Según Iván Solís Rivera: «Los Therians (o teriantropos) son personas que se identifican, a un nivel psicológico o espiritual, con un animal no humano. No creen ser físicamente el animal, sino que sienten que su esencia interna, su “yo”, está ligada a una especie animal específica, a la que denominan su “teriotipo” (o theriotype). Esto nos lleva a la pregunta: Therians humanos: ¿padecen trastorno mental?»[1].
En lo particular creo que sí existen personas que tienen ese tipo de identificación y también que, cuando esa condición les provoca serios trastornos en su vida y dificultan la vida de quienes los rodean, merecen un cuidado y un tratamiento específico desde un enfoque psicológico especializado. Por sentado se da el respeto que se debe tener por ellas.
Pero que de la nada surjan tantos casos como si se tratase de una pandemia que, además, afecta a los países con más problemas económicos y sociopolíticos, pues, me provoca el zumbido del dicho suramericano: «A mí no me engañás chaleco que yo te conocí con mangas». Suficiente he vivido en un país de tercer mundo para saber de los distractores sociales que se utilizan cuando se quiere masificar una tendencia desinformadora o situar a una colectividad en un estado de mirar musarañas por todos lados.
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En nuestro país, junto al fenómeno de los therians, están apareciendo (en orden a las próximas elecciones) viejos y nuevos politiqueros, preparándose desde ya para contender por espacios políticos que les permita copar puestos de elección popular o hacer los méritos necesarios para, –si les suena la flauta–, ser nombrados a dedo en puestos públicos. Léase tal cual: politiqueros. Me refiero a esas personas que argumentan de política con una ligereza monumental y sientan cátedra como si fueran maestros de la ley «confundiendo a los godos, los visigodos, los hunos y los otros»[2]. No hace más de ocho días vi un reel donde un diputado pontificaba diciendo que la Universidad de San Carlos de Guatemala cumplió 475 años y que fue fundada en 1576. ¡Por el amor de Dios!, cualquier persona medianamente ilustrada sabe que la Universidad de San Carlos fue fundada en 1676 y recién cumplió 350 años de existencia. Encima de ello, si a 2026 resta 1576 tiene como resultado 450, no 475. Como diría mi abuela materna: «Sobre llovido, mojado». Es decir, una situación terrible que se magnifica sobre lo malo.
Reitero: «A mí no me engañás chaleco que yo te conocí con mangas».
Y en los otros cuentos, de nuevo están acometiendo los antivacunas asegurando que quienes fuimos vacunados contra el virus responsable de la pandemia de Covid-19 moriremos a causa de un infarto del miocardio en un lapso de tres años a partir de este 2026. Recuerdo que cuando llegaron las primeras vacunas a Guatemala aseguraron que el infarto sobrevendría en tres meses, después el tiempo se alargó a seis, ahora ronda por los tres años. ¿Qué pretenden? Daño ya provocaron, y mucho. A principios de este mes los casos de sarampión se habían disparado y sigue creciendo el número. ¿Hasta dónde?, ¿hasta cuándo?
En el orbe de las universidades confiadas a la Compañía de Jesús se nos enseña que, como un enfoque práctico del pensamiento ignaciano, se debe encontrar a Dios en todas las cosas y en todas las personas. Una manera de mejor amar y mejor servir. Ese propósito es el que me impele no pocas veces a enfrentar –juiciosa y racionalmente– los despropósitos de quienes mienten, confunden y desinforman.
Por favor, amigo lector, no se deje confundir. Si por acaso aparece alguien por allí diciéndole que se va a infartar por haberse vacunado o que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina, respóndale con toda seguridad: «A mí no me engañás chaleco que yo te conocí con mangas».
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[1] https://humanitas.edu.mx/blog/academico/therians-humanos-desde-la-psicol...
[2] Dicho popular
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