Entra un poco de nostalgia al rememorar la hora de las refacciones. Si los viajes eran largos, se comía a medio camino, en el vehículo: huevos duros con salsa de tomate o sanguches de pollo con mayonesa. Al llegar al destino del paseo, y si las posibilidades económicas lo permitían, venía la gallina o el pollo asado con chirmol de tomate, frijoles volteados y tortillas.
Creo que nadie se cuestionaba de dónde salía esa comida. Se daba por hecho que habría eso y más. Era muy rico tener la certeza de los alimentos bien preparados, higiénicos y seguros.
Pero ¿quién se encargaba de preparar esa comida? ¿Cuánto tiempo requería —la madre, la abuela, las tías— antes del paseo o del viaje para cocinarla? Varios días, entre la compra en el mercado y su preparación.
Este es solo uno de tantos ejemplos del tiempo que dedican las mujeres a los cuidados del hogar y a sus familias. A estas se les llama tareas de reproducción y en general son atribuidas a nosotras con el pretexto de que «nacemos más capacitadas que los hombres para ejecutar estas labores».
Eso no es verdad, cualquier persona adulta que goce de salud física y mental (es decir, que no tenga alguna condición que merezca de cuidados especializados) puede realizar estos trabajos.
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Pongamos atención a las horas que dedica una mujer al cuidado de la casa y de los hijos e hijas: es un tiempo que no se ve, no se mide y no se paga. Además, se nos ha hecho creer que las labores domésticas se realizan por amor, por abnegación, y que no debe cuestionarse por qué no se reconocen; y, lo que es peor aún, siguen sin remunerarse.
Según Ana Virginia Moreira Gomes, Directora Regional de la OIT para América Latina y el Caribe: «Cuando el cuidado recae principalmente en las mujeres, no es una decisión individual: es una desigualdad estructural». Esta realidad no solo afecta las trayectorias laborales y los ingresos de las mujeres. También tiene implicaciones para la productividad, la sostenibilidad del bienestar y la justicia social
Y agrego: no solo hay efectos económicos y laborales. También están las emocionales que derivan del cansancio, la indiferencia y las pocas posibilidades de un cambio estructural y sistémico que deje de ver a los seres XX como las únicas encargadas de los cuidados de las familias y sus integrantes.
Casi nadie se pregunta por el costo real que implica para una mujer estar a cargo de todas las tareas domésticas y de cuidado. Se asume, por ejemplo, que un ama de casa «no trabaja» porque no tiene un empleo remunerado y, por ende, no aporta económicamente al hogar. Sin embargo, cada actividad realizada en una casa conlleva esfuerzos de todo tipo que, además, sostienen la educación de las nuevas generaciones y permiten a la persona proveedora realizarse en otros ámbitos, como el académico y el laboral. Con ello, el hombre —quien regularmente asume ese rol en las familias, el de proveedor— puede acceder a cuentas bancarias, propiedades y a una educación que le permita cierta independencia económica (por supuesto, en el caso de quienes cuentan con trabajos estables que respetan derechos laborales, prestaciones de ley y ofrecen un salario acorde con las necesidades actuales).
No es amor, decía Silvia Federici (historiadora y filósofa italiana) es trabajo, todo lo que realizamos las madres, abuelas, tías, al aceptar que estas labores son responsabilidad nuestra:
«Aun así, lo poco natural que es ser ama de casa se demuestra mediante el hecho de que requiere al menos veinte años de socialización y entrenamiento día a día, dirigido por una madre no remunerada, preparar a una mujer para este rol y convencerla de que tener hijos y marido es lo mejor que puede esperar de la vida. Incluso eso, raramente sucede. No importa lo bien que se nos entrene, pocas mujeres no se sienten traicionadas cuando tras la luna de miel se encuentran a sí mismas frente a un fregadero sucio. Muchas de nosotras aún mantenemos la ilusión de que nos casamos por amor. Muchas otras reconocemos que nos casamos en aras de conseguir dinero y seguridad; pero es momento de reconocer que, aunque el dinero que aporta es bastante poco, el trabajo que conlleva es enorme. Es por ello que las mujeres mayores siempre nos dicen: “Disfruta de tu libertad mientras puedas, cómprate lo que quieras ahora”. Pero desafortunadamente es casi imposible disfrutar de ninguna libertad si, desde los primeros días de tu vida, se te entrena para ser dócil, servil, dependiente (…)» Silvia Federici, 2013, Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas.
Aunque muchas nos transmitieron esta educación inadecuada desde que fuimos niñas, me llena de esperanza ver y escuchar las experiencias de mujeres mayores de 65 años que se rebelan y salen a pasear en grupos de amigas, de iglesia e incluso de vecinas, sin llevar a los hijos o hijas y sin hombres. Por fin pueden tomarse un descanso de esas tareas que son una construcción social impuesta a nosotras. Con el tiempo, podemos desaprender y recuperar parte del espacio para el ocio que merecemos, entre otros derechos.
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