Por otro lado, está el wellness, palabra del inglés que significa bienestar y se define como una serie de técnicas para mejorar la salud emocional, mental y física desde una adecuada alimentación y autocuidado de los sentimientos y afectos. Según su desarrollador, Halbert Dunn, las personas pueden alcanzar un estado de bienestar si se hacen responsables de cambios en el estilo de vida, lo que debe incluir cuidado de las emociones, comer balanceado, hacer ejercicio y mantener una actitud positiva ante los retos de la vida diaria.
El coaching y el wellness, además, recomiendan iniciar el día con oraciones positivas que alimenten el buen humor y despejen sentimientos de derrota o de ira. Así, amanecer pensando en «tú puedes» y «tú eres el arquitecto de tu destino», deberían ser los ingredientes necesarios para tener una jornada feliz y sana, a nivel emocional, físico y mental.
Sin embargo, estas recomendaciones dejan fuera aspectos que forman parte de la vida cotidiana de miles de personas: el contexto social, del que no podemos estar ajenos; la historia familiar, los traumas, «al otro», etc.
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Dichas tendencias plantean que la salud integral y el éxito son responsabilidad única de cada persona. Por ejemplo, en una sesión de coaching, se hablaba del tema de la expresión corporal y gestual y cómo estas comunican a los demás estados de ánimo y sentimientos. Eso no se pone en duda. Lo cuestionable es que se aconseje a los participantes que proyecten una imagen feliz, de seguridad y de dominio de cualquier situación que se presente o entrenar los gestos faciales viéndose en el espejo. Estas sugerencias no parecen posibles de lograr y no porque sean difíciles sino porque cada persona es diferente, no depende únicamente de sí misma y debería tomarse en cuenta otros aspectos que rodean al individuo.
Por otro lado, resulta poco empático pedir a la población que logre dicho bienestar cuando sus necesidades básicas (vivienda, trabajo digno, salud, seguridad alimentaria y educación) apenas se pueden cubrir con el salario mínimo (Q4002.28 para actividades no agrícolas y Q3791.20 para actividades agrícolas, Q3409.73 en el área de exportadora y de maquila).
Por tanto, es una falta de respeto pretender estandarizar estos modelos de cuidado de la salud integral en un país con un índice de pobreza donde «más del 50 % de la población sufre pobreza multidimensional. La incidencia para 2023 es del 57.68 %, es decir, 6 de cada 10 personas viven en hogares que experimentan privaciones en al menos el 30 % de los indicadores» (Según actualización del Índice de Pobreza Multidimensional (IPM-Gt, con base en la ENCOVI 2023)
Otro aspecto por resaltar de estas propuestas es la exaltación del individualismo, ya que al responsabilizar a un solo sujeto de los problemas sociales se omite la dimensión colectiva. Esto es injusto e irreal.
Situaciones como la crisis económica general, inseguridad laboral, precariedad y violencia no pueden ser transformadas solo con tener pensamientos positivos. Tampoco son manejables con una adecuada actitud o aptitud personal. En otros casos, aconsejarle a un trabajador que, si el ambiente laboral es tenso o si tiene un «mal jefe», renuncie a su empleo es casi un acto de violencia simbólica. Seguramente le resultaría muy difícil ubicarse en otro trabajo, ya que en Guatemala el índice de empleo informal alcanza el 66 % según informes del Instituto Nacional de Estadística (INE), y esta informalidad no garantiza prestaciones laborales como acceso al seguro social, salario digno, estabilidad laboral, aguinaldo o vacaciones
En definitiva, las propuestas del coaching y del wellness no garantizan la felicidad en una sociedad como la guatemalteca. Posiblemente pueda tomarse algunos aspectos para salir del paso en un mal día, pero para cambiar de vida son poco aplicables.
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