América es una de las zonas con mayor actividad sísmica en el mundo debido a la fricción de las placas tectónicas formadas en buena parte de los territorios del continente. Tal situación, de alguna manera, genera que las y los habitantes estén acostumbrados a los temblores cotidianos y siempre se tema el riesgo de una desgracia mayor causada por la naturaleza.
Pero la cotidianidad no solo es movida por los movimientos telúricos, sino que también por los políticos, en especial los asociados a las luchas de poder. La inestabilidad en el ejercicio del gobierno alcanza magnitudes que pueden considerarse terremotos de gran intensidad, como lo reflejan, por ejemplo, Perú y Venezuela, mientras que Colombia y Cuba se mantienen a la expectativa sin que un simulacro sirva de algo.
En el caso de Perú, esta semana fue sacado de la Presidencia de la República el séptimo ocupante del cargo en diez años. El turno fue de José Jerí Oré, quien se sumó a la lista que en 2016 inició Pedro Pablo Kuczinsky y que a partir de ese momento fueron ampliando Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo y Dina Boluarte. De la nómina, el único que completó su mandato y salió indemne después de seis meses de transición fue Sagasti, el resto mantiene la soga al cuello.
Venezuela ha tenido más reflectores porque la captura del ahora expresidente Nicolás Maduro estuvo rodeada de todos los «increíbles» posibles. Sin embargo, se concretó y entre miedos, precaución o cualquier expresión crítica en esferas a las que correspondía actuar con firmeza, cada vez se habla menos del país sudamericano y la preservación de la estructura gubernamental en la que el defenestrado sostenía su control.
Lo suscitado en Venezuela encendió las alarmas en Cuba y Colombia, marco en el que en la isla se han agudizado las presiones contra sus gobernantes y creado barreras en la relación con otros gobiernos, lo cual profundiza la crisis por el impacto que sufre la población. Entretanto, en el segundo todo descansa en qué pasará en los comicios legislativos de marzo y en los presidenciales de mayo de este año, cuya cercanía aportó oxígeno a la administración de Gustavo Petro.
Por supuesto, en el panorama descrito resalta la «mano que mece la cuna», cuyo orquestador, Donald Trump, ha dejado en claro su incidencia, no solo al cerrar puertas, también al abrirlas, como en las singulares votaciones presidenciales de Honduras, y la postura que han ido tomando otros, como Costa Rica que ya se acomoda en la alineación antisísmica, igual que Argentina, Bolivia, El Salvador y Ecuador, entre otros, mientras que Nicaragua se aferra a una llamativa invisibilidad, y México, como siempre, descansa en su hábil manejo de los vínculos diplomáticos.
Guatemala no está fuera del enfoque, pero al ver lo que ocurre en el entorno no cabe duda de que su papel no es protagonista en la gran coyuntura hemisférica. Por eso, seguiremos viendo con calma relativa los pulsos en las elecciones de segundo grado, esas en las que el influyente y decisivo gremio de los abogados y notarios, los pragmáticos partidos políticos, los interesados grupos de poder y sus adláteres se disputan codo a codo las instancias que establecen el ritmo de la política y la justicia. Habrá que esperar la evolución de este proceso y cómo vendrán los preparativos de la cita con las urnas en 2027.
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