Cynthia, una sobreviviente del Hogar Seguro comparte su vida mientras la justicia se tarda en llegar
Cynthia, una sobreviviente del Hogar Seguro comparte su vida mientras la justicia se tarda en llegar
Con pocos recursos y con el mundo en contra, en ocho años evolucionó física y mentalmente. Ahora es una mujer adulta joven, una madre emprendedora que se dice feliz y que ve al futuro con la motivación de darle una mejor vida a sus hijos. No es un cuento de hadas, es una historia que termina bien cuando otras concluyeron mal.
La historia de Cynthia Morales es la de una flor que creció en el concreto, clavó con fuerza sus raíces donde no había tierra, construyó una vida donde no llega la justicia.
Sus ojos están siempre sobre sus hijos, es sonriente, habla con voz suave sobre sus recuerdos y los vuelve a ver. Tiene 22 años, usa el pelo ondulado a media cola y tras los lentes de graduación resalta su mirada delineada y pestañas largas. Tiene las uñas pintadas y porta una blusa roja de tirantes. Juventud y madurez.
[No te pierdas cada martes en tu correo el boletín «Radar Político» donde te explicamos cómo va el país. Suscríbete aquí]
A primera vista es difícil reconocer que su vida y piel guardan evidencias de una de las tragedias más grandes de la historia reciente de Guatemala. Tenía trece años cuando, el 8 de marzo de 2017, junto a otras 55 niñas y adolescentes fue encerrada por la Policía Nacional Civil (PNC) en un aula de las instalaciones del Hogar Seguro Virgen de la Asunción, un albergue de la Secretaría de Bienestar Social (SBS).
De ese día le quedan dos marcas, las cicatrices de las quemaduras que sanaron, y un tatuaje borroso de la letra «R», recuerdo de los momentos de alivio y alegría que tuvo junto a su amiga Rosmery mientras estaban bajo resguardo estatal en ese lugar.
[relacionadapzp2]
La historia de lo que pasó en ese salón es conocida: tras protestar por las malas condiciones y los abusos sufridos, las niñas y adolescentes pasaron la noche hacinadas en un espacio de 6.8 por 7 metros donde cabían de pie solo 26 personas. No tenían agua ni baño, las autoridades ingresaron colchones de poliuretano altamente flamables que momentos después propagaron un fuego que duró alrededor de nueve minutos, tiempo que le tomó a la policía abrir la puerta.
De lo que se sabe poco es qué pasó con las sobrevivientes, cómo ha transcurrido su vida entre la impunidad.
Cynthia fue una de las 15 niñas que sobrevivió al humo, a las llamas, a los tratamientos médicos para sanar las quemaduras, al trauma psicológico que provocó el incendio, a las amenazas que recibió cuando contó su historia, a los prejuicios por haber estado en el Hogar Seguro y a la impunidad en la que ha permanecido el caso durante este tiempo.
El tiempo corre y pasa lento al mismo tiempo
Cynthia no esperó la justicia para continuar, de haberlo hecho permanecería detenida a la espera que ocho de doce exfuncionarios sean sentenciados por las omisiones o acciones que tomaron el 7 y 8 de marzo de 2017.
Desde el 10 de enero de 2024 esa espera parece menos desesperanzadora, o al menos hay algo que se mueve.
Cada semana (en ocasiones cada 15 días) la Fiscalía de Femicidio y bufetes que representan a las sobrevivientes y a familiares de las víctimas, asisten a al Tribunal Noveno Penal para continuar el juicio por incumplimiento de deberes, abuso de autoridad y maltrato contra personas menores de edad. En más de 70 audiencias, en ese juicio se ha desmenuzado el antes, durante y después del incendio para definir las responsabilidades y omisiones de los adultos que esos días estaban encargados de garantizar la integridad de las niñas y adolescentes.
Edgar Pérez, director de Bufete de Derechos Humanos (BDH), que en el juicio representa a familias de víctimas, explica que el hito principal del caso es que el debate por fin inició tras amparos, recusaciones y apelaciones.
En estos años el defensor ha visto pasar a peritos, testigos, expertos, médicos forenses, sobrevivientes y altos funcionarios. Después de ese desfile concluye dos cosas: que este es un juicio que afecta a los estratos políticos y sociales en varios niveles; y que es impactante saber (a través de declaraciones) que las niñas se pudieron haber salvado.
Aunque la fase de conclusiones en el debate oral y público no ha llegado, Pérez señala que es evidente que el sistema de protección que debió resguardar a las niñas y adolescentes del Hogar Seguro no funcionó.
«...estoy bien»
El fuego dentro del aula duró nueve minutos, pero los efectos se quedarán para toda la vida.
En los primeros años tras la tragedia, era común ver cada 7 de marzo y 8 de marzo a las madres de algunas víctimas y sobrevivientes reunirse en la Plaza de la Constitución, rebautizada como Plaza de las Niñas.
Las madres de víctimas solían reunirse entre velas y flores alrededor del altar con 41 cruces que simbolizan cada una de las vidas perdidas. Con el tiempo dejaron de llegar, algunas por amenazas tras declarar y denunciar. Ahora ya no hay madres, si la actividad se mantiene es por las organizaciones de mujeres que buscan que el caso no quede en el olvido.
Este año en otra esquina de la ciudad, Cynthia participó en actividades privadas y talleres junto a otras sobrevivientes. Cuando tuvo un espacio libre, Plaza Pública la entrevistó en la habitación de un hotel donde estaba hospedada.
