Guatemala es una tierra de inmensa potencialidad. Desde el avión, siempre me emociona divisar los pliegues verdes y corrugados de su topografía, delineados por esos majestuosos volcanes que no dejan de imponerse a lo largo y ancho de un territorio agraciado por tanta diversidad en un espacio físico tan reducido, quebrantado y difícil de acceder por sus sinuosos caminos, lo cual también lo hace tan atractivo.
Mar, altiplanos, selvas, barrancos, valles, vestigios prehispánicos y coloniales, una amalgama de colores y culturas. Un contraste de paisajes dramáticos y de naturaleza vivas, y una gama culinaria y de servicios que nada tiene que envidiarle al vecino del norte, y ciertamente a sus vecinos del resto del istmo.
Sin embargo, cuesta promocionar Guatemala. Las desigualdades siguen siendo lacerantes, amplificadas por décadas de corrupción política y extracción voraz de sus élites económicas, con lo que la falta de inversión pública sigue siendo notoria. A nivel de su ornato, las calles capitalinas y las carreteras siguen sirviendo como vertederos de basura; los ríos contaminados siguen llenándose de envases y bolsas plásticas que desembocan en el mar; y las playas, cada vez más pobladas por los capitalinos y turistas, se utilizan como depósitos de basura clandestina o quemazones de ripio.
El desarrollo turístico pobremente planificado le resta a su potencial. Allí el caso de El Paredón para ilustrar el problema de nuestro «paraíso improvisado», sin un plan de ordenamiento territorial. Existe alguna mejoría en las carreteras que conectan regiones importantes del país, pero la falta de infraestructura vial no permite una movilidad segura y eficiente para ninguno.
Quizás no sea extraño que el turismo nacional repunte lentamente y otros países nos tomen ventaja. Es difícil competir con los pueblos mágicos de México, con la seguridad y carreteras que ahora aparentemente brindan El Salvador, y no digamos con Costa Rica que se ha vuelto un destino de jubilación para los norteamericanos.
[frasepzp1]
Siendo capitalina, trato de desplazarme por la ciudad después de veinte años continuos de «ausencia» y me cuesta tanto ubicarme en el enjambre del desarrollo habitacional y comercial. Nuevos edificios y centros comerciales (producto del narco me cuentan algunos) han pululado indiscriminadamente sin mucha planificación en una ciudad atascada de vehículos y motos, con un pobre sistema de transporte público, y una infraestructura que no fue planificada para las personas sino para los automóviles. Curiosamente, me siento segura donde circulo.
Cuando los españoles y criollos decidieron trasladarse de la «Muy Noble y Muy Leal Ciudad De Santiago de los Caballeros» a la «Nueva Guatemala de la Asunción» no se imaginaron los eventos tectónicos (literal y figurativamente) que se desarrollarían en el curso de su historia, así como la explosión vehicular de las últimas décadas que agobian a los capitalinos diariamente. No se equivocaron al escoger este valle apacible, bordeado por sus icónicos volcanes que, regios y sigilosos, permanecen indiferentes al abandono de su centro, otrora «la tacita de plata». Se han equivocado sus descendientes, las élites rapaces y miopes que no han sabido atender las causas estructurales de la pobreza (racismo, marginalización, falta de oportunidades) lo cual merma su desarrollo social y por ende turístico.
Es de felicitar que el actual gobierno y el INGUAT hayan lanzado el Plan Maestro de Turismo Sostenible de Guatemala (2026-2036). Las estrategias son muy promisorias. Al mismo tiempo, me esperanza saber cuánta gente sigue dedicándose con amor y conocimiento para preservar y promocionar lo maravilloso que todavía resta de su patrimonio natural, cultural e histórico. Guate es lo suyo. Y ese es el secreto al final: que todos y todas nos sintamos parte de y nos apropiemos de esta rica nación para valorarla, cuidarla e invertir en ella de forma sostenible. Empezando con su mayor bien: su gente. Porque «Turismo, somos todos».
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