El grafiti sugiere que el intervalo que media entre las periclitadas respuestas y las preguntes emergentes supone una experiencia social de cambios profundos y vertiginosos. Dichos cambios radicales alteran nuestros proyectos políticos; resulta evidente que la ruta que conducía a la democracia liberal, la estación final de la historia para Francis Fukuyama, ha desembocado en un laberíntico cruce de caminos. Ya los diques de la democracia liberal son incapaces de contener las consecuencias negativas que derivan del pacto con las fuerzas de la ambición y el egoísmo, que, mañosamente, prometían el bienhechor despliegue de la creatividad humana.
No puede ignorarse, desde luego, que la gravedad de la crisis de nuestros modelos políticos aún no resulta clara para muchos; la relativa novedad de los problemas se ha maquillado con una capacidad infinita de manipulación apoyada en un ejercicio de tecnología que no sólo aliena al hombre sino que es capaz de invadir la esfera misma de la intimidad. Hemos aprendido a aceptar que vivimos en un régimen de mentiras dirigido por mentes que sólo piensan en ganar más dinero, un objetivo que, como lo apuntan los economistas Robert Skidelsky y Edward Skidelsky, tiene tanto sentido como comer y comer para aumentar y aumentar de peso. Dicha claudicación asume como premisa el individualismo atroz de nuestro tiempo; cada quien piensa que sobrevivir es un empresa solitaria en un mundo en el que la ética debe ser substituida con cuotas crecientes de cinismo. En este sentido, la crisis global que ahora nos ahoga es una magnificación de una enfermedad del alma.
Ahora bien, afrontar las tareas de una globalidad enferma supone afrontar nuevas preguntas y retos políticos. Significa asumir, de una vez por todas, el ocaso del Estado-nación liberal —nunca una realidad, más bien una ilusión perniciosa para los países con un pasado colonial. Quizás nos ayude reconocer, siguiendo a Joel S. Migdal, que el Estado es un ente contradictorio que mientras proyecta una imagen poderosa y unificada, despliega, como un actor social más, un conjunto de prácticas no exentas de conflicto. Esta idea nos ayuda a comprender dos fenómenos. Primero, en el ámbito global, la pérdida de autonomía y capacidad de gestión del Estado frente a la influencia de las empresas transnacionales; y segundo, en el ámbito local, la transformación, o quizás reconfirmación, del Estado como un subsector social cuyas prácticas constitutivas se encuadran en las esferas de influencia de los grupos internos más poderosos. En esta configuración estatal, al pueblo le queda tan sólo la ilusión de una soberanía que renace efímeramente cada cuatro años.
Al Estado, pues, sólo le resta mantener su monopolio de la coacción directa, aunque cada vez con menos legitimidad. Después de todo, los señores del dinero gustan de una imagen pulcra e impecable. En este contexto, los actores que habitan el Estado suelen encuadrar sus acciones en la lógica que ve en su pueblo a un potencial enemigo —un proceso que asume caracteres grotescos en un país como el nuestro. El discurso penal del enemigo encaja con precisión en la mente de élites gobernantes que, cual espejos de la crisis espiritual de la época, se concentran únicamente en el enriquecimiento que permite su fugaz paso por el poder.
No es sorpresivo, por lo tanto, que los grupos oligárquicos, tradicionales y emergentes, conscientes del apoyo que supone contar con un exmilitar autoritario en el poder, luchen por renovar su alianza con los sectores más retrógrados, aquéllos que articularon la violencia de nuestro pasado reciente. Dichos grupos, que nunca han intentado construir una visión de país, declaran performativamente, que no abandonarán a los futuros encargados de las tareas sucias; se trata de demostrar a los nuevos operadores del control estatal que no habrá justicia que los alcance si se embarcan de nuevo en la tarea inhumana de reprimir a aquéllos que piensan que es posible crear un país en el que se pueda vivir con dignidad.
¿Cuándo vamos a empezar a revertir la reconversión del Estado en un puro dispositivo militar-policíaco cuyos operadores son premiados con el permiso temporal de una corrupción desaforada? Dado que enfrentamos nuevas preguntas y problemas, debemos movilizar nuestras expectativas políticas en modalidades de lucha que superen, de manera crítica e inclusiva, un socialismo dogmático y simplificador, una movilización social cooptada por el oenegismo y un etnicismo ingenuo que no sólo separa a la sociedad, sino que excluye a su misma base social. Necesitamos sujetos sociales que comprendan que la misión radica en plantear alternativas a un totalitarismo global del capitalismo que agudiza las injusticias históricas que desfiguran nuestra sociedad.
No podemos resignarnos a que ciegos y corruptos gobernantes se encarguen de sepultar cualquier posibilidad de futuro con mentiras cuya fecha de caducidad es renovada de elección a elección. Recuperar nuestro futuro demanda muchas tareas, pero en la coyuntura actual demanda recrear el Estado para que éste pueda acceder a una autonomía política genuina. Desde luego, no se trata de regresar al Estado tradicional; es cuestión, más bien, de estructurar una entidad política que a la par de generar alianzas regionales con otras sociedades y sectores globales vulnerables, sea capaz de articular y promover las demandas legítimas de la sociedad a la que se debe. En el renglón de las tareas más inmediatas, corresponde a los movimientos sociales luchar para que accedan al Estado personas honestas y valientes que posean la capacidad de visualizar los derroteros que exige la vida humana.
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