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"Me quedé sangrando un mes" relata Pedriza López de Paz con respecto a la violencia sexual sufrida en 1982, acompañada en su testimonio por la psicóloga Melissa Gonzalez, quien le sostuvo la mano durante toda la sesión, el 12 de enero. Simone Dalmasso

Las mujeres achí tomaban su mano cuando recordaron el pasado

«El juicio ha sido un proyecto personal para ellas. El juicio les ayuda a cerrar el círculo del dolor»
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Las mujeres achí tomaban su mano cuando recordaron el pasado

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  • El acompañamiento psicológico ha sido determinante para las mujeres achí que denunciaron violencia sexual.
  • La atención profesional inició hace una década cuando se formalizaron las denuncias.
  • Durante el juicio, que inició el 5 de enero y concluyó con sentencia condenatoria contra cinco exPAC, una joven psicóloga estuvo cerca de las mujeres achí.
  • Se sentaba junto a sobrevivientes y testigos y les daba la mano para que pudieran sentir apoyo, o masajeaba sus espaldas como una técnica para la liberación de emociones.

El apoyo psicológico para las sobrevivientes de violencia sexual ha sido determinante desde la construcción del caso, hace 10 años, hasta el día de la sentencia condenatoria contra cinco expatrulleros civiles.

El apoyo psicológico para las sobrevivientes de violencia sexual ha sido determinante desde la construcción del caso, hace 10 años, hasta el día de la sentencia condenatoria contra cinco expatrulleros civiles.

Durante las audiencias del juicio contra los cinco exPAC fue común una escena: una mujer joven, vestida con indumentaria maya, sentada a la par de algunas víctimas y testigos mientras declaraban ante el Tribunal de Mayor Riesgo A.

A la joven no se le permitía hablar con las y los testigos mientras exponían ante los jueces, pero sí podía tomarlos de la mano o darles un masaje en la espalda con las yemas de los dedos. «Es la técnica de la liberación emocional, usada en la psicología moderna», explica Darlee Melissa González Vargas, de 27 años, quien se ocupó de la atención psicológica de las mujeres achí.

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El día en que Agustín y Pedrina López de Paz, quien denunció haber sido violada a los 12 años, dieron sus testimonios, la psicóloga también estuvo presente. Pedrina López de Paz le tomó la mano muy fuerte para no llorar mientras narraba los hechos ante el tribunal. Agustín rompió a llorar, así que la psicóloga le masajeó la espalda todo el tiempo.

«Lo que busco es que se tranquilicen, que conecten sus ideas y aunque lloren tengan la posibilidad de continuar con su testimonio», explica.

González Vargas trabaja con el Bufete Jurídico Popular de Rabinal desde octubre de 2020. Se graduó en 2019 y encontró la oportunidad de poner en práctica sus conocimientos con un grupo de mujeres mayores de 50 años, madres, abuelas, viudas, sobrevivientes de violación. Todo un reto al que hizo frente con un bagaje propio que también tiene las cicatrices del conflicto armado interno.

Ocho de sus tíos fueron asesinados durante el conflicto armado interno. En su familia se ha vivido un luto constante, acompañado de un régimen de silencio que se auto impusieron sus abuelos y padres para no quedarse estancados en el temor y los recuerdos. Expresarse era peligroso.

«Solo recuerdo que mi mamá lloraba y que era peor en fechas conmemorativas, como los cumpleaños o fechas de desaparición y muerte, pero de ahí nadie decía nada», relata.

Sus padres vivieron con muchas carencias. A diferencia de sus antepasados más cercanos, no tuvieron muchos hijos y no tenían suficientes recursos para subsistir. La psicóloga González Vargas solo tiene un hermano, que es dos años mayor y tiene un diagnóstico de autismo.

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De los años de infancia tiene pocos recuerdos alegres. Las masacres marcaron a su comunidad y a su familia. Sus padres dejaban a los niños solos para ir a trabajar y eso los colocó en una situación vulnerable. La psicóloga decidió contar su historia a las mujeres con las que trabaja, las testigos y sobrevivientes de violencia sexual y esclavitud doméstica, según determinó el tribunal.

