Coro de la inolvidable canción «Ojalá» de Silvio Rodríguez que hemos cantado varias generaciones.
Cuando era niña, mi papá hablaba de la «canción de protesta». Al escuchar «Casas de cartón» y «No basta rezar» de los Guaraguao aprovechaba para explicarme que no todas las canciones trataban sobre el «amor». Había otras: las que invitaban y motivaban a la lucha, al respeto por la vida de todo ser humano, a la «revolución».
No le entendía, pero me emocionaba verlo tan lleno de esperanza por el cambio, por la posibilidad de justicia social a todo nivel. Él murió hace cuatro décadas y no fue testigo de ninguna transformación. De hecho, creo que ahora viviría muy frustrado; su utopía tampoco se habría logrado.
Haciendo retrospectiva, encuentro un lugar común con mi padre respecto a este tipo de canciones: él las conoció mientras estudiaba en la Universidad de San Carlos De Guatemala, casa de estudios a la que yo también asistiría años más tarde. Aunque él no terminó su carrera, aprendió algo más que los cursos de un programa. Estudiar en la USAC, en los años 70, era llenarse de pasión incendiaria y de ideales por una vida digna y el respeto a los derechos humanos de todas las personas. El aprendizaje iba más allá de las aulas y la conciencia no solo se formaba con las lecturas críticas de filósofos o sociólogos, por ejemplo.
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Otra educación era posible a través de las reuniones en los patios, en las asociaciones de estudiantes, la participación en marchas multitudinarias que clamaban por la libertad, la igualdad y la justicia. Todo esto era acompañado de música que se convirtió en referente de los movimientos estudiantiles de aquellas épocas y que todavía resuena cada vez que estas agrupaciones hacen presencia para exigir sus derechos y los de la población en general. Esto es parte de una herencia cultural que dejaron los estudiantes organizados de finales de siglo XIX y XX a los actuales (ver artículo en Origen de la AEU | Plaza Pública).
El punto de convergencia entre la experiencia de mi papá y la mía, me lleva a recordar esas emblemáticas canciones que llenaron de ilusión a, por lo menos, dos generaciones de (estudiantes y población en general), por ejemplo «Gracias a la vida», «La cigarra» (ambas interpretadas por Mercedes Sosa), «Todavía cantamos» (Víctor Heredia), entre tantas. Después, ya como universitaria, descubrí que este canto por la vida y la esperanza se reinventaba con nuevas propuestas artísticas en la voz de cantautores guatemaltecos como Fernando López, Gad Echeverría y Roni Hernández. De López, me llena de mucha emoción, y en este contexto hasta me hacen llorar: «A vos, rebelde primavera» y «Aquí solo queremos ser humanos».
Estos artistas presentaban su propuesta musical en La San Carlos —como la llamamos muchos— allá por los años 80 y 90. Afortunadamente, ahora es posible resguardar la memoria histórica artística de la USAC para que no quede en el olvido.
Más allá de romantizar lo que fue la «U» hace décadas y la música que acompañaba las batallas libradas por estudiantes y trabajadores, se debe reconocer que es la única opción que tiene la mayoría de la población para cursar estudios superiores. Además, la música y otras expresiones artísticas forman parte de la historia de la universidad y son también el vínculo que une a las generaciones que han pasado por ahí.
Prefiero no perder por completo la esperanza: quizá este archivo histórico musical pueda encender la chispa en nuevas generaciones de estudiantes para que defiendan no solo un pasado idílico, sino la autonomía y la democracia dentro de la USAC.
Crecí pensando que era posible ver realizado el ideal universitario de mi padre. Aunque, de momento, deba recoger los pedacitos de mis utopías universitarias rotas, no dejo de sentir la llama en el pecho que me motiva a luchar por mi alma máter.
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