Imagino que esta es una más de las muchas voces que empiezan declarando el disgusto por los géneros musicales reguetón y trap latino, cultivados por Bad Bunny. Y, sobre todo, por las letras de sus canciones, usualmente la vida en la calle, las drogas, el sexo y la violencia. En muchas ocasiones estas letras recurren de manera insoportable e inaceptable a un lenguaje explícito soez, odas al machismo, a conductas misóginas y a la violencia contra la mujer.
Semejante perfil alimenta, no sin alguna cuota de razón, el prejuicio de que nada bueno podría esperarse de estas expresiones artísticas que seguramente transgreden reglas y respetos básicos. Se tiende a esperar ciertas coherencias y consistencias en el mundo en el que deseamos vivir y construir, y por ello, se considera poco probable que un artista como Bad Bunny pueda ejercer liderazgo legítimo para una causa noble.
Sin embargo, la realidad es siempre mucho más compleja que nuestras ideas, percepciones y prejuicios, por lo que, mantener una actitud humilde y preparada para aceptar aparentes contradicciones o incoherencias de la realidad, es un gran aporte a la sabiduría. Una lección ejemplar de esas aparentes contradicciones o incoherencias se produjo el domingo 8 de febrero de 2026, durante el espectáculo artístico del medio tiempo del evento deportivo estadounidense conocido como el Súper Tazón, o Super Bowl, la final del campeonato de la Liga de Nacional de Fútbol (National Football League -NFL-) estadounidense.
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Este evento deportivo encabeza los niveles de audiencia en Estados Unidos, y se calcula que alrededor de 125 millones de personas vieron esta edición de 2026. Debido a esta audiencia masiva, es tradicional que para el descanso de medio tiempo de ese encuentro deportivo se proyecten los mejores anuncios publicitarios comerciales y tenga lugar un espectáculo artístico popular. En años anteriores ese espectáculo lo han protagonizado los artistas populares más famosos en los Estados Unidos, y en 2026 lo protagonizó Bad Bunny, según la NFL, para «cumplir un objetivo comercial clave: aumentar la audiencia internacional y latina de la liga».
Pero lo que hizo Bad Bunny, por mucho y de lejos, fue más allá de un espectáculo artístico popular con fines comerciales. Utilizó sus, por lo visto, abundantes recursos creativos escénicos para sintetizar en tan solo 13 minutos una declaración política muy fuerte a favor de los pueblos de Latinoamérica, en especial, de las y los latinoamericanos que han migrado a los Estados Unidos. El mensaje no lo transmitió con lenguaje soez ni letras misóginas, sino recurrió a una iconografía fina y delicadamente diseñada, con bailes y canciones representativas de la cultura puertorriqueña y latinoamericana. Tuve que acudir a una explicación para identificar y entender los símbolos empleados: el sapo concho, la boda, postes de energía eléctrica, el cañaveral, el azul clarito (en el vestido de la cantante Lady Gaga), el puesto de venta de piraguas, el juego de dominó, la flor de maga roja, entre otros muchos, heraldos del orgullo y la identidad cultural de Puerto Rico y de Latinoamérica. Especialmente fuerte el final, en el que recuerda que América es el nombre de un continente, nombrando y enarbolando la bandera de cada país, enumerados de sur a norte, terminando con Canadá.
Al margen de mi disgusto personal por su estilo artístico, el señor Martínez Ocasio, o Bad Bunny, tiene todo mi respeto y admiración por un acto valiente, ingenioso y hábil, pero, sobre todo, legítimo y coherente con el esfuerzo de resistencia de toda Latinoamérica.
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