Les contó que cuando tenía cinco años fue tras su hermano, que jugaba en el patio de una casa en donde funcionaba una tienda. El dueño del local la llamó, le ofreció un dulce, la sentó en sus piernas y la violó. Les explicó por qué mantuvo el secreto durante muchos años, los traumas que tuvo y cómo fue su proceso para sanar.

A cambio, las mujeres que sobrevivieron violencia sexual le devolvieron empatía y sororidad. Lloraron con ella, la adoptaron como una más del grupo en esa hermandad en la que se han convertido desde que decidieron pedir justicia.

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Darlee Melissa González Vargas cuenta que la psicología le salvó la vida. Su madre le marcó el camino, porque a una edad adulta decidió estudiar y completó el profesorado en psicología. La educación salvó la relación familiar. Su mamá cambió, ella también. Sanaron heridas y pudieron avanzar.

La psicóloga de las mujeres achí siente que lo que ella vivió no puede compararse con el drama del grupo que buscó justicia. «No es por minimizar lo que me ocurrió, pero a ellas les frustraron el proyecto de vida. Por eso el juicio ha sido un proyecto personal para ellas. El juicio les ayuda a cerrar el círculo del dolor», explica.

Desde que el Bufete Jurídico Popular de Rabinal comenzó a documentar los casos ha brindado acompañamiento psicológico a las mujeres. Varias profesionales las han apoyado con terapias individuales y en grupo, y muchas mujeres han aprendido las técnicas de liberación del dolor, e incluso las repiten en su casa.

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En el grupo había 36 mujeres, han fallecido dos y hay una más, de 91 años, que está muy enferma.

A las que sobreviven les dan acompañamiento con visitas personalizadas en casa.

Durante el juicio, que inició el 5 de enero, las mujeres llegaron a la capital del país en varios grupos para presenciar las audiencias. Debido a que Rabinal queda a cuatro horas y media de distancia de la ciudad de Guatemala, fue necesario que durmieran en un hospedaje.

González Vargas, quien hace poco aprendió el idioma achí y empezó a usar la vestimenta de su región —porque en casa no siguieron con la tradición cultural del idioma y el vestuario, aunque su abuela siempre le habló en achí— cuenta que hacer estos cambios la han acercado más al grupo de mujeres y ha facilitado poner en práctica sus terapias.

Cuenta que identificó que la espiritualidad es muy importante para las señoras, así que cada mañana, antes de salir para las audiencias, rezaban. «Ellas tienen una carga muy pesada. Hay críticas, puede haber oposición de la familia, hay analfabetismo, son indígenas, padecen por la economía, hay quienes no tienen casa, pero aún así todos los días se levantan para vivir y seguir adelante», explica.

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Aunque ríen poco, González Vargas cuenta que hace actividades para que puedan estar alegres. Durante la jornada del juicio hubo momentos difíciles por el temor  a enfrentar a un tribunal y hablar ante los acusados. Pero en ningún momento dieron un paso atrás. El apoyo psicológico las ayudó a empoderarse, a seguir con el pedido de justicia a pesar de los tropiezos. En 2019 el caso se cayó porque la jueza Claudette Domínguez no creyó en los testimonios.

Durante el juicio muchas de las mujeres derramaron lágrimas y quedaron con un sentimiento de tristeza y dolor que debía atender antes de que se fueran a dormir.

Aunque en 2020, esta psicóloga dudó del aporte que podría dar como recién graduada, una experiencia reciente le ha demostrado que ha construido un vínculo con el grupo de sobrevivientes.

«Una noche me dijeron que una de las señoras estaba llorando. Ese día habían presentado varios de los testimonios y ella estaba mal, triste por recordar todo lo que pasaron. Yo estaba en mi habitación y escuché que ellas me llamaron. ‘Melissa, vení rápido que esto está pasando’. En ese momento yo me dije, verdaderamente soy un soporte para ellas».

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