaje de un náufrago lanzado “al correo aleatorio del mar”, como alguna vez dijera el desaparecido Bolívar Echeverría— muestra que el tiempo no puede concebirse en términos de una historicidad totalizante que devora al ser humano.
Ahora bien, una continuidad histórica se enferma porque engulle la capacidad de actuar del ser humano como un ser histórico. Una sucesión temporal de este tipo se configura como un torrente que empuja al desastre inexorable. Aceptar este designio, sin embargo, demanda un pensamiento desorientado, débil, miedoso. Así, la actual globalización neoliberal no se impone por su racionalidad intrínseca; se erige sobre la cuasi infinita capacidad de manipulación de los medios de comunicación y las prácticas extorsivas de un tinglado de actores internos y externos que quieren ejercer un control ideológico sobre la disidencia, sobre el pensamiento alternativo. Frente a nuestros ojos se despliega una gobernanza de la inseguridad que lleva progresivamente a la criminalización de la protesta social.
Cae de suyo que el pensamiento conservador trata de exorcizar la memoria al tiempo de afirmar que no hay alternativas. Por esta razón, el pensamiento de derecha es constitutivamente conservador, aun cuando se acepten cambios en muchas áreas de la vida social. Este pensamiento, siempre reactivo, olvida que el mundo es un horizonte de horizontes que, como tal, asume la memoria de los pasos perdidos. La derecha contemporánea suele insistir en que el futuro se puede construir dentro de un mundo últimamente regido por el mercado. Encerrados en la caja negra del neoliberalismo global asumimos, como se dice, que es más fácil concebir el fin del mundo que el fin del capitalismo.
Pues bien, es lícito preguntarse hasta qué punto esta carrera neoliberal hacia el abismo puede continuar. Y es que la experiencia actual nos muestra que la globalización neoliberal exige que vayamos renunciando a nuestra humanidad. Esta mundialización extorsiva quiere incluso congelarnos en un presente sin pasado ni futuro. Quizás nadie puede precisar con tanta angustia este problema como esos grandes contingentes juveniles que, ignorando la historia y sabiéndose sin futuro, prefieren vivir unos años como reyes y no toda una vida como bueyes.
En este contexto de engaño, adquieren una importancia inusitada los recientes intentos por diagnosticar la muerte de las ideologías —en nuestro país con la consabida falta de reflexión. Se niega, por ejemplo, la diferencia entre la izquierda y la derecha bajo el argumento de que no existe un significado discursivo fijo para tales referentes. Pero éste es un argumento que ignora que toda lucha siempre se encuadra dentro de un contexto social e histórico, en el cual se conciben tareas inmediatas y proyectos de largo plazo, que desde luego, siempre serán transformables ante nuevas circunstancias. Sería ciertamente un anacronismo estar protestando contra el absolutismo monárquico porque ésta es una realidad histórica prácticamente periclitada. Pero esto no obsta para que nos conforte el sentimiento de que existe una complicidad entre las luchas de entonces y los proyectos emancipadores que se conciben siempre en un aquí y en un ahora.
Por lo tanto, ubicarse en la izquierda significa comprometerse con los caminos que nos llevan fuera de una continuidad histórica que asume como definitiva la muerte de los proyectos emancipadores. Ser de izquierda supone adoptar posturas críticas que tratan de llegar hasta las raíces de esas estructuras sociales que generan ese sufrimiento que se posa como una noche definitiva sobre la vida de tantas personas. Levanta el ánimo, en este sentido, recordar que el ser humano es constitutivamente utópico. La esperanza, para parafrasear a Ernst Bloch, no puede agotarse en una vida del perro, arrojada pasivamente a un orden capitalista que quiere contagiar con su sentido de fracaso a todo lo que se le oponga.
Es claro, pues, que si eclipsamos la diferencia entre derecha e izquierda quizá no podamos ubicar esos esfuerzos utópicos que luchan por un mundo sin opresión y desigualdad. Sería, sin embargo, un error terrible que termináramos por aceptar esta propuesta de clausura, que significa resignarnos a dejar de ser humanos. Pensar significa adoptar posiciones críticas; un pensamiento conservador, por lo tanto, viene casi a ser una contradicción en los términos. Por esta razón, el pensamiento de derecha se caracteriza por notorias inconsistencias: es que la función crítica se suele sacrificar en aras de un interés contingente, como el dinero o el ejercicio de algún género de poder.
Desde el lado de la izquierda, aun se valoran las referencias teóricas derivadas de pensadores como Karl Marx; éstas no son descalificadas por la experiencia del pensamiento del “socialismo realmente existente”, como lo quiere ver una derecha que siempre tiene miedo a ascender al reino de las ideas, aun cuando no tenga reparos en caer en los abismos de la degradación. Con todo, la izquierda de nuestro tiempo se empeña en conjuntar voces diferentes en una difícil sinfonía; no podía ser de otro modo en un mundo que comprende cada vez más las raíces de la opresión. En todo caso, si en algo se consolida la izquierda es en su énfasis en la praxis, esto es, en la acción colectiva que conjunta la práctica y la teoría.
En consecuencia, negar la diferencia entre izquierda y derecha es colapsar ante la falta de horizontes. Sabemos que debemos virar a la izquierda para encontrar el futuro. Allí encontraremos esa libertad que siempre se sabe responsable. Ésa que entra en constelación con la justicia, la igualdad y la causa de la dignidad humana; no la libertad que, como lo decía Theodor Adorno, acaba “en el derecho del más fuerte y más rico a quitarle al más débil y al más pobre lo poco que aún tiene”. Por lo mismo, el pensamiento de izquierda no implica ninguna ortodoxia; el futuro no lo marca una estrella sino una constelación siempre creativa de ideales y valores. Lo inmenso de la tarea no debe asustarnos. Y es que la izquierda genuina siempre preferirá el murmullo anárquico de las asambleas al zumbido anonadante del cuarto de máquinas que impulsa una historia sin esperanza.
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