La única canción que me gustaba era «¿Quién me ha robado el mes de abril?» (El hombre del traje gris, 1988). Tampoco en aquella época le había puesto mucha atención.
Hace algunos meses escribí sobre los mensajes de las canciones comerciales y la visión que plantean sobre las relaciones de pareja. Sabina no está fuera de esta forma de ver al amor, pero algunas de sus letras son brutalmente honestas acerca de algo tan complejo como es el intercambio de sentimientos entre dos personas.
Pero ¿qué era lo que me molestaba tanto de algunas de sus canciones? Ese mensaje que no concordaba con los demás que escuchaba en la radio en esos años. Por ejemplo, recuerdo sentir tanto disgusto al escuchar «Pobre Cristina» (Mentiras piadosas, 1990) porque retrataba a una mujer muy sola y triste, además jugaba con las palabras y mi nombre: Cris, Cris, Tristina…
La vida y sus vueltas me llevaron a tener que escuchar sus canciones durante horas seguidas, hecho provocado por la obligación de viajes aburridos, extensos y no negociables. A eso debía sumarle el hartazgo y la decepción sobre la «idea romántica» que todavía conservaba del «amor» entre dos personas.
En esas travesías silenciosas escuchaba una y otra vez la misma lista de reproducción, hasta que cada verso empezó a exigir atención. Comprendí por qué esas canciones me sacaban de mi zona de confort: me enfrentaban a una idea del amor distinta.
Sentada ahí, una frase se volvió inevitable: Yo no quiero comerme una manzana dos veces por semana sin ganas de comer («Contigo» / Yo, mí, me, contigo, 1996). La imagen me cayó como un regaderazo de agua fría en enero. ¿Qué era esa manzana?, ¿por qué esa frecuencia?
La metáfora se volvió clara: nada es para siempre. Incluso la manzana más dulce empalaga cuando se repite sin deseo. Hay vínculos que, por insistir en la costumbre, dejan de tener sabor.
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Así surgió la necesidad de tener una lectura significativa de las letras de otros temas musicales de Sabina. Por ejemplo: «Mentiras piadosas»: Yo le quería decir la verdad/ por amarga que fuera / contarle que el universo era más ancho que sus caderas / le dibujaba un mundo real/ no uno color de rosa/ pero ella prefería escuchar mentiras / piadosas (1990).
Todas estas letras me llevaron a la pregunta incómoda: ¿de verdad preferimos escuchar mentiras y vivir una relación que aparenta estar bien cuando en realidad nos estamos muriendo de aburrimiento?
Creo, quiero creer que ninguna persona desea permanecer en una relación sexo afectiva solo por el qué dirán, por seguir las reglas o por mantener una «familia unida» con base en engaños y traiciones.
Claro que alguien podrá argumentar que las relaciones deben cuidarse, cultivarse y sostenerse, pero ¿a qué precio? ¿Será que ambas personas en una pareja pueden y quieren dedicar el mismo tiempo a ese cuidado? ¿Acaso no es más sano el adiós?
La letra de «Nos sobran los motivos» resuena con experiencias afectivas que cuesta aceptar. En ella encontrarás instancias en que describe dudas, renuncias y desencuentros de forma muy directa. Tiene verdades que pueden incomodar, porque revelan cómo a veces nos aferramos a vínculos que ya no nos sostienen. Aquí puedes escuchar una de sus versiones.
Sabina logra escribir letras que se acercan más a lo que sí vivimos los mortales en cuestiones amorosas: nada de amores eternos, renuncias o falsas promesas. Por eso algunas oscilan entre la nostalgia y el deseo, por ejemplo: «Con la frente marchita» que en uno de sus versos dice: No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. O en «Y si amanece por fin» que invita a dejarse llevar por el deseo: Olvídate del reloj/ nadie se ha muerto por ir sin dormir/ una vez al currelo[1]/ ¿Por qué comerse un marrón? cuando la vida se luce/ poniendo ante ti un caramelo.
Tal vez por eso conviene desconfiar de las mentiras piadosas y atender al deseo mientras existe: incluso los caramelos y las manzanas con piel pierden su encanto cuando la costumbre los vuelve obligatorios.
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[1] Trabajo
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