Crecí rodeada de palabras, versos y narraciones. Mi abuela materna era experta en recitar versos cada madrugada. Incluso la última vez que estuve con ella, dijo algunos: «ojitos negros por qué me miran así, tan alegres para otros y tan tristes para mí». Es probable que los haya aprendido de alguna canción ranchera de antaño. No lo sé, no me dio tiempo a preguntarle.
Mi madre es experta en relatar los sueños que tiene por las noches. Es su ritual cada mañana, según ella, para protegerse de que se vuelvan reales. Así que vengo de mujeres que nunca callan a pesar de todo. Hablar, leer y escuchar se relacionan con la pasión por escribir.
Al volver la vista atrás, una se encuentra con mandatos sociales que han intentado mantener en silencio a las mujeres. Tanto para hablar como para escribir. Sin embargo, hemos encontrado formas para expresarnos. Tal es el caso de escritoras que tuvieron que publicar con seudónimos o nombres masculinos. Por ejemplo: Charlotte Bronte quien publicó con el nombre de Currer Bell; o Jane Austen quien firmaba sus obras con el nombre de «Lady», por mencionar algunos casos. La lista puede ser muy larga si se toma en cuenta otros escenarios y contextos como el latinoamericano y, además, si se le agrega que las mujeres de otros tiempos y latitudes no tenían acceso a la educación formal; esto les impedía aprender a escribir o a leer. En algunas ocasiones, la única forma en la que una mujer accedía a libros era entrando al convento, como le ocurrió a sor Juana Inés de la Cruz.
De cualquier forma, las mujeres hemos tenido ese otro elemento imprescindible de comunicación: hablar. Esto nos ha permitido escuchar conocimientos y experiencias de generaciones anteriores.
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No obstante de chistes, bromas, hasta refranes e incluso poemas que mencionan como una virtud femenina al silencio: «Gallina ponedora y mujer silenciosa, valen cualquier cosa», por ejemplo; las abuelas, madres e hijas siguen hablando. La importancia de este hecho es la transmisión de saberes a través de la tradición oral, misma que también permite guardar gran parte de la memoria de las mujeres que no pudo ser escrita y que ahora, es una especie de deber de estas generaciones trasladar al papel. Esa es una de las principales razones por las que escribo, aunque en un primer momento, mi necesidad de escribir surgió para acompañarme a través de los diarios personales cuando era adolescente.
A pesar de haber escuchado, durante años, comentarios de académicos y teóricos de la literatura para que me dedicara a la crítica literaria más que a la escritura, decidí romper con todos los moldes establecidos y me atreví a publicar mi primera antología de cuentos (autogestionada) durante el aislamiento provocado por la pandemia: «Hilos al viento». Esta colección tiene dos componentes vitales: la ira y la rabia. Nació por la necesidad de nombrar y honrar a las mujeres de linaje y que me han sostenido. Cada cuento me permitió desahogarme y liberarme de sentimientos hostiles y tóxicos.
Para mí, la literatura se nutre de la realidad. No puedo encasillar lo que escribo en etiquetas o mandatos teóricos, menos aún si han sido dictados por hombres. Observo a las personas en la calle. Escucho lo que dicen, lo que cuentan. Hablo poco con desconocidos: prefiero atender a los detalles —la expresión de los ojos, lo que dicen las arrugas, lo que insinúan las canas—. A esa observación le sumo una dosis de imaginación y de ahí nace la materia de mis narraciones. También escribo desde las historias de las mujeres que me rodean; leerlas es, de algún modo, una forma de desobediencia.
Por eso creo que escribir también es una forma de resguardar la memoria de las mujeres, incluso la que nunca fue contada.
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