Salgo de casa sin ver la luz y regreso de la misma manera. No es solo el horario: es el ánimo. El tráfico interminable no es un simple inconveniente; es tiempo habitado por noticias, audios, análisis, desmentidos. La jornada empieza saturada antes de empezar. El cuerpo ya va tarde, ya va cansado.
Hay algo denso en el ambiente. Una mezcla de geopolítica, coyuntura nacional y un fascismo que no grita todavía, pero respira cerca, demasiado cerca, como en la nuca. No hace falta nombrarlo todos los días para sentirlo. Está ahí: en las decisiones que se toman, en los silencios que se normalizan, en lo que deja de escandalizar.
[frasepzp1]
Informarme sobre lo que pasa en el país y en el mundo ya no es solo un ejercicio de comprensión. Es asumir una responsabilidad política: disputar la verdad en un ecosistema atravesado por la desinformación. Saber implica explicar. Entender implica advertir. Detectar una mentira implica sentir que hay que corregirla antes de que se vuelva sentido común.
¿En qué momento informarse se transformó en una carga permanente?
¿Hasta dónde llega esa responsabilidad?
¿Quién decidió que siempre tenemos que estar disponibles para esa disputa?
La pelea por la verdad ocurre en las pantallas, pero se siente en el cuerpo. No hay pausas claras. Todo exige reacción inmediata. Todo parece urgente. La reflexión que necesita tiempo, lentitud –incluso silencio– queda desplazada por la presión de responder rápido y bien.
Y ahí aparece la confusión: no sé si me estoy politizando o si me estoy empujando al límite. No sé si estar informada me está haciendo más lúcida o simplemente más ansiosa. La información no se procesa: se acumula. Y el cuerpo lo registra. Insomnio, tensión, cansancio persistente. No como fallas individuales, sino como síntomas de época.
La salud mental no está separada de la salud del cuerpo, ni ambas están separadas de la política. Un cuerpo agotado no piensa mejor. Una mente saturada no reflexiona con profundidad. Y, aun así, la culpa se instala: culpa por no compartir, por no diversificar, por cerrar el teléfono y elegir mirar el viento, un atardecer o las lunas llenas de estos días.
¿Desde cuándo cuidar(se) se volvió sospechoso?
¿Desde cuándo descansar parece un privilegio y no una necesidad básica?
¿A quién le sirve una ciudadanía exhausta, siempre alerta, siempre tensa?
No creo que el problema sea la politización. El problema es su deriva sin límites, sin cuidado, sin espacios para decantar: una forma de involucramiento que confunde compromiso con autoexplotación y presencia constante con conciencia crítica.
Tal vez la verdadera radicalidad hoy no esté en decir más, sino en pensar mejor. En aceptar que no toda mentira se enfrenta en soledad, que no toda pausa es abandono, que el silencio también puede ser un espacio de elaboración.
La cotidianidad se ha vuelto una trinchera. No porque lo hayamos elegido, sino porque así se vive este tiempo. Pero incluso en la trinchera, el cuerpo importa. Pensar importa. Cuidarse importa.
Si defender la verdad implica perder la capacidad de vivir, de sentir y de sostenernos, la pregunta no es cuánto más podemos hacer, sino qué estamos sacrificando en el intento.
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