Esa cita me ayudó a sobrellevar una situación injusta que pensaba que no me pasaría. Por más que hurgaba en mi persona, memoria, proceder y carácter para explicar de dónde podría provenir cualquier tipo de incongruencia, no lograba entender mi realidad y entorno en ese momento. Con el tiempo terminé por aceptar con humildad que había cosas fuera de mi control y que por lo tanto, no podía autoflagelarme o culparme por mi situación. No era la única con ese tipo de retos incómodos, pero debía responsabilizarme por ello.
Aludo a esta experiencia personal cuando trato de ponderar las diez últimas semanas de terror y violencia vividas en Minnesota a raíz de la masiva operación llevada a cabo por agentes federales contra inmigrantes, refugiados y aquellos que han actuado valientemente en su defensa durante ocho semanas. Por fin, gracias a un impecable trabajo de resistencia pacífica por parte de vecinos y comunidades, el gobierno federal ha declarado que tal operación ha concluido –no sin antes atribuirse una victoria espuria– y se espera que en las próximas semanas los 2,300 agentes federales se retiren paulatinamente de las ciudades gemelas y de otras localidades, dejando solo 150 elementos, el número original antes de la invasión.
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Una buena parte de la población ha despertado a una realidad que creía propia de otros países, como Somalia, Guatemala o Haití. Por ello, muchos se sentían llamados a ayudar a inmigrantes y refugiados a encontrar un hogar en este estado, a la vez generoso y necesitado de fuerza laboral debido al envejecimiento de su población y al bajo crecimiento demográfico. La reputación de este estado, basada sobre todo en su coordinación con las fuerzas federales para la deportación de indocumentados con antecedentes penales cuyas condenas ya han sido cumplidas, no demandaba una presencia excesiva de elementos de seguridad.
En el imaginario local, estas escenas de represión no podían pasar aquí. Sin embargo, aunque para muchos esta situación pareciera nueva, en realidad no lo es. Y no es que lo justifique. Recordemos que la violencia es endémica en este país y exportable: desde el genocidio de los pueblos originarios y la expoliación de sus tierras, pasando por la esclavitud —que los llevó a una cruenta guerra civil—; luego, la segregación y la represión contra los movimientos por los derechos civiles; hasta las intervenciones en su «patio trasero» —incluida la más reciente en Venezuela—, diz que para llevar democracia y prosperidad.
La violencia estatal no es nueva para muchas comunidades aquí –v.g. la represión policial contra indígenas y afro estadounidenses, siendo la ejecución de George Floyd la más reciente– y a la vez cuestiona intervenciones en nuestra región. El libro del periodista Jonathan Blitzer Todos los que se han ido están aquí sobre la migración centroamericana a EE.UU, explica que este fenómeno no es una coincidencia, sino el resultado en gran parte de las guerras imperialistas financiadas por este país.
Como lo he indicado en otros textos, la excepcionalidad estadounidense es un mito. Lo que hace la diferencia en Minnesota, es que el gobierno federal vino a tocar el punto neurálgico de una sociedad civil predominantemente blanca, extremadamente bien organizada, cívica, pacífica, y solidaria. En su completa ignorancia e incompetencia, y el afán revanchista del presidente, los federales se equivocaron de estado para tratar de armar su guerra. Aquí se respira dignidad y participación cívico-democrática.
Y aunque ahora pasemos a formar parte de las estadísticas como el resto del mundo, es imperativo seguir luchando y demandar rendición de cuentas para impedir que lo que pasó aquí, no vuelva a ocurrir y no se repita en otros lugares. Esa labor es nuestra responsabilidad y nos devuelve la esperanza.
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