Me observó con extrañeza y me preguntó: ¿Se puede leer eso? ¿Crees que vale la pena? Estas dos preguntas llevaban varios mensajes ocultos que no vienen al caso, porque lo único que alcancé a contestarle fue que el personaje femenino de Lisbeth Salander estaba muy bien construido.
Con esta respuesta solo pude mencionar una arista de lo que para mí significan las novelas que forman parte de la trilogía: La chica que soñaba con un cerillo y un bidón de gasolina (2005) y La reina en el palacio de las corrientes de aire (2006).
¿Por qué me parece que Lisbeth Salander es un personaje pensado con cuidado? Porque ella representa la fuerza que muchas quisiéramos tener para vencer a los distintos tipos de violencia que sufrimos las mujeres. Las tres novelas son una metáfora que muestra de manera literaria al sistema-mundo, entendido como la situación de violencia generalizada que afecta a las mujeres.
¿Por qué hablo de sistema mundo? Porque Larsson narra, a través de la vida de la protagonista, cómo el sistema de justicia está diseñado para que el maltrato se perpetúe en contra de las mujeres. Él elabora una estructura en la que cada columna se entrelaza para lograr la impunidad en casos de «violencia familiar». Tal es el caso, que instituciones como la Policía, los Servicios Sociales para protección a la infancia, Juzgados, Instituciones de salud mental, entre otros, se encuentran interconectados para la poca asistencia o, como está planteada la trama de la novela; se culpe, revictimice y se castigue a todas las mujeres que aparecen en la historia narrada.
No tengo parámetros para calificar a estas novelas como una «obra literaria» porque ese no es mi propósito. Las tres relatan en sus páginas lo que todas hemos vivido. Y no me refiero solo a la violencia sexual o física. Hablo del silencio, del dolor, de la vergüenza y de la soledad en la que puede quedar una mujer que no se atreve a denunciar porque sabe o intuye que no será escuchada.
[frasepzp1]
Algunas personas dirán que es una exageración y que las mujeres cada vez más están en contra de los hombres. Eso no es verdad. Nada tenemos en contra de ellos. Solo es que estamos llegando al hartazgo por los distintos muros con los que nos topamos al querer denunciar.
En Guatemala existe una ley contra el femicidio aprobada a través del Decreto 22-2008 Ley contra el Femicidio y otros tipos de violencia en contra de la mujer, que en su artículo 1 expresa:
Artículo 1. Objeto y fin de la ley. La presente ley tiene como objeto garantizar la vida, la libertad, la integridad, la dignidad, la protección y la igualdad de todas las mujeres ante la ley, y de la ley, particularmente cuando por condición de género, en las relaciones de poder o confianza, en el ámbito público o privado quien agrede, cometa en contra de ellas prácticas discriminatorias, de violencia física, psicológica, económica o de menosprecio a sus derechos. El fin es promover e implementar disposiciones orientadas a la erradicación de la violencia física, psicológica, sexual, económica o cualquier tipo de coacción en contra de las mujeres, garantizándoles una vida libre de violencia, según lo estipulado en la Constitución Política de la República e instrumentos internacionales sobre derechos humanos de las mujeres ratificados por Guatemala.
Aunque es una ley que sí busca y promueve la protección de las mujeres en Guatemala, en la práctica está muy lejos de cumplirse tal como está diseñada. Han pasado ya 18 años desde su promulgación y todavía no se puede denunciar a los agresores sin temor a parecer desequilibradas, exageradas o mal intencionadas.
La violencia contra nosotras es real cada día. Desde el hombre que mira a las jóvenes y comenta de manera sexual sobre sus cuerpos o cómo están vestidas, hasta aquel que, ante un mensaje que supuestamente «solo fue una broma», dice: «Dígale al hombre que viene con la camisa de fuera que mejor se baje la bragueta y mire mejor lo que hay adentro». Está el mengano que se sube al bus y se frota contra las niñas y adolescentes que usan el transporte público, o el médico que se niega a atender a una mujer que fue violada para «evitar trámites en el Ministerio Público o en el INACIF», entre otros.
Eso es lo magistral de la obra de Stieg Larsson. Él narró, en la historia de Lisbeth, lo que el sistema patriarcal permite hacer a todas las instituciones que deberían velar por la vida de las mujeres, pero no lo hacen. Y, aunque fue escrita en Suecia hace dos décadas y basada en aquella realidad y la de Europa del Este; la narración nos alcanza porque a pesar de los años, la atención a víctimas de violencia de cualquier tipo nos queda debiendo.
Más de este autor