Las columnas de este autor se enfocan, a menudo, en discutir críticamente las interpretaciones que, acerca de la realidad socioeconómica de Guatemala, mantienen los libertarios guatemaltecos. Su actividad intelectual incluye, además, la participación en actividades públicas que permiten un debate directo con exponentes, algunos de ellos muy serios, del neoliberalismo guatemalteco.
Dicha actividad, desde luego, no es fácil, ante todo por el bajo nivel argumentativo, muchas veces rayano ...
Las columnas de este autor se enfocan, a menudo, en discutir críticamente las interpretaciones que, acerca de la realidad socioeconómica de Guatemala, mantienen los libertarios guatemaltecos. Su actividad intelectual incluye, además, la participación en actividades públicas que permiten un debate directo con exponentes, algunos de ellos muy serios, del neoliberalismo guatemalteco.
Dicha actividad, desde luego, no es fácil, ante todo por el bajo nivel argumentativo, muchas veces rayano en el insulto y la descalificación, que se ha incrustado en las páginas editoriales de los rotativos guatemaltecos, como consecuencia del notorio compromiso de dichos medios con los intereses de las élites económicas nacionales Afortunadamente, la pluma de Álvaro Velásquez ayuda a contrarrestar, dentro de lo que cabe, la evidente manipulación de los periódicos guatemaltecos que se proponen consolidar la creencia de que existe un fuerte consenso en la sociedad guatemalteca respecto a los valores del individualismo neoliberal.
Debido a este continuado esfuerzo, he leído con sumo interés el reciente libro de Álvaro Velásquez, Ideología burguesa y democracia: Una aproximación al Movimiento Libertario en Guatemala y sus discursos (Serviprensa, 2013). A mi juicio, la mayor contribución de este ensayo consiste en plantear un primer esbozo de la cartografía ideológica del libertarismo guatemalteco. El libro no sólo sistematiza coincidencias y diferencias doctrinales, sino que también estudia las vinculaciones institucionales y sociales que permiten ver, como en una radiografía, la progresiva incrustación de fuertes enclaves individualistas en los ámbitos de formación de decisiones en nuestro país. El esfuerzo de Velásquez, por lo tanto, constituye un aporte valioso para dibujar las coordenadas que guíen los esfuerzos colectivos para desarticular la ideología de la desigualdad en Guatemala.
Un aspecto interesante del trabajo de Velásquez radica en la distinción de las diferentes vetas del neoliberalismo que se han desarrollado en nuestro país. El lector podrá enterarse de las polémicas en curso entre los seguidores de la escuela austriaca de economía, los objetivistas (partidarios de Ayn Rand), los neoclásicos y los partidarios del enfoque del Public Choice. Se nos presentan, por cierto, datos curiosos que reflejan los desacuerdos dentro de la Universidad Francisco Marroquín. Que el mismo Milton Friedman haya sido acusado de socialista es un ejemplo que dice muchas cosas respecto a la radicalización del discurso individualista en la Casa de la Libertad.
Velásquez nos hace ver, sin embargo, que tales diferencias internas retroceden frente a la oposición a todo lo que implique una acción colectiva organizada que tenga como meta oponerse al supuesto ideal de un mercado desregulado. En ese sentido, el autor aclara las razones por las que muchos usamos el término globalizador “neoliberalismo”. No es que desconozcamos las diferencias dentro del movimiento libertario. Solamente insistimos en asunciones compartidas dentro de un movimiento que plantea una visión restringida de la libertad para oponerse a cualquier modalidad de acción colectiva que, especialmente desde el ámbito del Estado, intente avanzar la realización de intereses realmente generalizables.
En este horizonte crítico, el libro de Velásquez ayuda a sustanciar una postura para evaluar la solidez de los ideales de la Universidad Francisco Marroquín. En efecto, si la línea doctrinal de esta casa de estudios fuese manejada de forma consistente, se tendría que criticar a aquellos sectores que han usado al Estado para realizar sus agendas “mercantilistas”.
Y es que uno quisiera que el ardiente rechazo contra todo movimiento social en favor de la superación de la injusticia en Guatemala se viese reflejado en una actitud crítica contra aquellos grupos que —cuando les conviene— pregonan el libre mercado, aun cuando en su momento se haya aprovechado de la corrupción de un Estado que muy pocas veces ha llevado bienestar a los que más lo necesitan. La conclusión es simple: si se practicara la integridad doctrinal que se predica, entonces la Universidad Francisco Marroquín perdería el apoyo económico que la hace funcionar como tal. Es claro, por lo tanto, que la actitud de esa casa de estudios está lejos de ser libre y, mucho más, de ser responsable.
El libro de Velásquez, en conclusión, es útil para comprender los perfiles de las ideologías individualistas en nuestro país. Y aquí no puede existir esa distinción artificiosa entre lo individual y lo colectivo; criticar el individualismo no supone negar el valor de la persona singular. Pero reconocer al individuo concreto también conlleva comprender que éste no puede prescindir de una comunidad en cuyo entramado relacional, las vidas concretas adquieren sentido. Si la misma noción de excelencia personal supone la realización de valores estimados socialmente, la misma idea de la libertad no puede significar una oportunidad de elección desvinculada de la responsabilidad frente a la comunidad. Las personas son auténticamente libres y responsables en la medida en que poseen una conciencia que les hace ver que es inaceptable apoyar las ideologías que justifican una desigualdad que ha surgido de prácticas históricas de corrupción.
Más de este autor