Mientras conversaba sus hijos se distraían viendo videos en su celular. Por algunos momentos, el más pequeño, de 2 años, asomaba con curiosidad la cara detrás de la espalda de su mamá para saber con quiénes estaba hablando y por qué le tomaban fotos. Ella le tocaba los pies o la cabeza con cariño, él sonreía y volvía a acostarse junto a su hermano.
A Cynthia le reconforta abrazar a sus hijos y saber que hay avances en el caso: «La verdad me siento feliz porque a pesar de que han pasado ocho años, siento que entre el año pasado y este ha habido más progreso en el caso y han mejorado muchas cosas. Nos da un poco más de valor expresarnos de todo lo que hemos pasado y es una emoción ver que el caso ha ido avanzando. La verdad estoy bien», relató.
La última frase captura la carga de una flor que nace donde solo hay concreto, «...estoy bien» dice después de años en los que pasó severas depresiones. Si logró germinar, si logró crecer fue después de un largo proceso en el que recibió apoyo psicológico, médico y legal de organizaciones como el BDH y el Colectivo 8 Tijax (formado con voluntarias). Fue una de las pocas que logró salir de esa grieta oscura.
De las 15 niñas y adolescentes que sobrevivieron al fuego de ese 8 de marzo, una murió en un hecho violento, otra está en prisión por otro caso, nueve se mantienen en comunicación y ocho de ellas son madres jóvenes. El resto no tiene contacto con las demás o vive fuera del país.
«Yo en mi mente inmadura quería todo ya. A mí me prometían que esas personas iban a pagar por todo lo que nos habían hecho, ya quería salir de ese agujero en el que estaba estancada, quería sanar ya y la sanación estaba vinculada a que ellos pagaran pero con el tiempo me di cuenta que da igual si ellos están afuera o dentro, porque eso depende de mí», dijo.
Al mismo tiempo que Cynthia recibía atención médica para sanar las cicatrices y terapia psicológica para salir de la depresión, también formó una familia. Se casó a los 17 años y tiene dos hijos. Para sostenerse económicamente empezó a vender ropa usada a través de sus redes sociales. Eso la llevó también a ver videos en YouTube sobre colocación de pestañas postizas y uñas acrílicas. Con el tiempo aprendió y perfeccionó sus técnicas, y ahora trabaja desde su hogar, donde también vende chocobananos y helados que ella misma prepara.
Para ella trabajar desde su casa le permite generar dinero para su familia y al mismo tiempo cuidar a sus hijos, pero también evitar exponerse a críticas o prejuicios por sus cicatrices visibles y su historia. Entre esa cotidianidad, sus hijos pequeños han visto las marcas en su espalda y brazos y le preguntan qué le pasó.
«El nene más grande me ha preguntado que quién me hizo eso. Yo solo les digo que me quemé, pero no les he contado porque son muy pequeños y estoy esperando el momento para cuando ya puedan entenderme bien. Yo sé que en el futuro habrá gente mala que le puede hacer burla, por eso estoy esperando el momento indicado», contó.
[relacionadapzp1]
Todos estos detalles, aunque no se exponen en el juicio se abordan desde diferentes análisis de expertos. Por ejemplo, el abogado Pérez señaló que al revisar sus historias se evidencia que todas vivían en pobreza y algunas en pobreza extrema, que sus vidas desde ese momento no eran fáciles y que ahora llevan encima las secuelas de un trauma prolongado, además de las heridas que les provocó el fuego.
«Aunque algunas se desmayaron y no recuerdan lo que pasó dentro del aula, tienen en su memoria el pre y el post, estar dentro de los cadáveres y pasar el proceso de sanación física y fundamentalmente psicológico porque esto no es fácil de superar. En los padecimientos que se dan en el desarrollo humano se va creando la madurez. Un psiquiatra declaró que quienes tienen madurez son los adultos y son ellos quienes deben tomar las buenas decisiones», explicó Pérez.
Días antes de la entrevista, en el Tribunal Noveno Penal a cargo de la jueza Ingrid Vanessa Cifuentes, el Ministerio Público a cargo de la Fiscalía de Femicidio presentó seis de los colchones de pulioretano que esparcieron el fuego dentro del aula donde las niñas fueron encerradas. En esa diligencia fue posible observar una pequeña sandalia quemada, el vestigio de las vidas que se perdieron en el incendio.
Cynthia ve sus cicatrices y las usa como metáfora para hablar del dolor de la discriminación, dice que si uno no se expresa el cuerpo empiza a reaccionar, tanto que podrían infectarse las marcas del fuego. «Aprendí a encontrar un balance entre no dejar que te afecten (las críticas) pero que te importe solo un poco para poder aprender y crecer».
Mientras tanto sigue esperando justicia y contra todo pronóstico ve la vida y su futuro con esperanza y alegría.
«A unas personas mi historia les parece un milagro y a otros les parece un accidente más, o no les genera una opinión. Para mí sí fue un milagro y también fue una lección de vida porque la mayoría no sobrevive a cosas así. Uno se estanca mucho en sufrir y en querer que las cosas pasen ya, pero se puede salir de eso, requiere de mucha fuerza, de mucho valor», cerró Cynthia la entrevista mientras sus hijos se emocionaban por volver a tener su atención en la habitación de ese hotel.
Más de este autor