Tenemos problemas de seguridad, de pobreza extrema, de una economía de pocos, de educación, se nos vienen las consecuencias de toda una mala cultura ambiental. Hoy por hoy, Guatemala está sufriendo las consecuencias de todo un sistema político, legal y social que le da la espalda a la vida. A veces se nos olvida que el Estado y su quehacer público es ante todo un mero instrumento para lograr una sociedad que dé lo necesario para la vida digna de sus habitantes. Bien lo dice el primer artículo de nuestra Constitución Política: “el Estado de Guatemala se organiza para proteger a la persona” siendo su deber supremo el de garantizar “la vida, la libertad, la justicia, la seguridad la paz y el desarrollo integral de las persona” (artículo 2). Parece una realidad tan inalcanzable, tan diferente a lo que estamos viviendo ahora como país.
Hemos llegado a ser un país en donde de cada 100 niños menores de cinco años, 43 sufren de desnutrición crónica, el segundo índice más elevado del continente americano. Son niños de baja estatura, no por genética sino que por injusticia. La desnutrición crónica es irreversible. Hay también desnutrición crónica (un nivel menos preocupante que la desnutrición crónica), aunque en un bajo nivel, porque los extremos en Guatemala son costumbre ya. Solo hay que saber que tenemos 13 niños sobre 100 que tienen sobre peso. Un país rico de pobres y de hambrientos que se ha convertido en un escenario extremo y a futuro pinta peor.
Para algunos conocedores, lo que está en riesgo es nada menos que el futuro del país, porque la persona es lo que le da sentido a todo lo demás. Si se pone, al fin, a la persona humana en el centro del porqué de vivir en sociedad, se tiene el primer paso para comenzar a pensar en las soluciones. Después se debe crear una política y sus propios instrumentos para hacerla factible en impulsar los cuatro pilares para que haya Seguridad Alimentaria y Nutricional —es decir, nada más que lograr garantizar el derecho a la vida—. La disponibilidad de alimentos, el acceso de los mismos, asegurar el consumo y el aprovechamiento biológico de micronutrientes como el hierro, el yodo o la vitamina A son imprescindibles para el desarrollo de un niño.
Hace dos semanas, en el marco de las Jornadas de Análisis del Voluntariado Electoral de la URL, estudiantes de Ciencias Ambientales, de Nutrición y de Políticas reflexionaban sobre la situación de este país. Y fue interesante ver como giraba las opiniones de los estudiantes en torno a dos grandes debates. La primera era sobre la necesidad de políticas que permitieran dar herramientas para cambiar de rumbo como país. No sólo comenzar a pensar en cómo se invierte y a qué va el presupuesto, sino también que se comience a plantear proyectos de fomento productivo que ensanchen el mercado interno y las economías campesinas.
La segunda reflexión, fue de carácter ético. ¿Rescatar a los niños que estaban en desnutrición crónica aún sabiendo que eran niños en un estado irreversible, o mejor a las nuevas generaciones que pueden no tener una situación tan extrema? En lo personal me impactó porque comenzar a pensar en estos “cálculos” sobre la vida y la muerte, como dice Alejandro Flores, es algo a lo que nos está arrinconando el sistema y sus relaciones económicas y políticas. Decidir, porque al final, son los que hacen las políticas o los estudios, a quién salvar, es una decisión que cuesta plantearse, pero como dijo Manuel Castillo, de Ciencias Ambientales: “Debemos pensar en frío, ¿no?”.
Antes de salir de esa Jornada de Análisis, el conferencista nos dijo: “Las políticas deben tener una cara”. Porque si no la tiene será más fácil hacer un cálculo perverso. Y mientras tanto, los partidos políticos no hablan de este tipo de inseguridad tan antigua como estructural. ¿Hasta cuándo?
Más de este autor