Leer puede ser una actividad profundamente íntima y enriquecedora. Escribir puede ser liberador, dependiendo para qué se realice dicho acto.
Estas capacidades se aprenden en primaria, aunque las bases para este aprendizaje se sienten en la educación parvularia. En cualquier caso, perfeccionar la lectura y la escritura –si es que se puede decir de este modo– nos lleva toda la vida.
Los procesos de lectura y escritura son transversales. No son exclusivos de una asignatura a pesar de que en Comunicación y Lenguaje se expliquen sus definiciones y se propongan las estrategias para aprenderlas. Entonces, si dichas estrategias se enseñan y practican a lo largo de los ciclos educativos previos al universitario, ¿por qué los resultados de la evaluación nacional siguen siendo tan bajos?
Los logros alcanzados en lectura durante 2024 son preocupantes. Según el Ministerio de Educación en su informe de Resultados Generales de Evaluación, de 4 716 establecimientos educativos en los que se evaluó a 146 833 estudiantes graduandos, la lectura alcanzó el 35.53 % de calificación.
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La mayoría de los conocimientos de otras materias escolares se aprenden a través de leer y se ponen en práctica por medio de la escritura. De ahí que, para resolver un problema matemático, antes se lea y, además, se comprenda qué dice ese texto para dar una –posible– respuesta correcta. Esto se refleja también en los bajos resultados en el área de Matemáticas: 12.9 % según el informe citado.
Para aprender hay que leer, para aplicar hay que escribir. Esto es así en todas las áreas de aprendizaje. Por más práctica que sea una materia, la lectura y la escritura atraviesan toda forma de adquirir conocimientos y de aplicarlos.
Pero, no solo se lee para aprender en la escuela o en sistemas de educación formal y no formal. Leemos todo el tiempo: direcciones viales, instrucciones en los cajeros automáticos, recetas médicas, manuales de electrodomésticos, entre otros. De igual forma escribimos a lo largo de toda la vida: formularios, notas, informes laborales, boletas bancarias, cartas, opiniones en redes sociales, etc.
Por eso es indispensable contar con estrategias que permitan la comprensión lectora de varios tipos de textos. Y no, esto no se logra tomando cursos de lectura rápida. Alcanzar la velocidad adecuada para llevar el hilo de lo que se lee es importante, pero no lo único. Alguien puede leer 300 palabras por minuto y no recordar o no captar cuál es la idea central que está transmitiendo el texto.
Lo mismo sucede con la redacción. ¿Por qué es tan importante escribir bien? Porque su función principal es la de comunicar. Seguramente alguien va a leer lo que una persona escriba: ya sea una tarea escolar, mensajes de WhatsApp, correos electrónicos, publicaciones en redes sociales, entre otros. Una buena redacción no solo se trata de ortografía y gramática: las ideas y el pensamiento –de quien escribe– debe estar reflejado en el texto de manera que sea comprensible para los lectores; además de tener una intención específica. Porque al escribir hay otros objetivos comunicativos implícitos: convencer, persuadir, informar, enamorar, dirigir.
Ya que estamos ante una época de hiperinformación y un despliegue descomunal de escritos en redes sociales; vale la pena identificar si lo que leemos es real (tener una actitud crítica ante lo que se presenta como verdad) y si lo que opinamos a través de publicaciones aporta algo a la infinidad de lectores digitales que ahora abundan.
También es preponderante que los entes encargados a nivel de educación nacional evalúen qué pasa con estos procesos de lectura y redacción, ¿por qué siguen saliendo tan bajos estos resultados si se practican por tanto tiempo en la escuela? ¿Qué estamos haciendo mal?
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