Que quede claro: no toda o todo joven de los llamados –despectivamente– «barrios marginales», las «zonas rojas», se incorpora a una mara. Según estudios consistentes, no más de un 10 % busca esa salida; la abrumadora mayoría busca integrarse a una vida productiva.
¿Por qué nuestros empobrecidos países de la región están llenos de pandilleros, y eso no sucede en otros de altos ingresos, en Europa Occidental, por ejemplo? Ni en Cuba socialista. Como mínimo, encontramos elementos comunes en todos los lugares donde aparecen maras: pobreza generalizada, falta de oportunidades, profunda exclusión social de grandes mayorías, climas de violencia extrema (en muchos casos, guerras fratricidas que enlutaron y fragmentaron severamente los tejidos sociales). Todo ese caldo de cultivo fomenta este complejo fenómeno.
Las maras, como tantos otros elementos «disfuncionales» de una sociedad, son un síntoma de ese colectivo, una expresión (patética, trágica si se quiere) de profundas grietas estructurales, de carencias históricas, de una aceptación y normalización de la violencia como modo de relacionamiento.
[frasepzp1]
Para dejarlo claro a través de un vívido testimonio, presentamos aquí una declaración de alguien que estuvo en una mara. De hecho, este es un relato ficticio, pero basado en experiencias reales que el autor de la nota pudo ir recabando en el trabajo con estos jóvenes. ¿La solución es la mano dura? Eso es combatir la violencia con más violencia. Una vía más realista es asumir que las y los jóvenes que ya pertenecen a esta estructura difícilmente saldrán de ella; por ello, el trabajo debe orientarse a la prevención a futuro. En otros términos: mejorar sustancialmente las condiciones de vida de la población (lo que pasa en esos países industrializados de Europa… o en Cuba).
Relato ficticio:
«Mi padrastro era alcohólico y le daba unas cachimbeadas bárbaras a mi nana. Cada dos por tres caía preso, por caco; pero salía pronto. Me crié con siete hermanos más. Yo, según me cuenta mi ruquita, soy de otro padre. En realidad, según lo que ella me dijo, soy producto de una violación. A mi mero viejo nunca lo conocí. Cuando ella estaba embarazada de mí, me quiso abortar; pero el cura de la parroquia le dijo que eso era pecado. No lo entiendo: años después, cuando era un vulgar ladrón, la mara fufurufa pedía pena de muerte para gente como yo. ¿Por qué no haberme matado antes que naciera entonces? ¿Por qué el aborto es pecado y la pena de muerte no? No lo entiendo, mi Lic. De mis medio hermanos, cuatro eran mareros, y la hembra menor, la Yuleisy, era sexoservidora, y dos se fueron a los Yunáitid
Cuando me salí de la mara empecé a pedir en los semáforos y hacerle de payasito. Hacía malabares para ofrecer un show, y después esperar un centavito. Recuerdo que estos majes bien catrines, que iban en un BMW, me dijeron: “payaso, andá a trabajar, caco de porquería, vago, drogo”. Me encendió la sangre, y los insulté. Uno de ellos se bajó. No pude aguantar. Nosotros, los que nos criamos en la calle, sabemos pelear y nos conocemos bien todas las mañas. Le di sin miramientos hasta que me lo troné. Los otros dos que andaban con él se asustaron y salieron huyendo. ¿Me entiende por qué le quebré el…? Bueno: usted me entiende ¿no mi Lic.? La psiquiatra que me atendió en el bote me dijo que soy un resentido por ser producto de una violación. ¿Será así, mi Lic.?»
¿Quién tiene la «culpa» de esta tragedia social?
Más de este autor