Solo en la Guatemala de mi niñez, en los años ochenta, tengo yo memoria del asesinato a sangre fría de civiles por parte de militares y paramilitares. Las tácticas de la policía de Inmigración y Control de Aduanas y de la Protección Fronteriza (ICE y la CBP respectivamente, por sus siglas en inglés) me recuerdan la Doctrina de Seguridad Nacional y las operaciones contrainsurgentes para generar terror y combatir «al enemigo interno», como lo considerara el Ejército guatemalteco. Pareciera que lo que ejecuta el DHS en Minnesota, fuera un calco de esa estrategia. Los llamados «comunistas» de la guerra fría, hoy son la oposición, los observadores constitucionales, los activistas, y los vecinos organizados. Y por si por DHS fuera, estos crímenes debieran de quedar impunes, como miles han quedado por décadas en mi país.
En mi grupo de lectoras, acabamos de leer Los soldados de Salamina, del escritor español Javier Cercas. Es una novela situada a finales de la Guerra Civil Española, en la que el autor se embarca en una investigación crítica sobre cómo y por qué, Rafael Sánchez Maza, uno de los cofundadores de Falange Española (partido fascista aliado al dictador Francisco Franco) se salva de ser fusilado por un pelotón de soldados republicanos vencidos, después de que las fuerzas profranquistas salen victoriosas. El falangista escapa y un soldado republicano lo encuentra, pero decide salvarle la vida.
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En un pasaje clave de la obra que pone sobre la balanza el papel de los soldados y del heroísmo en las guerras, el narrador pregunta a Roberto Bolaño –el escritor chileno del post-boom latinoamericano e informante en la investigación– sobre qué es un héroe. Retomo la respuesta de Bolaño quien acota que hay una diferencia entre la persona decente y un héroe. Héroes, dice, hay muy pocos: «[…] en el comportamiento de un héroe hay casi siempre algo ciego, irracional, instintivo, algo que está en su naturaleza, y a lo que no puede escapar. Además, se puede ser una persona decente durante toda una vida, pero no se puede ser sublime sin interrupción, y por eso el héroe solo lo es excepcionalmente, en un momento o, a lo sumo, en una temporada de locura o inspiración».
Traigo esta cita a colación porque en esta suerte de guerra civil entre el gobierno federal y estados soberanos –conflicto que en Minnesota dura ya dos meses–, se ha escrito abundantemente sobre el papel de la sociedad civil y su poder de organización, disciplina, compasión y efectividad para resistir la invasión y la deriva autoritaria que estamos viviendo con terror. Al margen de que hoy sepamos que Pretti se enfrentó a agentes federales y destruyó la parte trasera de una patrulla diez días antes de su muerte, la difusión del último minuto de su vida, así como de las últimas palabras de la poetisa Good antes de ser asesinada, rebasa cualquier límite de decencia. ¿Momento de locura o inspiración? ¿Instinto, naturaleza, o inescapable destino? Lo cierto es que los últimos sesenta segundos de la vida de Pretti y las últimas palabras de Good demuestran que, a pesar de la inminente amenaza y violencia de sus verdugos, nunca perdieron de vista la humanidad del otro. A mi parecer, es este el aspecto medular del heroísmo, lo que los distingue claramente de cualquier noción de «enemigo interno».
Y así hay muchos héroes y heroínas, con nombre y apellido. Imperfectos. Y anónimos, la gran mayoría. Cuando todo acabe, nadie se recordará de estos últimos, nadie les agradecerá. Pero sin ellos, esta barbarie avanzará inescrupulosa y segura.
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