Mis hermanos Q’eqchi’ me recibieron en sus casas y escuelas. En esas caminatas con mis amigos Juan y Renato, encontré algo que me marcó: un médico cubano visitando familias en aldeas donde solo se llegaba por vereda. Ver a personas que jamás habían tenido acceso a la salud siendo atendidas por un profesional fue increíble. En aquel tiempo, si alguien enfermaba de gravedad, la única opción era una avioneta hacia Cobán, costeada por el esfuerzo colectivo de la comunidad.
Aquel doctor, con quien coincidí luego en Lancetillo (nombre de la comunidad de centro), me hablaba de su labor con una mística envidiable. A pesar de las carencias de insumos químicos, utilizaban el ingenio: levantaron huertos de hierbas medicinales investigadas para asegurar la calidad de la asistencia. Fue una época de resultados tangibles y humanidad desbordada.
Hoy, la realidad es otra. Bajo presiones externas, el Gobierno de Guatemala ha decidido cesar la actividad de las brigadas médicas cubanas. Es un acto de ingratitud soberana; se retira un servicio vital que llega a donde nuestros profesionales no suelen llegar, y se hace sin un plan de cobertura que llene ese vacío.
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He visto cómo se desmantelan programas que daban vida a la política pública contra la inseguridad alimentaria y desnutrición como el Creciendo Bien que priorizó la organización comunitaria y la salud mental de la madre, entendiendo que un cuidador deprimido no puede alimentar y cuidar a un niño. Luego, el Programa de Extensión de Cobertura (PEC), que atendía a 4 millones de personas, fue desmantelado en 2015 junto a una impresionante organización comunitaria a favor de la salud. El presupuesto creció, pero el servicio se volvió precario, limitándose a auxiliares de enfermería en casas improvisadas con horarios de oficina.
Y en ese hilo desbaratador, resulta que, están por compartir los resultados de la encuesta de desarrollo y salud que dista mucho de la rigurosidad de la ENSMI (Encuesta Nacional de Salud Materno Infantil). Es muy probable que arroje una «mejora» en los datos de desnutrición crónica, pero no nos engañemos: no será por la eficiencia gubernamental. Si hay avances, se deben a la inercia económica de las remesas, el verdadero motor que mantiene a flote las economías locales.
Sin embargo, ese salvavidas se está agotando. Los datos ya reportan una disminución en el flujo de remesas comparado con años anteriores y una amenaza latente de deportaciones masivas. ¿Estamos preparados para cuando ese flujo se detenga? A esto se suma que los efectos del cambio climático no se han mitigado y los pronósticos para la segunda mitad del 2026 apuntan a un evento de El Niño. Aunque se prevea débil, su impacto en el Corredor Seco puede ser devastador para la agricultura de subsistencia.
La vulnerabilidad se acumula. Mientras el gobierno reporta éxitos de escritorio, la realidad grita lo contrario: solo en la sexta semana de este año, los casos de desnutrición aguda total aumentaron un 22.17 % respecto al año anterior. La articulación contra el hambre no es efectiva porque no hay voluntad política de priorizar la vida sobre la estadística.
A cada médica y médico cubano que caminó en el lodo y la montaña: reciban mi solidaridad y eterna gratitud. Su labor profesional y humanitaria dejó una huella de dignidad en Guatemala que ninguna decisión/decepción política podrá borrar.
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