Y mientras observo el libro cerrado a mi lado, pienso que podría hablar de la primera vez que leí a Claribel Alegría, de aquella pequeña pero completa antología de EDUCA que debí encontrar en algún puesto de libros usados a finales de los años 90. De la fascinación que me provocó el encanto, la sencillez y la sensibilidad de su poesía. Esas que grabaron para siempre su nombre en mi imaginario. De aquel poema acerca de la libertad de un gato negro, que le repetí a todos mis gatos negros, y de cómo no volví a su poesía sino hasta muchos años después, cuando recibió el Premio Reina Sofía, pocos años antes de su muerte, y de la conmemoración del centenario de su nacimiento.
Pero también podría dedicarme solo a hablar acerca de Mágica tribu, de la hermosa edición que publicaron, del ideal tipo de letra que facilita la lectura, del diseño de Jimena Pons Gandini, de la inclusión de cartas y dedicatorias de cada uno de los escritores a los que la poeta hace alusión (José Vasconcelos, Juan Rulfo, Miguel Ángel Asturias, Tito Monterroso, Roque Dalton, Salarrué, José Coronel Urtecho, Juan Ramón Jiménez, Robert Graves y Julio Cortázar) del trazo de sus firmas, de su letra, a veces caprichosa, a veces ilegible.
Podría hablar de cómo el libro nace de una serie de entrevistas que José Arguello Lacayo* le hizo a la poeta, a partir de las cuales surgieron los testimonios que conforman Mágica tribu. Podría hablar de esa curiosidad, de ese deseo que acompaña a los amantes de los libros, de ir siempre más allá, de acercarse al escritor, de indagar en su vida, en sus influencias, en aquellos a los que conoció, en quienes lo acompañaron, en sus experiencias vitales y emocionales, de ver detrás de las cortinas, en donde está todo el material que enriquece su literatura.
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Podría hablar de la fascinación que provoca saber que Clara Isabel Alegría fue bautizada Claribel por el escritor mexicano José Vasconcelos, quien también le profetizó el camino de la poesía. De su encuentro y amistad con Juan Rulfo, a quien conoció en la casa de Tito Monterroso en México, el escritor guatemalteco que se reía de «las metidas de pata» de la escritora y siempre la amenazó con escribir un libro de «Claribelismos». De sus encuentros con Asturias y su segunda esposa, Blanca Mora, en El Salvador, en Chile, en París y en Mallorca.
O también de la relación epistolar que mantuvo con Roque Dalton. Del día en que siendo niña conoció a Salarrué y se enamoró. De la visita en cuerpo astral que recibió un día del narrador salvadoreño. Un episodio que me causó fascinación cuando me lo contó, por primera vez, el poeta Alberto López Serrano, mientras hacíamos un recorrido por la casa del escritor en los Planes de Renderos en El Salvador.
Podría hablar del respeto que Alegría sentía por la poesía de don José Coronel Urtecho, de cómo el escritor español Juan Ramón Jiménez terminó siendo mentor de Claribel, mientras vivían en Estados Unidos, y de cómo propició su visita al manicomio en el que estaba internado el poeta Ezra Pound. De cuando fue vecina y luego traductora de Robert Graves en Mallorca, y de Cortázar y su relación con la Revolución nicaragüense. Pero también podría solo invitar a que busquen el libro y que lo lean, que se dejen maravillar por la literatura y sus eslabones, por la conversión de sus protagonistas en personajes, y de la vida en una historia que vale la pena contar.
* Las grabaciones de las entrevistas que José Arguello Lacayo le hizo a Claribel Alegría, y de las que surge Mágica tribu, se pueden escuchar en Espacio Revista Digital
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