El «Buen Vivir», o Sumak Kawsay, no es una abstracción romántica. Es una filosofía de vida que promueve la armonía entre los seres humanos, la comunidad y la naturaleza. En Guatemala, este concepto late con fuerza en nuestras raíces mayas, bajo el respeto absoluto a la red de la vida. No se trata de un modelo impuesto desde escritorios lejanos, sino de una práctica que nutre tanto el cuerpo como el espíritu.
Lo vivo a diario en mi pequeña parcela. No hay mayor satisfacción que el cultivo del maíz negrito, una semilla que es memoria y resistencia. En la milpa, el disfrute no es solo el resultado, sino el proceso: cosechar chilacayotes tiernos para un guiso reconfortante o dejarlos sazonar para los dulces tradicionales; ver crecer los güisquiles, los vegetales y las hierbas que brotan con generosidad. Esta soberanía no solo alivia el bolsillo al no depender del mercado para comer, sino que permite reconectar con la Madre Tierra. Es un vínculo de cuidado y respeto; ella nos alimenta sin necesidad de abonos industriales ni pesticidas que aniquilan el equilibrio de los ecosistemas. Comer lo que uno siembra es reconocer que la tierra solo necesita que la tratemos con dignidad para darnos salud.
Debemos contrastar esta visión con las recetas fallidas que, durante décadas, han sugerido entidades internacionales. Mientras nos prescriben suplementos y acciones de «bajo costo», el panorama global ha dado un giro dramático. En la reciente Cumbre de Davos, las voces del poder económico han admitido el fracaso: funcionarios de alto nivel de EE.UU. declaran abiertamente que la globalización, tal como se concibió, no funcionó. Por su parte, el primer ministro de Canadá ha señalado que el orden mundial que conocíamos ha finalizado; el multilateralismo está en crisis.
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En esta geopolítica convulsa, nuestro país sigue siendo visto únicamente como un depósito de materias primas y un mercado de consumidores. Por ello, hoy más que nunca, el «Buen Vivir» es una de las vías de salida, frente a un modelo económico basado en el crecimiento infinito y la acumulación, esta filosofía nos enseña que el bienestar no nace del enriquecimiento material, sino de la suficiencia y la reciprocidad. En lo económico, el «Buen Vivir» propone una economía social y solidaria donde la producción respeta los ciclos naturales y los recursos se consideran finitos. En lo social, busca la equidad real, donde la riqueza se mide por la calidad de los vínculos comunitarios y no por el saldo bancario.
Es momento de decolonizar nuestra alimentación y nuestra economía. La autonomía alimentaria es un acto de resistencia frente a una globalización –sistema fracasado- que nos enferma. Debemos recuperar el conocimiento de nuestros antepasados, quienes sostenían dietas variadas y sostenibles mucho antes de la era industrial. La ciencia confirma que la dieta de los antiguos mayas era superior en equilibrio a la de muchas civilizaciones contemporáneas, y evitaba la degradación que hoy provocan los monocultivos.
En la Guatemala actual, defender esta visión significa acuerpar a las comunidades en su reclamo por la tierra y el agua. Resulta una ironía dolorosa observar cómo se criminaliza al campesino que protege su territorio, mientras el sistema ignora las estructuras criminales de cuello blanco. Para el sistema, parece ser más peligroso quien cuida el río que quien lo contamina.
En este 2026 pasemos a la acción. El «Buen Vivir» no es una utopía; es el regreso a las raíces que nutren. Es entender que no necesitamos acumular para vivir bien, sino convivir en equilibrio. Defendamos nuestra tierra honrando a quienes la siembran y la protegen. Solo con respeto e integración tendremos alimento —y dignidad— para todos.
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