Por dónde puede empezar, cómo delimitar el contexto. Un punto de su ciudad, de su propio país, un punto que pertenezca a todos. La calle, quizá, una que se multiplica, que podría ser cualquier otra. Esa, que como las demás, quiere barrer la policía del servicio migratorio. En donde se disparan preguntas y balas que reclaman territorio: este país que has ayudado a construir no es tu país.
Cómo se posiciona en mitad de esa calle, cómo dice que hay situaciones que no deberían existir, y que al existir deben detenerse. Entonces, encarna la historia, se convierte en la metáfora, personifica el mensaje. Técnica involuntaria que viene de una escuela de poetas de países que han decidido hacerle frente a los autoritarismos ―de América Latina, Palestina, de Europa― y que dejaron en la memoria palabras claras: desaparición forzada, violencia de Estado, persecución y tortura.
Y, de esa manera, en medio de la calle de una ciudad norteamericana, en medio de manifestaciones que buscan detener la barbarie, la brutalidad de la policía migratoria le apunta al centro de sus ideas, revienta sus palabras, sus anhelos, la vida que ha construido con los años, sus logros, sus días por venir. Una bala, dos balas y surge el big bang de la metáfora, de la alegoría que ahora las movilizaciones gritan, comprenden:
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Cuando la policía antimigratoria dispara contra una poeta, una mujer que pertenece al mismo país que quieren limpiar, la ciudad entera, el país, el mundo más allá se dan cuenta, afirman en voz alta, que le están arrebatando la vida a su propia gente. Y reparan tarde, quizá, en que es una afirmación que se desdobla, que se extiende. Que habla de la gente que nació en su territorio, sí, pero también la que lo sostiene, la que lo hace crecer, que también se ha ganado su lugar en esa tierra. Como el cajero que duplicaba su jornada de servicios, los encargados de sus bodegas, los trabajadores de las fábricas, los de la cuadrilla de construcción de su infraestructura, los que siembran y cosechan sus alimentos o los que mantienen verdes y florecidos sus jardines.
Entonces, la mirilla cambia de lugar y se vuelve contra el que dispara, contra el que violenta, contra el que arrebata. Contra el que quiere el control, contra el que calla, contra el que se alinea por temor o ignorancia a la brutalidad del poder. Y quedan allí suspendidos, durante un momento, en una indignación que se renueva y se distrae, que renace y que transmuta, que en un parpadeo se dispersa y cambia de lugar.
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